Las formas del optimismo

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Hiper e Hipo, o dónde está esa cosa

Es probable que la medicina haya surgido, en la antigüedad, como un pequeño movimiento conformado por personas optimistas, convencidas de que la enfermedad no es una decisión irrevocable de los dioses, sino un estado reversible a través de ciertas técnicas que están al alcance de la mano humana.

Si la enfermedad es un fenómeno mundano, también debe serlo su cura. En la antigua Grecia, el más optimista de todos era Hipócrates, pero también fue quien se dio cuenta de que con el optimismo sólo no alcanzaba, y que, en ocasiones es necesario intervenir activamente en los cuerpos, aunque (y este también es todo un descubrimiento) ciertos males se curan sin intervención.

La escuela hipocrática también postuló que cada enfermedad tiene su propio curso, al que había que investigar para identificar regularidades generales. Además, elaboró un concepto de salud, a la que definió, ante todo, como un equilibrio de los fluidos del cuerpo, los humores. En esa época se postulaban cuatro: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. En contrapartida, la enfermedad fue definida como la perturbación de esa armonía, cuya restauración se instituyó como el fin último de la intervención médica, de la terapéutica.

La medicina actual encuentra cierto anclaje en aquella escuela, por ejemplo, cuando estudia la dinámica corporal para definir las patologías por exceso (hiper), o por defecto (hipo), de algunos parámetros. Concebida así, la enfermedad no está en una parte del paciente, sino en todo el paciente y le pertenece por completo. En consecuencia, éste debe tomar las riendas de sí mismo para curarse. En ocasiones deberá modificar hábitos de higiene y dieta (otro hallazgo de Hipócrates), o cambiar ciertos factores de su entorno. Que el paciente esté en condiciones de obedecer las instrucciones del médico es otro asunto, pero, como dijimos, la medicina se basa, sobre todo, en el optimismo.

Por su parte, la medicina del antiguo Egipto concibió la enfermedad de una manera diferente: lejos de atribuirla a una afectación del equilibrio de los fluidos corporales, la interpretó como una cosa concreta que aparecía en algún lugar puntual del cuerpo del paciente y que podía ser extraída o eliminada. Entonces, para saber cómo intervenir, es necesario primero localizar. La medicina actual también hunde sus raíces en esta antigua escuela, y ha desarrollado una sofisticada aparatología de diagnóstico por imágenes, que no tiene otro fin que encontrar en los pacientes la ubicación exacta del malestar. Los tumores, las infecciones, los parásitos, los microbios, las fracturas, son algunas de aquellas cosas que se buscan. Encontrar, desde este punto de vista, es el primer paso para curar.

Los humores sociales

Georges Canguilhem, un filósofo francés de mediados del siglo XX, planteaba que “el pensamiento de los médicos no ha dejado de oscilar entre estas dos maneras de representarse la enfermedad, entre estas dos formas de optimismo”, que encarnaron los griegos y los egipcios. “Ambas concepciones tienen, sin embargo -decía el filósofo- un punto en común: consideran a la enfermedad como una situación polémica, ya sea como una lucha entre el organismo y un ser extraño, ya sea como la lucha interna de fuerzas enfrentadas”.

En nuestros días, el coronavirus trae a la superficie esta doble concepción sobre la salud y la enfermedad. En principio, el virus se piensa como un ser extraño que entra al cuerpo del paciente, y que debe ser localizado, como un primer paso para su expulsión. Una vez dentro, sin embargo, se expande y, aunque se localiza principalmente en las vías respiratorias, la gravedad del estado del paciente depende de cuánto se desequilibre el funcionamiento de su organismo, afectando otros órganos y sistemas.

Por otro lado, la analogía entre cuerpo y sociedad es muy tentadora. El virus también es algo que ingresa a un país a través de sus fronteras, para lo cual se montan enormes operativos de localización (“testeos” es el nombre que han adoptado). Si no se localiza, no podemos actuar: “¿Cómo actuar en un terremoto o en un huracán?”, se preguntaba Canguilhem. Una vez dentro, sin embargo, el virus, aunque se localiza principalmente en el sistema de salud y lo lleva al extremo, también se expande hacia el resto de los sistemas (económico, educativo, jurídico, político, etc.) que conforman la sociedad, y perjudica la dinámica más o menos equilibrada del funcionamiento cotidiano. La sociedad sufre un malestar, producto de algo nuevo que ha entrado, pero también por la puja de fuerzas internas que entran en conflicto.

Encrucijadas

El covid-19 es un virus nuevo que tiene su propio curso, pero que aún, a pesar de que hemos aprendido mucho en más de un año de pandemia, no está del todo determinado. Los tratamientos y las vacunas son formas de intervención que no se deducen exclusivamente de un tipo de conocimiento científico, sino que se nutren de muchos tipos de saberes, en muchos niveles, y también del ensayo y error que se experimenta a diario en la dinámica del virus en las distintas sociedades.

En ese sentido, como decía Canguilhem, la medicina es "un arte situado en una encrucijada de ciencias". Podríamos agregar, también, en una encrucijada de temperamentos. El optimismo, no es una tendencia natural en todas las personas. Hay quienes se inclinan por una actitud nihilista, y no ven el sentido de esforzarse ante el inevitable destino de la muerte y el olvido. Otros tienden a ser hedonistas, y hacen de la búsqueda del placer y la huida ante el dolor los dos objetivos fundamentales y casi exclusivos de su vida. También hay escépticos, que desconfían de la verdad de las creencias aceptadas por la comunidad y de la eficacia de las técnicas que se derivan de esas creencias. Incluso hay cínicos, que defienden deshonestamente prácticas dañinas para ellos y para los demás por motivos perversos.

Los temperamentos son diversos, siempre ha sido así, y las personas se agrupan y generan movimientos sociales de distintos tamaños y con distintas fuerzas, entre otras cosas, de acuerdo a su afinidad en relación a un tipo de temperamento específico. El personal de salud, como dijimos, se reúne alrededor del optimismo como valor fundante, y en base a esta manera de ver el mundo organizaron hace siglos un movimiento que ganó terreno en la vida pública, y que con el tiempo se institucionalizó para ocupar un lugar importante en la conformación de los Estados modernos, que son, sin dudas, junto a las políticas públicas, otras formas del optimismo.

 
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