Conrad por Fondebrider

Por Leandro Calle

“Acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”, dijo Jorge Luis Borges acerca de “Heart of Darkness”, de Joseph Conrad. La editorial Eterna Cadencia acaba de publicar una nueva traducción, a cargo del reconocido escritor Jorge Fondebrider, que, a su vez, enriquece al clásico de la literatura inglesa con una jugosa introducción y un conjunto de notas eruditas y precisas.

La primera novedad que el lector tiene ante sus ojos es el título, que como bien lo explicita y justifica el traductor, fue devuelto a su origen. Normalmente encontramos el título de las traducciones castellanas precedidos del artículo: “El corazón de las tinieblas”. Fondebrider, decidió dejar una marca concreta que, como decíamos, tiene que ver con el libro original. La nueva traducción se presenta entonces como “Corazón de las tinieblas”.

¿Cuál es la importancia de volver a traducir los clásicos? ¿Acaso no encontramos suficientes libros en el mercado de autores como Stevenson, Flaubert, Dostoievski, etc.? Si uno hace un recorrido (con barbijo, por supuesto) por algunas buenas librerías de la ciudad, va a encontrarse unas cuatro o cinco ediciones del clásico de Conrad. La mayoría de las ediciones son españolas. Algunas de ellas, de alto costo por el cambio monetario. Otras, mucho más baratas y adquiribles en librerías de segunda mano, de aquellas grandes tiradas de clásicos que hacían algunos sellos, sin ningún tipo de introducción. El texto a secas. Incluso, algunos clásicos no tienen referencias acerca del autor.

Una nueva traducción tiene que ver directamente con la frescura y actualidad de los clásicos, siempre antiguos y siempre nuevos. La traducción, más que una “traición” como irónicamente quedó dicho, es un servicio, y en este sentido el servicio tiene que ver con el lugar de recepción. Su tiempo y su espacio. La traducción no puede esquivar la cronotopía: se escribe desde un tiempo y lugar concreto hacia otro lugar y tiempo determinado.

La edición de Eterna Cadencia cuenta con una introducción breve pero sustanciosa, que realiza el mismo Fondebrider. Allí encontramos también todo lo que el texto inglés tiene en relación a las políticas coloniales europeas, el racismo y la violencia. No es un dato menor, al contrario, enmarcan al clásico inglés dentro de lo que fue uno de los genocidios más grandes del siglo XIX, perpetrado por Leopoldo II, rey de Bélgica. De ahí las menciones, entre otros análisis del “Corazón de las tinieblas”, de dos autores que si bien alcanzan a apreciar la maravilla literaria de Conrad son conscientes, asimismo, de las controversias raciales de su temática. Hablo de la cita explícita de dos grandes intelectuales, el orientalista Edward Said, y el padre de la novela moderna negroafricana, el nigeriano Chinua Achebe. El nigeriano, lejos de permanecer callado, en 1977 decía: “el propósito de mis observaciones debe ser muy claro a estas alturas, es decir, que Joseph Conrad era un completo racista. África es a Europa lo que el retrato es a Dorian Gray, un portador en quien el amo descarga sus deformidades físicas y morales para poder seguir adelante, erguido e impecable”.

Por eso, la introducción crítica de Jorge Fondebrider, sus agudas observaciones en cada una de sus notas hacen de esta edición un libro impecable y exquisito. El lector cuenta también con un apéndice, en el que puede anoticiarse de la situación del Congo bajo el reinado de Leopoldo II; un apartado de fuentes biográficas y pormenorizada bibliografía en castellano sobre el libro y el autor.

Vale la pena, como Marlow, adentrarnos en los misteriosos ríos de la literatura y sus traducciones:

“Remontar ese río era como viajar al principio del mundo, cuando la vegetación se sublevaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, indolente. No había alegría en el brillo del sol. Los largos tramos del río fluían, desiertos, hacia la penumbra de las distancias ensombrecidas. Sobre los bancos de arena plateada, hipopótamos y cocodrilos se asoleaban unos junto a otros. Al ensancharse, las aguas fluían a través de una multitud de islas boscosas. En ese río uno se perdía del mismo modo que en un desierto, y al intentar encontrar el canal, todo el tiempo te topabas con bajíos, lo que te hacía pensar que estabas embrujado y apartado para siempre de todo lo que alguna vez habías conocido… en algún lugar… muy lejos… tal vez en otra existencia”.

Algo así me imagino que puede sentir un traductor cuando encara una obra clásica de estas características.

Excelente apuesta de Eterna Cadencia, que no pasa solamente por la reedición de los clásicos, sino por nuevas traducciones que mantienen viva la literatura.

 
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