Padre Mugica, la vara muy alta

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

El martes pasado se cumplieron 47 años del asesinato del padre Carlos Mugica. Sacerdote vinculado a los “Curas Villeros” y al “Movimiento de sacerdotes para el tercer mundo”; ferviente militante peronista y alma máter de la Villa 31, en Retiro, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La Alianza Anticomunista Argentina, conocida como “La triple A”, en la que al parecer todo tenía que ver “el Brujo” José López Rega terminó con la vida del “padre de los pobres”, a los 43 años. Fue ametrallado en la calle cuando salía de decir misa en una parroquia. Como todo asesinato político, y al igual que el caso de monseñor Angelleli, la muerte de Mugica se tiñó de diversas conjeturas hasta que llegó, tarde, como llega casi siempre en estos casos, la voz de la Justicia.

Es así como personajes y agrupaciones más cercanas a la derecha atribuían (o sembraban la duda) de la implicancia de la agrupación Montoneros en el asesinato del cura de la Villa 31. Así lo retoma en estos días un matutino de la capital del país que, a su vez, ofrece como prueba un video de un importante político del peronismo, abuelo del actual jefe de gabinete del gobierno nacional. Lo cierto es que la figura de un Carlos Mugica ha sido siempre una “papa caliente” para la política argentina, y también para el movimiento peronista, en razón de que su compromiso político y social. Su vida y testimonio están muy lejos del “biri-biri” discursivo, de la retórica vacía y clientelar en que se ha convertido la política a partir de los años 90.

El compromiso raigal de Mugica es experiencial, y se ahonda en un cambio de paradigma profundo, una reingeniería sobre su propia vida. Proveniente de una familia acomodada, Mugica está muy lejos, en sus años de juventud, de tener simpatía con el peronismo. Se ordenó de sacerdote en el año 1959, es decir, mucho antes de la gran revolución conciliar del Vaticano II. Sin embargo, ya soplaban los vientos de la “nouvelle théologie”, y se venía un cambio sustancial en la institución eclesiástica. Si bien el Concilio fue una revolución que puso a la iglesia patas para arriba, poco habló de los pobres y de las necesidades de América Latina. Es el documento de Medellín, en el año 1968 (año del Mayo Francés y la Primavera de Praga) cuando se hace la “bajada” del Concilio a la realidad latinoamericana. Luego, unos años más adelante, Gustavo Gutiérrez cimenta y acuña el nombre de Teología de la Liberación. En este contexto, Carlos Mugica realiza sus opciones, y su opción preferencial es por los pobres.

La doble pertenencia de Mugica, eclesial y peronista, resulta incómoda para cierta clase social de Buenos Aires, clase de la cual Mugica era oriundo. Pero, hay otra incomodidad fundamental que plantea Mugica, y no es una incomodidad hacia afuera sino hacia adentro: deja la vara muy alta para los representantes de la iglesia católica y para los políticos que adscriben al peronismo. La imagen de un cura viviendo en la villa; consultando todo con sus hermanos y hermanas más pobres; asumiendo su origen y entregando hasta su propia vida; contrasta de manera fuerte con los oropeles y las preocupaciones preservativas de una dirigencia eclesial obsoleta y anquilosada. Y el contraste se encuentra también con la misma clase dirigente. Mientras Mugica abrazó los principios fundamentales de la justicia social e hizo carne el legado de Eva Perón, a quién no conoció: gran parte de los dirigentes actuales, particularmente del peronismo, dan cátedra sobre los pobres y los fundamentos del justicialismo desde sus 4X4, sus casas en barrios cerrados, sus abultadas cuentas y sus pactos por debajo de la mesa con los poderosos. En realidad, la figura de Mugica nos incomoda a todos.

La experiencia del padre Mugica, además, no es solo personal, es netamente comunitaria. Sin embargo, él, por su carisma y su testimonio sacrificial, se convierte indiscutiblemente en un emblema del peronismo y la lucha por los pobres. Junto a él estuvo también el querido José María Meisegeier, jesuita que vivió a su lado en la villa 31, y que aportó aquí, a Córdoba, un legado de suma importancia: muerto Mugica, “el Pichi” Meisegeier (así era su apodo en la comunidad jesuita) quedó a cargo de la Villa 31, y durante largos años fue archivando diverso material referente a la última dictadura militar; al movimiento de los curas villeros; y sobre todo fue custodio de lo que hoy es el “Archivo Mugica”, que se encuentra en la biblioteca Jean Sonet de la Universidad Católica de Córdoba y contiene correspondencia, apuntes y escritos de Carlos Mugica. Desde el punto de vista histórico y documental, el paso de un archivo personal a una institución es importante, ya que muchas veces el trabajo de tantos años corre el riesgo de perderse, o quedar en el olvido. En la idea y la gestión de traspaso del archivo, en vida del padre Meisegeier, tuvo mucho que ver Gustavo Morello, investigador y jesuita, frecuente columnista de este diario.

Carlos Mugica, como decíamos, deja la vara muy en alto, por eso incomoda. Ante tanto palabrerío político y eclesial, sin dudas Mugica encarnó un principio fundamental del peronismo que había abrazado: mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar.

 
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