Cristina Mariscotti, conocida como la “Abuela Lalalá”, murió a los 79 años a principios de marzo, aunque la noticia se conoció en las últimas horas por decisión de su familia. Su figura se había vuelto viral durante el Mundial de Qatar 2022, cuando fue filmada festejando los triunfos de la Selección argentina en las calles del barrio porteño de Liniers.
En aquellos días de celebración colectiva, un grupo de hinchas la acompañó mientras bailaba con una bandera argentina en la puerta de su casa. En medio de cantos y saltos, surgió la consigna que la haría famosa: “¡Abuela, lalalalalá!”. El video se difundió rápidamente en redes sociales y la convirtió en un símbolo espontáneo de la alegría mundialista.
Aunque el apodo la instaló como “abuela”, en realidad Mariscotti no tenía nietos. Había nacido en 1946 en el barrio de Almagro y desde pequeña se radicó en Liniers, donde vivió gran parte de su vida, en la zona de Caaguazú y Andalgalá. Era la menor de tres hermanas y mantenía un vínculo muy cercano con sus sobrinos, a quienes consideraba “la luz de su vida”.
Tras la repercusión que alcanzó durante el Mundial —incluso llegó a sumar miles de seguidores en redes sociales—, siempre buscó mantener un perfil bajo. En entrevistas posteriores aseguró que prefería continuar con su rutina habitual y no exponerse públicamente, más allá del cariño que recibía de la gente en la calle.
Fanática de Boca y de la radio, también participaba en actividades culturales del barrio. Por cábala, evitaba ver los partidos de la Selección, aunque reconocía a Lionel Messi como su jugador preferido.
En julio de 2024 había sido víctima de un violento robo en su vivienda de Liniers, hecho que la dejó golpeada. Según relataron vecinos, en febrero de este año se la notaba desmejorada durante una misa en la parroquia San Enrique, a la que asistía con frecuencia.
Días después fue internada en el Hospital Santojanni por una insuficiencia cardíaca y finalmente falleció. Tras conocerse la noticia, vecinos y allegados realizaron una misa en su memoria, recordándola como una figura entrañable del barrio y un ícono inesperado de la pasión mundialista.









