El tercer día de 2026 no fue uno más. Esperado por muchos y criticado por otros, marcó el momento en que Nicolás Maduro cayó del poder en un giro sin precedentes. Estados Unidos llevó a cabo una ofensiva militar rápida y feroz en Venezuela. Como resultado, el líder chavista terminó capturado y trasladado a una cárcel en Nueva York, donde se espera que sea juzgado por graves cargos vinculados al narcotráfico y al terrorismo.
En un escenario que reconfigura el mapa político regional, escuchar al pueblo venezolano resulta clave. A quienes resisten en Venezuela y a los más de ocho millones que dejaron el país empujados por la crisis, que hoy viven este momento con expectativa, emoción y esperanza. En este contexto, Hoy Día Córdoba entrevistó a ciudadanos venezolanos residentes en la capital provincial, quienes relataron cómo atraviesan este punto de inflexión para su país.
Michelle Martínez, oriunda de la ciudad de Valencia, relató el momento en que supo de la invasión de Estados Unidos y de la prisión de Maduro como algo confuso, pero no de pánico. Se despertó con llamadas perdidas de familiares que aún residen en Venezuela. Luego recurrió a las redes sociales para informarse, donde encontró videos de bombardeos, explosiones y una fuerte circulación de información falsa, algo que —según Michelle— ocurre por la falta de medios de comunicación creíbles. Sin embargo, había una sensación más fuerte en medio de todo: finalmente, algo estaba pasando.
La primera imagen de Maduro arrestado, difundida por el presidente estadounidense Donald Trump, despertó un sentimiento de alivio y esperanza en muchos venezolanos. En palabras de Michelle, “puede ser que hoy sea el fin o el comienzo de algo”. La emoción se define como un sueño: poder pensar, después de tantos años, en la posibilidad de volver a encontrarse con familiares y amigos que quedaron en Venezuela.
Pero las dudas también persisten, porque la incertidumbre seguirá vigente en el país y en el proceso de transición de poder. “La dictadura de Venezuela no es solo Maduro”, recordó Michelle, y enumeró a Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez, Tarek William Saab y Vladimir Padrino López, señalando que todos tienen poder en Venezuela.
Esa desconfianza atraviesa hoy a muchos venezolanos. Por eso, más allá del debate sobre la invasión estadounidense y de las críticas al uso de la fuerza, las preocupaciones pasan por otro lado. El interrogante central no es la intervención externa ni el petróleo, sino si la caída de Maduro significará un cambio real o si el poder seguirá en manos de los mismos. Para quienes vivieron años de crisis, sanciones y migración forzada, la intervención extranjera es un factor más, pero no el centro del problema.
Michelle fue contundente: “No estamos pensando en las consecuencias geopolíticas; solo nos importaba que se acabara este gobierno de 26 años”, y afirmó que es “un precio que estamos dispuestos a pagar con tal de que este gobierno se vaya”. También agregó: “Cuando mataban estudiantes en 2017 nadie hacía nada”, cuestionando el silencio internacional frente al fraude electoral y la represión.
Patricia Ascanio, migrante desde hace ocho años y trabajadora de la Asociación de Venezolanos en Córdoba, también se expresó a favor del operativo estadounidense. Para ella, “no había otra forma ni otro camino para derrocar al chavismo”. “Venezuela está secuestrada y hay que liberarla”, afirmó.

Sobre el futuro, Patricia consideró necesario un gobierno de transición que permita recuperar los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, ya que hoy “no hay ninguna institución democrática en Venezuela”. Desde esa mirada, relativizó el debate sobre los recursos naturales: “El petróleo ya ha sido dado y vendido durante todo este tiempo”.
En la misma línea, Mariangel Pulido, migrante y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), sostuvo que lo ocurrido era inevitable, porque “no se saca pacíficamente a una dictadura”, y recordó que Venezuela pidió auxilio internacional durante años sin ser escuchada.

Tras la caída de Maduro, reaparece una pregunta recurrente: “¿Te volverías a Venezuela?”. Ser migrante implica no acostumbrarse del todo al país que te acogió y, a la vez, desacostumbrarse a la verdadera casa. Michelle explicó que hoy tiene una normalidad básica —agua, luz, gas, transporte— y que volver podría ser una opción, pero más adelante, porque ya construyó una vida en Argentina.
Para muchos venezolanos, el debate sobre la legalidad internacional o los recursos naturales queda lejos de las urgencias diarias. Lo que pesa es la falta de agua, electricidad, seguridad y garantías básicas. Tras años de pedir ayuda sin respuesta, este desenlace se vive como una señal de quiebre. Porque solo quienes atravesaron la crisis, el exilio y la pérdida saben lo que significó resistir. Y en ese contexto, incluso una victoria mínima, frágil e incompleta, también merece ser conmemorada.









