Jaime Dávalos, poema adentro

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Poema adentro, hace 100 años, un 29 de enero de 1921, nacía Jaime Dávalos, uno de los poetas más significativos de la canción popular argentina. Hijo del escritor Juan Carlos Dávalos, padre de la cantante Julia Elena Dávalos, y abuelo de Florencia, don Jaime confirma la pertenencia a una estirpe singular de artistas salteños.

Junto con el guitarrista Eduardo Falú formó una de las duplas más prolíficas del folklore, comparable a la que también encontramos en Leguizamón y Castilla; Tejada Gómez y César Isella (que acaba de fallecer); o Ariel Ramírez y el historiador Félix Luna. Estos hermanamientos de poesía y música sellaron definitivamente la canción popular, sobre todo a partir de los años 60 conformaron una tierra fértil, que floreció en un nuevo canto.

Jaime Dávalos, que también vivió un tiempo en la ciudad de Zárate, integró el territorio del Norte con el del Litoral, y sus letras están pobladas del paisaje argentino: ríos, árboles, oficios y pájaros.

La utilización certera de la metáfora pobló de poesía la letra del folklore: “brasita negra que lustra la claridad” en “Las golondrinas”; “El peso de la sombra derrumbada”, aludiendo a los árboles en “Canción del jangadero”, por mencionar dos grandes imágenes.

Rápidamente sus canciones, como “La nochera”, “Vidala del nombrador”, “Vamos a la zafra”, etc., se popularizaron aquí y allá, en todo el país, interpretadas por innumerables grupos folklóricos, los más populares y conocidos como Los chalchaleros y Los Fronterizos, así como por intérpretes emergentes y cantores desconocidos en peñas y fogones.

En “Vidala del nombrador”, Dávalos dice: “Vengo del ronco tambor de la luna/ en la memoria del puro animal,/ soy una astilla de tierra que vuelve/ hacia la oscura raíz mineral”. Animal y luna, enmarcan, de algún modo, lo salvaje y lo trascendente, herencia del romanticismo y del modernismo latinoamericano. Lo salvaje es lo puro, mirada roussoniana, y en la luna podemos adentrarnos en las seguras lecturas de Verlaine y de Lugones. Pero lo que me interesa es la profundidad, la autoconciencia profunda que tiene Dávalos de sí mismo y de artista, fraguada en una simple copla. Como un guijarro que rueda por el camino pero que, al mismo tiempo, traza su destino profundo. “Soy una astilla de tierra que vuelve/ hacia la oscura raíz mineral”. Conciencia de ser parte de un todo, un todo vital, un paisaje. Parte ínfima pero al mismo tiempo significativa. Una astilla. Humildad, que le llaman. Astilla que vuelve, que regresa a la tierra, que se funde en el misterio de aquello que no sabemos.

Esa concepción circular y mítica de eterno retorno es la que, a mi juicio, posibilita en Dávalos una concepción comprometida con el paisaje. Herencia, probablemente, de una capacidad de observación asombrosa. Asombrosa, en el sentido de admirar el paisaje, dejarse maravillar. Abrir los ojos. Por eso puede luego nombrarlo, y en el nombrar añadir aquello propio del ser humano, como el amor, el dolor, lo político, la trascendencia.

“Subo en bagualas por la noche azul”, dice Dávalos, y reúne vanguardia y folklore en un solo verso. La poesía se ató demasiado a las ciudades, a concepciones urbanas que fueron necesarias en un momento. De algún modo, ciertas escuelas o tendencias abjuraron de esta poesía que provenía del folklore, y entonces, entre la ya antigua disputa entre centro y periferia y estas concepciones de lo urbano, aconteció una escisión innecesaria en nuestra cultura.

Tan acostumbrados a la “o” disyuntiva, y no a la “y” que puede congregar y sumar voces diferentes, generando así un crisol literario de nuestra identidad más honda.

Para terminar un poco con estas disyuntivas miradas de esto “o” lo otro, sirve mirar no lo calificativo de la poesía sino la poesía sin más. Poco interesa si la poesía es urbana o es folklórica; o si es moderna, o joven, o clásica. La pregunta clave que debemos hacernos es si es poesía. Y, en este caso, Jaime Dávalos abre su canto, o su boca, que es lo mismo, y nos da cátedra.

De todos modos, sirve la referencia de situarlo entre los poetas vinculados a la tierra. Sirve como mero marco referencial o situacionalidad. Comparte con Manuel Castilla y muchos otros poetas ligados a la canción popular. Este fenómeno no es reciente: es casi inmemorial, teniendo en cuenta los rapsodas griegos y los trovadores y juglares medievales; en la canción argentina no sólo aparecen en el folklore: los encontramos también en el tango, en el rock nacional y en la balada. Quién podría negar la poesía de un Homero Expósito, de un Catulo Castillo, Luis Alberto Spinetta, Víctor Heredia, Eladia Blázquez o Teresa Parodi, entre tantas y tantos. En este sentido, y desde hace mucho tiempo, en el marco del festival de Cosquín existe el “Encuentro de poetas con la gente”, donde cantoras/es y poetas continúan esta rama frondosa que sigue dando frutos.

Soy el que canta detrás de la copla,

el que en la espuma del río ha´i volver,

paisaje vivo mi canto es el agua,

que por la selva sube a florecer.

Jaime Dávalos canta “detrás de la copla”, porque primero va el canto, el paisaje, su pueblo. Es raíz, mineral y oscura: sostiene y alumbra.

Su fulgor permanece casi de manera anónima cuando, a veces, alguna de sus canciones es escuchada en los labios de un desconocido, en el silbido anónimo de “La nochera” en la Plaza 9 de julio en la ciudad de Salta.

Poema adentro, don Jaime es parte de nuestro paisaje, de nuestra canción y es bueno recordar que hace 100 años este salteño vino al mundo para hacerse hermano del vino y dejarnos su canto.

 
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