Nicaragua: La revolución traicionada

Por Gonzalo Fiore

El próximo 7 de noviembre se llevarán adelante elecciones presidenciales en Nicaragua. En los últimos días, previo al comienzo de la campaña electoral, se produjeron decenas de detenciones de dirigentes y militantes opositores al gobierno de Daniel Ortega, y de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo. De acuerdo con las denuncias de distintos organismos de derechos humanos, en las últimas semanas fueron detenidos de manera arbitraria al menos 13 miembros importantes de la oposición, varios de ellos candidatos presidenciales en los comicios de este año.

Ante las presiones de distintos gobiernos latinoamericanos, pero también de organismos de DDHH y de Washington, los Ortega denuncian injerencia de los EEUU y “un ataque implacable y sin precedentes en contra del pueblo y gobierno de Nicaragua, impulsado por falsas narrativas propugnadas por medios de comunicación de la derecha y figuras de la oposición financiados por la Casa Blanca”.

Lo cierto es que los últimos acontecimientos se suman a una larga historia de hechos cuestionables. Daniel Ortega fue un héroe para la izquierda latinoamericana de los años 70 y 80. Encabezó un proceso revolucionario que derrocó a la brutal dictadura de los Somoza, al mismo tiempo que su épica recordaba a la mística de los primeros tiempos de la revolución cubana. Durante aquellos años, incluso, llevó adelante una importante serie de reformas que tenían como objetivo convertir a Nicaragua en un país más justo, moderno y equitativo. Sin embargo, desde su retorno al poder en 2006 se fue produciendo una deriva no solo autoritaria sino también ideológica; al tiempo que su esposa fue adquiriendo un protagonismo mayor. Ortega comenzó a llamarla el “50% de mi presidencia”, al mismo tiempo que su gobierno se fue transformando en una especie de régimen familiar, similar a los que había combatido en el pasado. Las últimas revueltas populares en el país se produjeron en 2018, con el saldo aproximado de 400 muertos, 300 desaparecidos, y más de 2.000 heridos.

En lo que respecta al manejo de la pandemia de covid-19, Managua no ha sido un modelo. A diferencia del resto de América Latina, no hay muchos datos confiables debido al hermetismo y la falta de testeos. En marzo del año pasado, cuando ya era claro que la única forma de contener el avance de los contagios era con cuarentenas o cierres estrictos, los Ortega encabezaron una celebración evangélica multitudinaria en la capital del país para “ahuyentar el covid” y buscar la “protección de Dios”. Esto fue duramente criticado por los organismos sanitarios. Ortega se convirtió, especialmente tras su vuelta al gobierno, en un ferviente militante evangelista. En paralelo, el sector más conservador de las iglesias evangélicas acrecentó su influencia sobre el gobierno. En un país que tradicionalmente había sido de mayoría católica, hoy las cifras reflejan una paridad. De acuerdo con el último censo del año 2018, el 45% de los nicaragüenses se identifica con el catolicismo, y el 40% con otros credos cristianos, como el evangelismo o el protestantismo.

La Organización de Estados Americanos (OEA) “condenó” las violaciones a los DDHH en Nicaragua. La votación no estuvo exenta de polémica, ya que tanto México como Argentina se abstuvieron. Ambos Estados fueron coherentes con su larga historia diplomática de no intervención en los asuntos internos de otros; en la misma línea estuvieron Belice, Dominica y Honduras, mientras que, por supuesto, Managua se manifestó en contra, acompañada por Bolivia y San Vicente y las Granadinas. La presión diplomática de Washington dio resultado, el mismo secretario de Estado de la Administración Biden, Anthony Blinken, se expresó favorable a sancionar a Nicaragua. Con 26 votos a favor, la Casa Blanca volvió a demostrar su fuerte influencia en América Latina, a pesar de que sus “pedidos” no siempre dan resultados en los foros diplomáticos.

La policía del país, dirigida por Francisco Díaz, consuegro de Ortega, arrestó el fin de semana a cinco reconocidos sandinistas, entre ellos los ex guerrilleros Hugo Torres y Dora María Téllez. A su vez, también se encuentra detenida la principal candidata opositora, Cristiana Chamorro, hija de Violeta (quien ya derrotó a Ortega a finales de los 80 y gobernó entre 1990 y 1997).

Inclusive figuras legendarias como el sacerdote Ernesto Cardenal, ministro de Cultura del primer gobierno sandinista, poeta y hombre de la revolución desde su mismo origen, tuvo persecuciones acérrimas por parte de los Ortega antes de su muerte, en 2019. Cardenal acusaba al gobierno de llamarse sandinista sin serlo, al mismo tiempo que pedía la destitución inmediata del presidente. Muchos otros exguerrilleros o militantes políticos del sandinismo original hablan de los Ortega como quienes han traicionado a la revolución.

Lejos parecen haber quedado los días donde Silvio Rodríguez cantaba aquello de que por Nicaragua caminaban el espectro de Sandino, con Bolívar y el Che. Los sueños de la última gran revuelta latinoamericana al estilo de cómo se daban todavía en el siglo XX se encuentran, si no enterrados, bastante escondidos. La revolución sandinista que tanta admiración despertó en las fuerzas progresistas de la América Latina de los 80 ha sido traicionada por sus principales dirigentes.

 
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