“¿Qué somos de aquello que nos hicieron? ¿Qué somos de aquello que fue intentado o con lo que se intentó moldear nuestro deseo, nuestro cuerpo, nuestras elecciones, nuestras diferencias, nuestra singularidad?” Con estos punzantes interrogantes, Cristian Alarcón abre el juego de una obra que no busca dar respuestas masticadas, sino remover los cimientos de la identidad. A su lado, la directora Lorena Vega complementa la premisa con otra pregunta que vertebra la puesta: “¿Cuánto puede ser el cuerpo un territorio de disputa y de batalla de sentidos? ¿Hasta qué punto? Hasta el punto, incluso como hemos comprobado con las investigaciones, que puede estar en el entorno propio”.
Estas reflexiones no son solo el punto de partida de «Testosterona», que se presentará este sábado 14 de marzo en el Teatro Comedia (Rivadavia 254) , sino el corazón de una propuesta de periodismo performático que llega a Córdoba para convertir el escenario en un archivo viviente.
La obra surge de un episodio íntimo y traumático en la biografía de Alarcón: las inyecciones de testosterona que recibió durante su infancia con el objetivo de “masculinizarlo” y adecuarlo a las normas sociales de género. Bajo la dirección de Vega, este secreto biográfico se expande hacia una reflexión macro sobre cómo los mandatos intentan formatear la singularidad humana, especialmente en el cumplimiento de un modelo binario.

Según explicaron sus protagonistas, el público suele encontrar en la pieza un espejo, ya que “todos y todas hemos atravesados por distintos momentos en los cuales el mandato quiso formatearnos, enderezarnos o torcernos hacia aquello esperable”.
El encuentro de dos archivos
El germen de este proyecto se encuentra en el Laboratorio de Periodismo Performático de la Revista Anfibia, un espacio diseñado para explorar los bordes entre la investigación y la escena. Lorena Vega, referente del teatro documental con su obra Imprenteros, fue convocada como tutora, y fue allí donde comenzó un diálogo creativo con Alarcón que decantó en la decisión del periodista de poner su propia investigación “en carne propia”.
Vega define este proceso como un desafío fascinante, describiendo a Alarcón como un “archivo muy sofisticado, muy profundo, muy complejo y nada fácil porque es tan habilidoso, tan inteligente, tan pillo también”. Esto hace referencia al desafío que tiene el performer de alejarse y apropiarse de la historia que busca narrar desde lo corporal. En palabras de Lorena, “era muy difícil hacerlo. No porque él la hiciera difícil, sino porque es alguien que rápidamente tiene una lectura de lo que sucede y eso es un arma de doble filo”, es en este aspecto en donde el peligro puede desatarse con la facilidad, desactivar y cambiar la historia.
Por su parte, para Alarcón, subir al escenario significó adquirir una “conciencia genealógica” de cómo su cuerpo siempre estuvo implicado en su producción periodística, incluso antes de esta obra. Recordó situaciones límite donde puso el cuerpo como “testigo participante”, desde la “Batalla de Plaza de Mayo” en 2001, juntando casquillos de bala bajo la represión, hasta habitar el mundo del narcotráfico peruano o convertir su casa en un refugio para chicas trans en los años 90. Esa “ausencia de miedo” que marcó su carrera en medios como Página 12 es lo que lo llevó a preguntarse sobre el motivo, hecho que sucedió en su niñez y que ahora se traslada a la escena. Con la mediación técnica y artística de Vega, se logró que el protagonista pueda decirse a sí mismo “sin sufrir”, politizando el sentido a través del biodrama.
La desobediencia y las trampas del deber ser
Un eje fundamental que atraviesa la conversación es el cuestionamiento a la idea romántica de la desobediencia absoluta. Alarcón es tajante al respecto: “En la obediencia también está la existencia misma del sujeto. No podemos desobedecer todo el tiempo. Es una fantasía del psicoanálisis y una fantasía del progresismo. La idea de que vivimos en desobediencia”.
La obra, lejos de presentar a un héroe impoluto, expone las contradicciones de un sujeto que negocia con los mandatos a lo largo de su vida, incluso cuando habita espacios de disidencia como la cultura queer o el periodismo de riesgo.
“Testosterona no cierra un modo de desobedecer. El cuerpo desobedece, pero el cuerpo está sitiado por lo subjetivo”, señala Alarcón. Esta honestidad brutal permite que el espectador no solo vea la historia de un niño víctima, sino que realice una “incursión en su propia deriva contradictoria”, reconociendo lo oscuro y lo sagrado que habita en cada uno.
La dirección de Vega busca justamente ese equilibrio: usar el formato técnico para narrar lo personal sin perder la autenticidad, tratando a las personas como “archivos vivientes” que se despliegan sobre un mapa de sensibilidades.
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El cruce creativo
El vínculo entre Cristian Alarcón y Lorena Vega surgió a partir del cruce entre el periodismo narrativo y la escena. Durante mucho tiempo, la actriz y directora conocía el trabajo del periodista solo como lectora.
“Yo conocía a Cristian como lectora”, recuerda Vega. “Había leído sus novelas y la revista Anfibia, pero no lo conocía personalmente. Ni siquiera sabía cómo era su cara”.
El primer acercamiento ocurrió cuando Alarcón asistió a ver Imprenteros, la obra autobiográfica de Vega y su primer trabajo dentro del teatro documental. “Cristian vino a ver la obra y rápidamente me invitó a participar de un proyecto de Anfibia”, explica.
La propuesta fue sumarse al Laboratorio de Periodismo Performático, un espacio impulsado por la revista que buscaba explorar el cruce entre el periodismo de investigación y las artes escénicas. Vega fue convocada como tutora en la segunda edición del laboratorio.
“Trabajamos durante varios años acompañando proyectos escénicos que mezclaban periodismo y escena”, cuenta. En ese proceso se desarrollaron cuatro propuestas performáticas y tres de ellas llegaron a estrenarse. El trabajo incluyó además el período de pandemia y consolidó una dinámica creativa entre artistas, periodistas y realizadores.
Fue en ese contexto donde comenzó a gestarse Testosterona. Según Vega, allí Alarcón decidió profundizar esa línea de experimentación. “Cristian quiso continuar con el periodismo performático en carne propia”, explica. Es decir, seguir investigando pero desde el escenario y con su propio cuerpo como parte del proceso.
Para la directora, este camino también coincide con una etapa importante de su trayectoria. “Yo ya voy a cumplir casi una década trabajando en teatro documental”, señala. Aunque a lo largo de su carrera transitó distintos géneros escénicos, este tipo de propuestas —basadas en investigación, memoria y experiencias reales— se volvió central en los últimos años.
“Mi trabajo empieza con una obra propia, pero después se desarrolla muy de la mano del trabajo con Cristian y con todo el equipo de Anfibia”, resume.
Qué provoca la obra en el público
Este interrogante también atravesó la entrevista. Al ser consultados sobre el impacto de Testosterona, los protagonistas reflexionaron sobre las distintas formas en que la obra interpela a quienes la ven, generando identificaciones, preguntas y relatos personales que muchas veces emergen luego de cada función.
Cristian Alarcón explicó que muchas personas del público se reconocen en el niño que recibe testosterona para convertirse, supuestamente, en alguien aceptado dentro de la heterosexualidad normativa. “Sin pelearnos, muchos se espejan en este niño”, señaló. “Un niño que recibe testosterona para convertirse en alguien lícito dentro de lo esperable de la heterosexualidad”.
Sin embargo, el fenómeno que aparece en la sala va más allá de esa experiencia puntual. “El público agradece un espejo”, afirmó. Aunque algunos casos remiten a violencias directas hacia personas gays, lesbianas, trans, no binarias o bisexuales, la obra abre una reflexión más amplia sobre los mandatos sociales.
“En realidad todos y todas atravesamos momentos en los que el mandato quiso formatearnos”, sostuvo Alarcón. “Intentó enderezarnos o torcernos hacia lo esperable, sobre todo desde la mirada de los adultos que nos acompañaban cuando éramos niños”.
En ese sentido, la obra plantea una pregunta central sobre el mandato y el deber ser. “La cuestión es cómo sorteamos ese mandato”, reflexionó. Y también “cómo nos vamos moldeando en la vida, incluso a pesar del trauma o de esa mirada que quiso obligarnos a ser aquello que no éramos”.
Desde esa perspectiva, Testosterona vuelve visible una realidad que atraviesa distintos contextos: los cuerpos como territorios de batalla, donde se enfrentan normas sociales, afectos y expectativas que buscan definir qué debe ser cada identidad.
Una técnica diferente
Uno de los puntos más innovadores de la entrevista surgió al profundizar en la metodología de investigación que parece haber generado la obra. Entendiendo que la propuesta tuvo su investigación previa. A diferencia del proceso de investigación tradicional, donde se busca saturar el dato antes de publicar, en Testosterona se produjo un fenómeno inverso: se investigó, se estrenó la obra y, a partir de ese encuentro con los espectadores, la información comenzó a fluir de regreso hacia los creadores. Por lo tanto, la representatividad no fue algo dado de antemano, sino que se fue generando orgánicamente tras cada función.
Los protagonistas confirmaron que la pieza funciona como un “dispositivo de investigación vivo”. Alarcón relató con asombro cómo, tras las presentaciones, personas que atravesaron tratamientos similares de conversión o masculinización forzada se acercaban a los camarines para compartir sus vivencias. “Al ser un dispositivo de investigación vivo se vuelve a cambiar en algunas escenas el texto”, agregó en la intervención.
Esta dinámica de “investigación anfibia” ha tenido tal impacto que incluso recibió el apoyo del Pulitzer Center, siendo la primera vez que esta institución financia una investigación periodística destinada a ser parte de una obra de teatro. En palabras de Alarcón «es la primera vez que el Pulitzer financia una investigación para que produzcamos información que va a ser usada para introducirse en una obra escénica, en una obra de teatro performance como Testosterona. Eso fue muy fue un privilegio enorme. Contratamos periodistas en Colombia y en Ecuador que nos permitieron procesar esa información.»
Alarcón describe con fervor esos momentos de cierre periodístico en plena gira: “Él [Tomás De Jesús] me ve en los camerinos de esos teatros con el teléfono acá, o sea, en esta posición de redacción, en el último instante metiendo información en la dramaturgia… diciéndole al periodista del otro lado, ‘¿este dato está chequeado?’”.
Lorena Vega señala que esta capacidad no es exclusiva de Testosterona, sino que es un rasgo del arte en general: el teatro documental puede amplificar y poner en foco cuestiones que la vida legal aún no ha podido resolver. Para ejemplificarlo, recuerda Campo Minado, la obra de Lola Arias en la que se reúnen tres excombatientes ingleses y tres argentinos que años atrás estuvieron enfrentados. En escena, estos protagonistas narran sus propias versiones de los hechos y forman una banda de música que gira por todo el mundo. “El teatro los pone a convivir en lugar de enfrentarse, ayudándolos a vivir”, explica Vega. Según la directora, estas experiencias muestran cómo un hecho artístico profundo puede sanar, recomponer vínculos y agrupar a personas, allí donde la vía legal todavía no llega.
Lorena continúa ampliando el panorama, recordando experiencias internacionales similares: obras de performance que simulan juicios, como una basada en una masacre en el Congo, han logrado que se revisen decisiones judiciales que antes no habían sido cuestionadas. “No se empieza una obra con la expectativa de cambiar un país, pero un aporte artístico sí puede modificar cosas”, reflexiona. También menciona el ejemplo local del Teatro por la Identidad, a través del cual aumentan las consultas de personas que dudan sobre su origen cada vez que se realiza un ciclo. En definitiva, el poder del arte —ya sea el teatro o incluso la música— tiene la capacidad de poner en movimiento procesos sociales, emocionales y legales que de otra forma permanecerían estancados.
Con esta impronta, Testosterona llega a Córdoba sabiendo que se encontrará con un territorio donde estos relatos son necesarios. El equipo ya tiene registro de casos locales, como el de una persona de Río Cuarto que recibió este tratamiento en los años 80, y esperan que la función en el Teatro Comedia abra nuevas puertas en este “ejercicio cuántico” de recibir información.

La obra, lejos de ser un producto terminado, llega como un archivo en construcción que invita a los cordobeses a poner el cuerpo y la memoria en este proceso de búsqueda de la verdad. La pieza tendrá doble función, a las 18 y a las 21. Las localidades se adquieren a través de Ticketek o en la boletería del teatro.









