Las fiestas

El centinela ciego | Por Leandro Calle

Hace unos días leía la siguiente crónica en un diario de un país cuyo nombre prefiero no acordarme: En el marco de una represión social, un hombre viejo y bueno acogió a una joven a punto de dar a luz a un niño de padre desconocido. La pareja, pobre de toda pobreza, anduvo por varias zonas de una conocida villa miseria del suburbio sin lograr que nadie le diera ni asilo ni atención médica. Finalmente, encontraron un corral de una casa abandonada y destruida donde la muchacha dio a luz en condiciones extremas. Al parecer, por lo que refieren algunos vecinos de la villa, unos personajes extraños aparecieron por la noche. Se comentó en el barrio que eran adivinos o curanderos. Ante la creciente ola de inseguridad que se vive en los barrios carenciados, la gente prefirió cerrar puertas y ventanas de sus casas. Asimismo, los curandero o adivinos, probablemente un grupo de antisociales vinculados al narco, dejó caer la idea de cierta conspiración en torno al gobierno nacional. Enterada la policía de la posible conspiración que estaría detrás de esta reunión ilícita con fachada de nacimiento, grupos especializados de la policía reprimieron fuertemente en la zona del suburbio X. El saldo fue entre diez y quince personas muertas, todas ellas menores de edad. La pareja sospechosa fue buscada con ahínco, pero solamente pudo saberse que huyó hacia el país vecino, sin dejar rastro.

Tal vez si Jesús de Nazaret hubiese nacido en esta era, esta hubiese sido una manera de contar el suceso.

Más allá de las creencias, comunitarias y personales, el fin de año trae aparejado el tema de las fiestas, que más o menos se resume en: noche buena y navidad; año nuevo y reyes. Ya estamos en el período de receso y del merecido descanso y hace pocos días pasaron lo que comúnmente denominamos: “las fiestas”.

Para algunos, un tiempo de paz, para otros un tiempo de turbulencias. Yo me encuentro más bien en el segundo grupo. En parte, uno asiste, a veces, a una suerte de administración de las neurosis sociales, que van desde la consabida pregunta ¿este año nos toca pasar con tus padres o con los míos?; hasta las más triviales afirmaciones, como: no tengo qué ponerme, no me alcanza la plata para hacer todos los regalos, no me banco que venga la tía fulana; el vitel toné de la abuela es insuperable, etc. Cierto psicoanalista, hace ya muchos años me dijo, dejando entrever que hablaba más de su propia emoción que de la mía: “lo mejor de las fiestas es que pasen”. Los niños, en general, son los que suelen estar más pendientes de estas fechas, tal vez por ese halo de suspensión entre las clases y las vacaciones, o tal vez tenga que ver por esa gran zanahoria anual que son los esperados regalos y la cartita a Papá Noel, esa importación comercial que poco tiene que ver con el origen de la festichola y mucho menos con nuestro paisaje, a no ser el patagónico austral.     Así que –salvo en años de pandemia como este- ahí vemos, en shoppings y centros comerciales al hombre disfrazado de Papá Noel, con la abultada panza llena de guata o de almohadones y un traje rojo y blanco por demás pesado, la barba de algodón espeso y un millar de gotas de sudor que le caen por el rostro en los tórridos veranos de estas latitudes. Jo Jo Jó dice el falso gordo, mientras toca la campana, acaricia un reno de yeso y los chicos acuden para sacarse una foto. Bueno, al parecer, estoy destruyendo la fantasía, el mundo de la imaginación, la ilusión de los niños, etc.; puede ser, pero cabe la pregunta de qué resignificación habrá que darle al tiempo de las fiestas.

Es un tiempo especial; ahora bien, ese tiempo se ha convertido en un tiempo que baila al compás de –digamos- un foráneo consumismo bastante alienante. ¿Será, como decía el psicoanalista, que lo mejor de las fiestas es que pasen? Las experiencias son variopintas, incluso en los cambios que se dan entre uno y otro año. A lo que me refiero es que el ropaje con el cual se ha envuelto el tema del fin de año no deja de ser una máscara a nivel social, que tira por tierra otras interpretaciones que, tal vez, tengan más que ver con la situación original y con el contexto actual.

Mientras armamos el arbolito en casa y el gobierno arma el arbolito de la ciudad, se han quemado cientos de miles de hectáreas donde los arbolitos desaparecieron, devorados por el fuego. ¿Habrá que armar el arbolito o habrá que sembrar un arbolito a partir de ahora? Los famosos reyes magos, según el texto bíblico, ni eran reyes, ni eran tres. Pero conforme pasa el tiempo, la humanidad va vistiendo los acontecimientos, y lo accidental se vuelve más notorio que lo sustancial. Lo doctrinario y publicitario más refulgente que la palabra primera o la significación histórica

¿Con quién (o dónde) vas a pasar las fiestas? ¿Con quién (o dónde) pasaste las fiestas? Nótese la utilización del verbo “pasar” tanto para el futuro como para el pasado.

Las fiestas ya han pasado, el arbolito ha sido desarmado y vuelve a su latencia mítica hasta el próximo año, en que todas las luces comienzan a brillar a partir de navidad. Y es otro ciclo que se abre y otro ciclo que se cierra. Pasó un año y pasará éste y el que viene. “Lo nuestro es pasar” dice Antonio Machado, “pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”.

Sísifo lleva su piedra en el mito griego hasta la cima de la montaña, antes de llegar a la cúspide, la piedra se viene abajo y todo vuelve a comenzar. Adornar la piedra no nos exime del desenlace.

 
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