Aluvión zoológico en el Capitolio

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

No fueron pocos quienes, tras producirse el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, el primer miércoles de enero de este 2021, aseguraron que se trató del “fracaso más grande de la historia de la democracia estadounidense”. Se discutió mucho respecto de si lo sucedido en Washington DC se trató de un golpe, de una insurrección, o inclusive de un intento de autogolpe de Estado. Lo cierto es que finalmente sucedió de manera notablemente menos organizada de lo que podría haber sido si, efectivamente, hubiera estado preparado con el objetivo de perpetuar la presidencia de Donald Trump. Fue, más bien, el desembarco “white trash” en la capital del país, una ciudad de oficinas estatales y trabajos de cuello blanco. Una especie de “aluvión zoológico” a la norteamericana, solo que sin épica popular ni defensa de derechos laborales. En cambio, hubo mucho de teorías conspirativas marginales, armas, banderas confederadas, racismo explícito y desprecio abierto.

En Capitol Hill ese día se hizo visible la base electoral de Donald Trump: un grupo de estadounidenses profundamente heterogéneo, pero con el punto común: ser los olvidados del país, el “lado B” del sueño americano. Antes de la llegada del magnate neoyorquino al poder, ningún candidato presidencial había siquiera intentado representarlos. Era demasiado vergonzante incluso acercarse a ellos. Un grupo de gente sin educación formal, residentes en el interior profundo, en áreas rurales o ex cordones industriales destruidos debido a la deslocalización. En palabras de Hillary Clinton, en 2016: “una canasta de deplorables”. Epíteto que Trump en su momento utilizó en su favor en sus rallys, y se convirtió en un extraño motivo de orgullo para sus seguidores. Por supuesto, cada subgrupo tiene sus propias particularidades. No es lo mismo el cordón industrial de los Lagos del Norte o el cinturón del óxido, a las zonas rurales del Midwest, o a los estados del “Deep South” (el “Sur Profundo”, prácticamente otro país).

A pesar de que lo sucedido sorprendió a muchos, no era extraño para quienes seguimos diariamente los foros o redes sociales de estos sectores radicalizados de la política de los EEUU. La polarización de la sociedad norteamericana no es nueva, aunque nunca estuvo tan marcada como durante la era trumpista. A pesar de que el Presidente intentó “pacificar” los ánimos durante el asalto al Congreso, toda la responsabilidad de lo sucedido recae en su figura. Tras perder los comicios mantuvo una retorica incendiaria, denunciando fraude e instando a sus fanáticos a movilizarse; ello finalmente desembocó en una jornada de violencia inédita en el centro de la democracia del país.

A pesar de los reclamos al aire, el Presidente no pudo mostrar en 65 días una sola prueba del supuesto fraude que se había cometido en su contra. No obstante, en ningún momento reconoció abiertamente la victoria de Joe Biden, ni se comprometió a una transición como manda la Constitución y la tradición política del país. De hecho, ya aclaró que ni siquiera asistirá a la inauguración presidencial de la próxima semana.

Entre los convocantes principales a la marcha en el Capitolio se encontraban los “Proud Boys”; un grupo considerado de extrema derecha, con lazos en el supremacismo blanco y las milicias armadas que operan en el país. Su líder, Enrique Tarrio, había sido detenido el día anterior por cargos menores, apenas llegó a Washington para conducir la manifestación. Descendiente de exiliados cubanos de Little Havana, Miami, niega rotundamente que los “Proud Boys” sean racistas. Asegura que su grupo no tiene nada que ver con el supremacismo, sino que son netamente nacionalistas. Al mismo tiempo, participó en los sucesos de Charlotteville, Virginia, donde defendió la estatua del general confederado Robert Lee, junto a neonazis, supremacistas y miembros del Ku Klux Klan. Hace algunos años abrió una tienda en Miami, donde vende parafernalia, como remeras con la leyenda: “Pinochet no hizo nada malo”. Los “Proud Boys” reciben entrenamiento militar permanente, y entre sus 3.000 miembros se encuentran soldados que participaron en Irak y Afganistán. No es la única milicia de ultraderecha operando en la actualidad, sino que comparte las calles con otros grupos armados, como los “Oath Keepers”, o los “Three Percenters”.

Donald Trump logró fidelizar tanto a sus bases que, a pesar de perder las elecciones, ostenta el récord de ser el presidente en ejercicio con más votos de la historia del país. No le alcanzó para ganarle a Joe Biden, pero llegó a los 74,4 millones de votos. De acuerdo a la mayoría de las encuestas, 8 de cada 10 de sus votantes están seguros de que la elección estuvo amañada y creen en sus denuncias de fraude. Esto demuestra que su núcleo duro está lejos de desaparecer con una derrota electoral. A su vez, deja al Partido Republicano en una disyuntiva compleja: si termina definitivamente el “matrimonio por conveniencia” con el trumpismo para comenzar a retomar sus bases históricas, como pretende el establishment partidario, se arriesga a perder una base de votantes que imposibilitarían cualquier retorno al poder en el futuro cercano. La carrera política del presidente saliente no está terminada, mucho menos la potencia electoral de su movimiento. La canasta de deplorables -o el aluvión zoológico- que llegó a la centralidad de la política estadounidense hace cuatro años no parece tener ninguna intención de volver a ser invisibles.

 
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