Lo que se juega Biden

Por Carlota García Encina

Lo internacional y lo doméstico se unen más que nunca en la Administración Biden. Sirva como ejemplo su primer discurso ante ONU, en el que prometió liderar una renovación global basada en su política nacional. Pero aquellos líderes mundiales que le escuchaban estaban más pendientes de aclarar otros asuntos: la caótica salida de Kabul, junto con dudas sobre las futuras operaciones antiterroristas y el compromiso con los derechos humanos en Afganistán; el anuncio de una nueva asociación estratégica entre EEUU, Australia y Reino Unido –AUKUS– que incluye una flota de submarinos de propulsión nuclear para que Australia asegure su posición en el Mar del Sur de China; y el 20 aniversario del 11-S como cierre del capítulo sobre el intervencionismo liberal occidental.

Las prioridades están claras desde hace tiempo: centrar el poder de EEUU y su diplomacia hacia el Indo-Pacífico, proteger la democracia y los DD.HH. pero no con la fuerza militar, y trabajar de manera colectiva para abordar los grandes retos globales como la lucha contra el cambio climático, la sanidad global y los cambios tecnológicos. Se adopta un nuevo tipo de minilateralismo (el principal ejemplo es el AUKUS). Biden espera que esta combinación y agilidad le permitan cumplir con su agenda y hacerlo con rapidez. El problema es que está creando una inseguridad y competencia constantes entre los amigos más cercanos de EEUU. Sobre todo, entre los europeos, a los que todo esto parece encontrarlos desprevenidos. Parece, no obstante, que la diplomacia ha evitado que las desavenencias transatlánticas se conviertan en una división grave: una llamada telefónica entre Biden y el presidente francés, Emmanuel Macron, que incluyó una promesa de apoyo de EEUU a las operaciones antiterroristas de Francia en el Sahel, ha contribuido a reorientar las relaciones entre EEUU y Francia, al menos de momento.

Donde el nuevo liderazgo de EEUU puede ponerse en peligro es en Washington, donde un puñado de demócratas centristas y progresistas podría arruinar las perspectivas de un paquete de medidas que harían más fuerte al país y que contiene el tipo de inversiones que Biden querría realizar en todo el mundo.

El principal reto del presidente proviene de su propio partido. Los demócratas tienen un margen muy estrecho en la Cámara, de tres o cuatro escaños, y un margen de cero escaños en el Senado.

Son necesarios todos y cada uno de esos demócratas para no hacer descarrilar la aprobación de una legislación que tiene el potencial de ser transformadora. Biden necesita una gran victoria de sus compañeros, cuya unidad inicial en torno a su presidencia se ha visto afectada. En el centro de la incertidumbre se encuentra el acuerdo al que llegó Nancy Pelosi con los moderados y los progresistas del partido, para vincular el proyecto de ley de infraestructuras –que ya fue aprobado por el Senado con apoyo bipartidista y que financiaría carreteras, banda ancha y otros proyectos de infraestructuras– a esta propuesta política de reconstruir mejor, que incluye una ampliación de la red de seguridad social del país y una revisión del código fiscal y en la que los demócratas comparten, en general, la visión de Biden, pero con disputas sobre el tamaño y medidas clave para combatir el cambio climático y ampliar la asistencia sanitaria.

Los líderes demócratas, no obstante, continúan proyectando públicamente su confianza mientras trabajan entre bastidores para elaborar una propuesta de compromiso que satisfaga las demandas e intereses contrapuestos. Con los republicanos unidos en su oposición, necesitarán el voto de todos los demócratas del Senado y de casi todos los demócratas de la Cámara. Pero el debate no es solo entre progresistas y moderados. También es entre la Cámara y el Senado. Y si sos un miembro de la Cámara, sabés que a veces las cosas que aprobás acaban muriendo en el Senado. Y eso es lo que los progresistas están desesperados por que no ocurra.

Con la agenda económica de Biden pendiendo de un hilo, los demócratas también están luchando para evitar una crisis financiera con la deuda nacional, después de que los senadores republicanos bloquearan una medida que habría financiado las agencias federales y elevado el límite de endeudamiento del país. Los republicanos dejaron claro que no quieren dejar su huella en el aumento del techo de la deuda. Quieren poder culpar a los demócratas por ello más tarde.

Son días intensos en Washington y aquí es donde Biden se está jugando el demostrar a los estadounidenses que el gobierno puede funcionar, y probar su teoría de que haciéndose más fuertes dentro los ayudará a competir con más fortaleza fuera, y a reunir a los aliados y socios a su alrededor. ¿Podrán los demócratas salvar la agenda de Biden, mantener el gobierno federal abierto y evitar un desastre fiscal? “Ya me conocen, soy un optimista nato”, dijo Biden, “vamos a conseguirlo”.

 
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