Una de las principales preocupaciones de la sociedad actual, es la preservación del ambiente. Los ciudadanos , los dirigentes de diferentes sectores, funcionarios y gobernantes (especialmente en campañas preelectorales) muestran su interés , realizan declaraciones y se comprometen a luchar por el mejoramiento del medio y la eliminación o reducción de los contaminantes.
Estas buenas intenciones, se ven reflejadas, muchas veces en medidas normalmente dirigidas a reducir los contaminantes químicos y biológicos. Sin embargo los factores de contaminación son más numerosos y algunos de elevado poder de daño, muchas veces, por no decir casi siempre, desdeñados en todos los ámbitos oficiales, privados y de divulgación.
Se trata de los contaminantes físicos, sobre los cuales se habla poco y se ejecuta menos. En especial el ruido. Este agente dañoso, ataca no sólo al aparato auditivo, como se cree vulgarmente, sino a todos los sistemas del organismo, y a la conducta, tanto en seres humanos como en animales. El aparato circulatorio, el digestivo, el respiratorio y el sistema nervioso, son víctimas propicias para el ruido, cuando los niveles sonoros son persistentes y elevados. Todo esto que en condiciones diurnas ya es grave, tiene un efecto magnificado cuando la sonoridad ambiente impide el descanso natural (físico y mental) de las personas.
Sobre el tema hay una abundante bibliografía técnico- científica, nacional e internacional, al alcance de cualquiera que tenga la voluntad de informarse. Voluntad, que se entiende debería ser obligación en quienes gobiernan y previamente prometieron y se comprometieron con el tema ambiental. Acá cabe una aclaración : Algunos dijeron «Asumimos el compromiso… etc., etc. , etc.». A estos, válgales la intención, si de verdad la hubo sincera, como en el cuento del cura. Aunque desde el fondo de los siglos, «Il dante», les recuerda que «el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones», si se me permite el lugar común citado. Otros, con más brío y menos vergüenza, se expresaron más enfáticamente: «Apostamos por el ambiente… etc., etc., etc.». Estos nos dicen sin pudor que la contaminación, y especialmente la sonora, es una cuestión de apuestas, dicho en buen criollo de timba, como si se tratara de alguna cueva o garito clandestino, con su correspondiente tero en la puerta, por las dudas. Y como en la timba, el resultado se mide en dinero de cualquier denominación y tipo , «Sound is money», como dijo el prestamista de Arkansas, en los USA.
Toda esta cuestión se torna, promesas y apuestas aparte, en un vergonzoso baldón político, cuando son los propios poderes del estado los que fomentan el ataque a la salud y negocian con el bienestar de una importante parte de la población de la ciudad. Me refiero al uso del Estadio Kempes y sus aledaños para la realización de recitales, shows, o como se los quiera denominar, con niveles sonoros, no sólo dañosos para los espectadores concurrentes al lugar, sino para decenas de miles de cordobeses que tienen la mala suerte de vivir en zonas próximas y no tan próximas al mencionado estadio.
Viernes y sábados de espectáculo, que no se reduce al par de horas que dura la actuación de la estrella principal y otras tantas de los «teloneros», sino que comienza, a veces 24 horas antes con las pruebas de sonido, persistentes y continuadas. Hay decenas de barrios y complejos habitacionales alcanzados por el fenómeno, donde reside gente que trabaja, que estudia, que puede tener un servicio de guardia al día siguiente en un hospital, o una cirugía, o un examen importante, o debe conducir un vehículo de transporte público o privado, o prestar vigilancia, o haber cumplido tal tipo de servicio y necesitar el descanso compensador, sin contar con que en el sector existen varias clínicas con internado y numerosas residencias geriátricas. Son decenas de miles de personas que sufren el efecto, aún a considerables distancias del foco emisor, dado que la amplitud de los espacios que rodean al estadio, (la Av . de Circunvalación, las colectoras, el amplio cauce de río Suquía y zonas abiertas) hacen de canales conductores del sonido con muy escasa atenuación, por lo que éste llega a muchísimos hogares en forma contundente: los vidrios de las ventanas vibran, las puertas tiemblan, los sonidos retumban.
Existe legislación sobre ruidos molestos, buena legislación, pero incumplida. El ruido es aislable, es atenuable , solamente se requiere colocar los dispositivos pertinentes y limitar la emisión a niveles que sean saludables, tanto para el espectador que inconscientemente está arruinando su salud física y mental, como para el ciudadano que involuntariamente y a disgusto ve alterada su vida y su descanso.
Falta, que sin las aparentes complicidades de las que sospecha el pueblo, los poderes del Estado Provincial y Municipal, intervengan, no solamente como propietarios y administradores del lugar, sino como ejecutores de las leyes y ordenanzas que ellos mismos han dictado y aseguren su estricto cumplimiento, sin excusas ni excepciones.
Que los poderes del estado provincial y municipal festejen el resultado de los recitales en el Kempes y planifiquen su crecimiento, porque eso da buenos dividendos, como leemos hoy en las noticias, es para sentir vergüenza de las instituciones que, por 30 monedas, sacrifican el bienestar de los cordobeses de un extenso sector, quienes ven impotentes desmoronarse algunos de los principales derechos del ser humano, cuales son la salud, el descanso y la vida digna.
Justo Rodríguez
DNI: 07983296
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