La mar y la lengua estaban serenas

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Y el tipo, tipa o tipe, a lo primero que atinó fue a decirme que estaba podrido del lenguaje inclusivo. En realidad, lo primero que podía verse con cierta claridad era que estaba podrido. Era así, hedía por todos los costados. La persona (y evitamos decir tipo, tipa o tipe) que estaba a su lado no tenía ningún tipo de aroma en descomposición, pero sí se desprendía de (ahí te jodiste) él/ella/elle un penetrante olor a naftalina. Mi primera respuesta fue: pero, al fin y al cabo, qué te molesta tanto que digan así o asá. El tipo, tipa o tipe, el oloroso –no a naftalina- sino en símil estado de descomposición, me agarró por el cuello y me acorraló contra la pared. Y ahí quedé yo, entre el olor y la pared, esperando que “Naftalina” hiciera algo, actuara. Y así fue, levantó su pierna y me encajó una soberana patada en el costado del glúteo derecho. Vas a hablar correctamente, me dijo entre dientes. ¿Entendés? Co-rrec-ta-men-te. Levanté las cejas en signo de interrogación como para preguntar cuál era el guión. Hablá, me dijeron a dúo. Hablá. ¿Qué quieren que diga?, les dije mientras trataba de salirme de la asfixiante garra del tipo, tipa o tipe del comienzo. ¿Cómo ves la realidad nacional? Terminó de decir nacional y ahí, en el momento en que la lengua pega la punta al paladar para marcar la “l”, me soltó.

Astadas na tanan nangana adaa da la qua as la raaladad nasanal. Astadas craan qua tada a calpa as da la yagua, qua Albarta as ana maraanata, qua la gabarnadara da Cárdaba as paranasta. Vava Parán Caraja.

No entendí un sorongo, dijo “Naftalina”.

Estedes ne tenen nenguene edee de le que es le reledé necenel. Estedes creen que tede es quelpe de le yegue, que Elberte es ene merenete, que le guebernedere de Quérdebe es pereneste. Veve Perén Quereje.

Agarralo un poquito más del cuello. No se le entiende nada.

Istidis ni tinin ninguini idii di li qui is li rilidí nicinil. Istidis criin qui tidi is quilpi di li yigui, qui Ilbirti is ini miriniti, qui li guibirnidiri di Quírdibi is pirinisti. Vivi Pirín Quiriji.

La que los parió, dijo “Naftalina”. Esto se está poniendo difícil. Bastó un solo golpe en la boca del estómago para que me dejara sin aire ese animal y la boca se abriera en una “o” sin mucha consistencia. En esa misma línea y con tono asmático seguí:

Ostodos no tonon nongono odoo do lo quo os lo rolodod nosonol. Osotodos croon quo todo os colpo do lo yoguo, quo Olborto os ono moronoto, quo lo gobornodoro do Córdobo os poronosto. Vovo Porón Corojo.

Esta vez naftalina me dejó tranquilo pero el aromado, aromada, aromade sujete que me sostenía del cuello, procaz y abusivamente bajó hasta mis partes y las apretó con fuerza. Ahora te tenemos agarrado… bueno… ya sabés de dónde. Hablá, ordenó. La boca se me había constreñido hacia una “u” casi en aullido. El dolor, insoportable. Tomé la poca fuerza que me quedaba y dije:

Ustudus nu tunun nungunu uduu du lu ruludú nusunul. Ustudus cruun quu tudu us culpu du lu yuguu, quu Ulburtu us unu murunutu, quu ul guburnudur du Cúrdubu us purunustu. Vuvu Purún Curuju.

Cachetazo va, cachetazo viene, me fui dando cuenta de que ya se me habían acabado todas las vocales. Al menos las conocidas por mí. “Naftalina” sacó de entre sus ropas un cuchillo pequeño. “El bultito del cuchillo”, decía Borges, pero yo no había alcanzado a ver que estaba armado. El, la o le oloriente, peló un chumbo y encaró: “¿qué olés así con esa naricita?, ¿qué te hacés el fino?”. Respondí, esta vez utilizando todas las vocales: Aromas del Cairo.

Ahí nomás me asestó un culatazo y me atreví a gritar: ¡El vals!, el vals de Aguilar, che. ¿Qué Aguilar? profirieron a coro “Aromas del Cairo” y “Naftalina”. El guitarrista de Gardel, che. El yorugua que se salvó del accidente. Él compuso el vals “Aromas del Cairo”. Puse cara de inspirado y recité: “Llega hasta mí aquel suave perfume,/ esencia de un país encantador,/ que me estremece el alma y me recuerda/ los goces de aquel viaje seductor”.

Un país encantador, dijo “Naftalina” y los ojos le brillaron un poquito. ¿Sabés quién cantaba ese vals?, les dije, zafándome de las garras del aromado sujete. Silencio de radio, ninguno decía nada. Gardel cantaba ese vals. El morocho del abasto. El mudo. Pero qué carajo van a saber ustedes. Malevo y entonado en el enojo, me incorporé y les dije: “Multa renascentur quae iam cecidere, cadentque/ quae nunc sunt in honore vocabula, si volet usus/ quem penes arbitrium est et ius et norma loquendi”. A la pelotita, dijo “Naftalina”. ¿Y eso de quién es? De Seru Giran, les dije. Vos fuiste al Montse, me dijo “Aromas del Cairo”, y me volvió a agarrar del cuello. No, nada que ver, yo no fui al Montse. Es Horacio, confesé. ¿Qué Horacio? Traducí, ordenó, mientras me aflojaba un poco la garganta: “Renacerán muchos vocablos que ya han decaído y caerán los que ahora están en boga, si así lo quiere el uso, en cuyo poder están el juicio y el derecho y la norma del habla”. La traducción es de Marta Elena Caballero. Ajá, dijeron los dos.

Al final, le dijo “Naftalina” a “Aromas del Cairo”, no nos dijo qué pensaba de la realidad nacional. Mejor dejémoslo, está loco. Y se fueron. Me acomodé la camisa y salí del callejón pensando que la mar no estaba para nada serena, tampoco la realidad nacional.

 
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