Suma cero para una ex potencia hegemónica

Por Gonzalo Fiore

Estados Unidos se retiró de Afganistán, finalmente, el pasado martes. Sin embargo, luego de los atentados en el aeropuerto de Kabul, donde fueron asesinadas más de 170 personas (entre ella 13 militares estadounidenses) Washington decidió responder el domingo atacando a miembros del ISIS (Daesh, o Estado Islámico-EI). Inmediatamente, Biden, claramente afectado, prometió: “los perseguiremos y haremos que paguen por esto”. Pero el Talibán recuperó el control del aeropuerto y estableció controles aún más estrictos. Se manejaron con una lista otorgada por los mismos EEUU: quien estaba allí, pasaba, quien no se encontraba, no podía seguir su camino. De acuerdo con Washington, tanto EEUU como el resto de los países de la OTAN que ocuparon durante 20 años el país evacuaron desde mediados de agosto cerca de 120.000 personas, afganos y extranjeros. Paradójicamente, hoy, para occidente el talibán parece una figura bastante más sensata para negociar, especialmente si se los compara con los miembros del ISIS.

Los autores del atentado son una filial afgana del ISIS, denominada ISIS-K. Son enemigos del talibán desde su formación, y han sido responsables de los hechos más sangrientos sucedidos en los últimos años. La condición que pusieron tanto Rusia como China, cuando se reunieron a finales de julio con representantes del talibán, fue que éstos aseguren la estabilidad en el país y mantengan a raya el accionar del ISIS. Por eso, este tipo de hechos golpean fuertemente no solo a EEUU y a su retirada desordenada, sino también al talibán, que ve mermada su autoridad en un contexto de caos e imprevisibilidad.

El ISIS-K es diferente no solo del talibán, sino también a Al Qaeda. A pesar de que se trata de otro grupo extremista que interpreta de manera radicalizada el islam, pelea con el Talibán por el control del territorio. Además, se oponen a cualquier tipo de diálogo o colaboración con EEUU, incluso el retiro de tropas o personal diplomático.

Para las potencias extranjeras, el ISIS-K reviste una mayor peligrosidad y genera muchas más inquietudes que el talibán, ya que, a diferencia de estos últimos, no reconocen las fronteras tradicionales del Estado, sino que pretenden llevar el yihadismo a nivel global. Para los miembros del ISIS-K, los talibán son “apostatas” que abandonaron los principios más importantes del islam. Similar a su filial más famosa, en Siria, la facción afgana del ISIS, además de intentar implementar una interpretación radicalizada de la “sharía” (ley islámica) busca instaurar un nuevo califato, no solo en Afganistán, sino en el resto del mundo.

Se autodenominan Provincia del Estado Islámico de Khorasan, y además de Afganistán tienen presencia fuerte en el vecino Pakistán. Fue creado en enero de 2015, cuando el EI todavía tenía un importante poder en Siria e Irak, previo a su derrota militar. Aunque acusan al talibán de haber “abandonado la yihad”, están conectados con ellos a través de otro grupo: la red Haqqani. Se trata de una facción con vínculos fluidos con el EI pero también con el talibán. De hecho, el líder de esa red, Khalil Haqqani, actualmente se encuentra a cargo de la seguridad en Kabul.

Desde enero de 2020 no se producía un ataque hacia soldados estadounidenses en el país. Trump había llegado a un acuerdo con los talibán que incluía cesar los enfrentamientos contra las tropas norteamericanas. Además de los 13 militares muertos en los ataques, fueron heridos 18 más. Dice Biden: “continuaremos persiguiendo a cualquier persona involucrada en ese atroz ataque y se lo haremos pagar. Responderemos siempre que alguien trate de dañar a EEUU o de atacar a nuestras tropas. Eso es algo que nunca debe estar en duda”. El presidente intenta reforzar su autoridad en un contexto donde esta se encuentra debilitada debido a los hechos de las últimas semanas. Por ello, es de esperar que en los próximos días se produzcan más ataques con drones contra miembros del ISIS-K, probablemente, incluso, con el apoyo, o, cuanto menos, la anuencia de los talibán.

Cada vez que EEUU ataca al ISIS fortalece al talibán, y cuando ataca al talibán fortalece al ISIS. Para Washington, desde donde se lo mire, es un juego peligroso, con poco para ganar y mucho para perder. Los talibán pasaron de enemigos acérrimos a aliados para combatir al ISIS.

Moscú y Beijing también están interesados en evitar cualquier avance del ISIS, para asegurar la estabilidad no solo del país sino de toda la región. El panorama para las potencias parece estar claro: con los talibán se puede negociar, pero con los miembros del ISIS no hay conversación posible.

La postura de la Administración Biden es retirarse y evitar mayores daños futuros para su país, pero los hechos de los últimos días dañaron aún más la estrategia de salida de las fuerzas estadounidenses, haciendo más difícil defenderla para el Presidente. Para EEUU parece un juego de suma cero: haga lo que haga en Afganistán, pierde.

 
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