Las mañanas en la redacción transcurren entre mujeres periodistas —algunas con más experiencia, otras con menos— pero el currículum importa poco cuando la cablera arroja la palabra femicidio. Quienes tienen formación en perspectiva de género pueden nombrar rápidamente9el problema: el morbo que se prioriza, la falta de cuidado hacia las víctimas, la culpabilización implícita. Pero incluso entre compañeras sin tanta bibliografía feminista, la incomodidad aparece igual. Algo en el cuerpo nos avisa: esto está mal. La comunicación de cada nuevo caso está profundamente mal.
No había transcurrido la primera semana de 2026 cuando Córdoba ya registraba dos femicidios. El 27 de diciembre, dos mujeres fueron atacadas e incendiadas frente a su vivienda en barrio San Jorge. Dos varones adultos golpearon la puerta y perpetraron el ataque. Días después, una de ellas falleció como consecuencia de las graves quemaduras sufridas.
Durante la mañana del jueves 1 de enero, Delfina Aimino, de 22 años, fue encontrada sin vida en un camino rural a metros del campus de la Universidad Nacional de Villa María. El cuerpo fue hallado por un vecino y reconocido posteriormente mediante huellas dactilares. El agresor fue detenido y la fiscalía calificó el hecho como femicidio.
🔴Argentina.Reporte Femicidios 2025.
Se perpetraron 266 asesinatos por odio de género, 11 más que en 2024.
‼️Es urgente declarar la Emergencia Nacional en Violencia de Género, para la restitución y multiplicación de medidas efectivas para proteger a las víctimas… pic.twitter.com/KCFqTX8Vte— MuMaLá (@MuMaLaNacional) January 2, 2026
Coberturas de 2026: sin cuidado ni resguardo
Los primeros casos de femicidio informados en 2026 confirmaron la persistencia de estas malas prácticas. En las coberturas iniciales, numerosos medios expusieron datos personales innecesarios, reconstruyeron recorridos, vínculos y decisiones íntimas de las víctimas y utilizaron titulares que desplazaron el foco hacia sus conductas, sin resguardar su identidad ni la de sus familias.
En lugar de priorizar el cuidado, la contextualización y la responsabilidad social de la información, se volvió a narrar la violencia desde el detalle morboso y la lógica policial, reproduciendo estereotipos que refuerzan la culpabilización y revictimizan incluso después de la muerte. Así, lejos de contribuir a la prevención, la comunicación volvió a convertirse en una forma más de violencia simbólica.
El 2025 terminó, pero la violencia de género continúa. Ese año se registraron 266 femicidios —uno cada 33 horas— y 997 intentos. Como consecuencia, 184 niños, niñas y adolescentes quedaron sin madres. El 52% de los femicidios fue cometido por parejas o exparejas y la edad promedio de las víctimas fue de 39 años.
La cifra más escalofriante es otra: el 15% de las mujeres asesinadas había denunciado previamente a su agresor. De ese grupo, el 51% contaba con una orden de restricción perimetral y apenas el 17% tenía botón antipánico. Según el Observatorio Mumalá, el 62% de los femicidios ocurrió en la vivienda de la víctima o en la compartida con el agresor. La casa, el lugar socialmente asociado a la protección, se consolida como el espacio más peligroso.
Mientras tanto, el Estado se retira. El presupuesto del programa Acompañar se redujo un 90% y la Línea 144 sufrió un recorte del 64% respecto a 2023. “Lo único que ha descendido es la respuesta estatal ante la violencia de género”, afirma Betiana Cabrera Fasolis, directora del Observatorio Mumalá, quien insta a “declarar la emergencia nacional en violencia de género para implementar políticas que garanticen la protección y la prevención”.
En este contexto de desfinanciamiento y crisis, los medios de comunicación enfrentan una responsabilidad ineludible. Sin embargo, lejos de informar con perspectiva de género, muchos continúan reproduciendo lógicas que revictimizan y normalizan la violencia.
El paradigma culpabilizador: la falacia del “algo habrá hecho”
¿Cómo se construye la culpabilización mediática de las víctimas? La abogada Romina Scocozza, coordinadora de la Unidad Central de Políticas de Género de la Universidad Nacional de Córdoba, responde en una entrevista con este medio: «Una de las principales deudas de la comunicación actual es la persistencia del paradigma culpabilizador. Se trata de una operación psicológica, individual y colectiva, que busca depositar la responsabilidad del daño en quien lo sufrió«.
«Es la falacia de creer que, de haber estado en ese lugar, hubiéramos hecho algo diferente», explica. Este mecanismo construye una falsa sensación de seguridad: «si yo tengo otros valores o me comporto distinto, a mí no me pasaría». Sin embargo, este relato oculta la desigualdad estructural y desconoce que, en contextos de vulnerabilidad, el margen de elección es casi inexistente.
Los medios refuerzan este binarismo moral al evaluar si se trata de una «buena víctima» —sumisa, inocente— o una «mala víctima» —autónoma, con una vida considerada «reprobable»—. En algunos casos se angeliza a quienes encajan en el mandato social; en otros, se utilizan hábitos, vínculos o decisiones personales para justificar implícitamente el crimen. En todos, el foco se desvía del único responsable: el agresor.
El análisis de la cobertura mediática lo confirma: en el 22% de las notas sobre femicidios en el 2020 se esbozan justificaciones vinculadas al consumo de alcohol, drogas o padecimientos mentales del agresor, promoviendo imaginarios distorsivos que buscan explicar lo inexplicable.

Mercantilización del dolor y pedagogía de la crueldad
La cobertura actual está atravesada por una disputa feroz por la atención en un mercado de nichos. En la carrera por el clic, el morbo y la espectacularización se convierten en herramientas de venta. Scocozza advierte que brindar detalles escabrosos e innecesarios no aporta información relevante, sino que constituye una mercantilización del dolor.
Siguiendo a la antropóloga Rita Segato, la especialista señala que este tipo de abordajes produce una “pedagogía de la crueldad”: al exponer el cuerpo de las mujeres como territorio de dominio, se enseña la ausencia de empatía y se normaliza la violencia. Además, este nivel de detalle puede generar un efecto contagio, como ocurrió tras la cobertura del caso Wanda Taddei.
El análisis de la prensa gráfica digital revela patrones preocupantes. El 66% de las notas sobre femicidios se publican en la sección “Policiales”, tratándolos como hechos aislados y no como una problemática estructural de género.
La dependencia de fuentes oficiales profundiza el problema: el 44% de las fuentes son policiales y el 20% judiciales. Estas voces suelen priorizar relatos que apelan a las “emociones” del agresor, reproduciendo sesgos del sistema judicial y policial. El resultado es una cobertura descontextualizada, reducida a un parte policial.
Datos del «Informe Final sobre tratamiento de las violencias en la gráfica digital argentina», un estudio técnico que analizó la cobertura mediática de las víctimas mortales por razones de género en la provincia de Buenos Aires durante el primer semestre de 2020.
En Córdoba, el panorama no difiere del nacional. Predomina la información fragmentada, orientada a provocar indignación inmediata antes que reflexión crítica. Scocozza advierte sobre la trampa del zócalo.
“De nada sirve poner un zócalo con la Línea 144 si después se habla de un triple crimen narco sin nombrarlo como lo que es: un femicidio en un contexto de narcotráfico y retiro estatal”, señala.
Formación individual versus línea editorial
¿Puede una periodista con formación en género resistir la lógica de su medio? Para Scocozza, la precarización laboral y la incertidumbre contractual lo dificultan. “Es muy difícil que prevalezca el criterio individual si la línea editorial no lo sostiene”, explica.
El caso de la entrevista de Pedro Rosemblat a Gustavo Cordera expuso esta tensión: un medio autodefinido como progresista otorgó espacio sin cuestionamientos a un «cancelado» por apología de la violación. “Las voces de mujeres capacitadas fueron silenciadas”, afirma.
La Universidad como faro de esperanza
En este escenario de crisis, la Universidad Nacional de Córdoba aparece como un espacio de resistencia. Las áreas de género están presentes en todas sus unidades académicas. Desde allí se trabaja para que el acto informativo recupere su dimensión pedagógica.
“Es allí donde encontramos un faro de esperanza”, subraya Scocozza.
Informar con perspectiva de género en 2026 no debería ser una postura ideológica, sino un compromiso ético básico. Es necesario entrenar la mirada y la sensibilidad para reconocer las desigualdades estructurales.
Dos femicidios en una semana. 266 en un año. Los números hablan, pero gran parte del sistema mediático aún informa como en el siglo pasado. La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo?
Si sos víctima de violencia de género o conocés a alguien que lo esté, podés comunicarte de manera gratuita las 24 horas a la Línea 144 o al 0800-888-9898.









