Cosa e'Mandinga

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Tecnomagia

Recientemente, se ha difundido la noticia de que Microsoft invertirá en el desarrollo de un software que permitiría hablar con los muertos. El hecho nos recuerda a la máxima del escritor británico de ciencia ficción, Arthur C. Clarke, según la cual, “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. El juego conceptual es poderoso porque se supone que la tecnología es exactamente lo opuesto a la magia, aunque tienen puntos de contacto. Ambas requieren saberes y habilidades; ambas tienen sus expertos, el mago y el tecnólogo; ambas son disciplinas prácticas, cuyas acciones tienen como objetivo producir algo concreto en el mundo: un conejo salido de la galera o un automóvil salido de la línea de montaje.

Sin embargo, hay una diferencia sustancial: el producto de la magia es inexplicable. Rompe con los principios lógicos del mundo, como aquel que formuló hace 25 siglos el filósofo griego Parménides: “de la nada, nada sale”. Nada, mucho menos un conejo. La tecnología, en cambio, cuenta (o debería contar) con una explicación lógica de cada paso del proceso por el cual, de un poco de materia y energía, emerge en el mundo un nuevo objeto útil o deseado.

Para Eliza

Es cierto que el producto que pretende elaborar Microsoft es un poco más complejo que un automóvil, aunque tal vez no tanto como un conejo. Se trata de un chatbot, es decir, un software con el que un humano puede mantener una conversación virtual coherente. Lo difícil no es que el software hable o escriba automáticamente, para lo cual bastaría con programarle un monólogo, sino que sus respuestas sigan el hilo de lo que dice o pregunta el interlocutor humano, lo que requeriría algo similar a la improvisación. En la actualidad existen chatbots muy básicos, como los que responden consultas en la página de un banco, pero desde hace mucho tiempo los tecnólogos han intentado diseñar algunos más complejos.

El primer intento exitoso fue Eliza, un programa psicoanalista diseñado por Joseph Weizenbaum, a mediados de la década de 1960. Eliza ofrecía sus servicios a los trabajadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT), a través de una red interna de computadoras, sin que ellos supieran que estaban chateando con un programa de computación. El desafío no era que el software entendiera lo que sus eventuales pacientes le decían, sino que creara en ellos la ilusión de que eso era exactamente lo que hacía. Para ello, se la programó para que elaborara respuestas automáticas en base a los términos o frases utilizados por los pacientes. El resultado fue algo así:

- Paciente: no soy feliz

- Eliza: ¿crees que venir aquí te ayudará a dejar de no ser feliz?

- Paciente: necesito ayuda; eso parece claro.

- Eliza: qué significa para ti conseguir ayuda.

- Paciente: quizá podría aprender a llevarme bien con mi madre.

- Eliza: háblame más sobre tu familia.

Y así por el estilo. El éxito del experimento quedó certificado cuando Weizenbaum reveló a sus compañeros quién (o qué) era Eliza. Algunos se negaron a creer que no era una persona de carne y hueso. Otros, en cambio, imploraron que los dejaran seguir con el tratamiento virtual. 

1.809.958.303 x 3.878.304.839

En cierta forma, lo que se presenta ahora como una novedad mágica es el perfeccionamiento de una idea que tiene 70 años, planteada por el mago/tecnólogo inglés Alan Turing.     En 1950, Turing se preguntó si las (por ese entonces) embrionarias computadoras tendrían alguna vez la capacidad de realizar operaciones intelectuales similares a las del ser humano. Para precisar los términos del problema diseñó el “juego de las imitaciones”, que consiste en una conversación entre una persona y dos interlocutores, uno de los cuales sería una computadora programada para imitar a un humano, aunque nadie sabría cuál. Si en la conversación la persona que participa del experimento no puede distinguir cuál es la computadora y cuál el humano, debe admitir que ambos son igualmente inteligentes. Pero lo cierto es que es muy fácil hacer caer en la trampa a la computadora. Por ejemplo, podemos preguntarle cuánto es 1.809.958.303 x 3.878.304.839 y la computadora daría una respuesta correcta, mientras que un humano no.

Con ello, entre otras cosas, Turing dejó planteado el verdadero desafío para la interacción exitosa entre humanos y máquinas: no se trata de que las computadoras puedan pensar, sino de que puedan pensar “como” humanos. Para eso la mejor estrategia no es diseñar máquinas programadas con las reglas lógicas del pensamiento humano (una tarea imposible), sino diseñar lo que llamó “máquinas niño”, torpes al principio pero con gran capacidad de aprendizaje, lo que les permitiría incorporar la forma de pensar humana por imitación.

Eliza fue una de las primeras “máquinas niño” predichas por Turing, pues conforme interactuaba con sus pacientes en una red de computadoras, incorporaba patrones de respuesta, lo que le permitía efectuar conversaciones cada vez más realistas. Los algoritmos actuales con los que cuenta Microsoft llevan esa tecnología a la enésima potencia, porque se nutren de las conversaciones de cientos de millones de usuarios conectados permanentemente a internet en todo el mundo. En pocas semanas de entrenamiento, un chatbots contemporáneo aprende por imitación a conversar “casi” (aún no podemos quitar esa palabra) como cualquier otro humano en la red.

Ahora bien, Turing diseñó una máquina que podía imitar a un humano; Weizenbaum diseñó una que podía imitar a un humano con una profesión específica, psicoanalista; la tecnología actual permite diseñar máquinas que imiten la personalidad de alguien concreto y singular: por ejemplo, usted. Sus conversaciones están registradas en mails, redes sociales, conversaciones telefónicas, videos en red, y vaya a saber uno en cuántos sitios más. Si un algoritmo tuviera a disposición esa información podría extraer sus patrones de respuesta e imitarlo en una conversación. Pero quédese tranquilo, esa información es privada...

Bajo esta lógica, lo mismo da que la persona a imitar esté viva o muerta. Si alguien quisiera hablar con su tío muerto, por ejemplo, y tuviera acceso al registro de sus comunicaciones en la red, podría solicitar a una empresa (supongamos Microsoft) que le fabrique un chatbots a medida. También se podría hacer lo mismo con personajes históricos. En lugar de crear un chatbots que imite a un psicólogo, se podría crear uno que imite, por ejemplo, a Freud o Lacan, si se le provee de sus libros, conferencias, diálogos públicos y, sobre todo, correspondencia privada, en la cual se encuentran los patrones de respuesta más personales.

Es verdad que, de llevarse a cabo con éxito, no se puede saber la eficacia que tendrá ese producto tecnológico, el éxito comercial que le espera o la aceptación social. Pero sí podemos afirmar algo con certeza: hablar con una máquina que imita a un muerto no es hablar con un muerto. Lo primero es tecnología, lo segundo es cosa e'Mandinga.

 
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