Un fuerte sismo sacudió a Cuba durante la madrugada de este martes y coincidió con un apagón nacional que dejó a más de nueve millones de personas sin electricidad, telefonía e internet, profundizando una crisis energética que afecta a la isla desde hace meses.
El movimiento telúrico alcanzó una magnitud de entre 5,8 —según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS)— y 6,0 —de acuerdo con el Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas (CENAIS)—, con epicentro frente a la costa de Guantánamo y una profundidad de entre 11,6 y 20 kilómetros. Además, se registraron réplicas minutos después, lo que intensificó la percepción del fenómeno en el oriente del país.
Aunque el USGS clasificó el riesgo como “bajo”, el impacto coincidió con una situación crítica: una “desconexión total” del sistema eléctrico nacional, que dejó a la mayor parte del país sin servicios básicos. Según reportes oficiales, en las primeras horas del día el suministro apenas comenzaba a restablecerse de manera parcial.
En este contexto, la estatal Unión Eléctrica informó que solo un pequeño porcentaje de los hogares de La Habana contaba con electricidad, mientras que el director de Electricidad del Ministerio de Energía y Minas, Lázaro Guerra, explicó que la recuperación avanzaba “paso a paso”, mediante la creación de microsistemas para abastecer sectores clave como hospitales y centros de producción de alimentos.
Asimismo, el funcionario indicó que no se detectaron fallas en las unidades generadoras en funcionamiento al momento del corte, por lo que se analizaban las causas de la falla generalizada. En paralelo, se activaron sistemas alternativos de generación —como energía solar, hidroeléctrica y motores a diésel— en distintas provincias, aunque la falta de combustible limita la respuesta.
De hecho, la isla enfrenta cortes de hasta 15 horas diarias en La Habana y superiores a 48 horas en otras regiones, lo que afecta gravemente el acceso a servicios esenciales y aumenta el malestar social.
Esta situación se inscribe en una crisis estructural más amplia. Desde mediados de 2024, Cuba sufre un deterioro sostenido de su sistema energético debido al envejecimiento de las centrales termoeléctricas, de las cuales varias se encuentran fuera de servicio. A esto se suma la falta de divisas para importar combustible y modernizar la infraestructura.
El presidente Miguel Díaz-Canel reconoció recientemente que el país lleva meses sin recibir petróleo del exterior, lo que ha agravado los apagones y los colapsos recurrentes del sistema eléctrico. Según estimaciones de expertos, la modernización del sector requeriría inversiones de entre 8.000 y 10.000 millones de dólares, una cifra fuera del alcance de la economía cubana.
En paralelo, el contexto internacional añade presión. Desde Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha endurecido las medidas económicas, incluyendo sanciones a países que suministren petróleo a la isla. En este marco, llegó a afirmar que Cuba es “una nación muy debilitada” y “un país fallido”, e incluso sostuvo que podría “hacer cualquier cosa” con ella, declaraciones que incrementaron la tensión política.
Frente a este escenario, Rusia manifestó su disposición a colaborar. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, advirtió sobre la existencia de “graves problemas humanitarios” en la isla y aseguró que Moscú está dispuesta a brindar “toda la ayuda posible”, en coordinación con las autoridades cubanas.
“Se están gestando graves problemas humanitarios en este país. Rusia está dispuesta a prestar toda la ayuda posible. Todas estas cuestiones se están analizando con nuestros homólogos cubanos”, destacó Peskov.
Recordó que Cuba es un Estado soberano e independiente y lamentó que la isla enfrente grandes dificultades económicas debido al asfixiante embargo.

Por otro lado, el endurecimiento del llamado “bloqueo energético” —según lo denomina el gobierno cubano— busca restringir el acceso a recursos clave, lo que, a juicio de La Habana, agrava las condiciones de vida de la población y profundiza la crisis interna.
En consecuencia, la combinación de fallas estructurales, escasez de combustible, presión internacional y eventos imprevistos como el terremoto configura un escenario complejo. A ello se suman recientes protestas en distintas ciudades, motivadas por los prolongados cortes de energía y el deterioro económico.
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