De desplazados y otras vergüenzas

Pueblos originarios | Por Silvia Barei

En una sala de Buenos Aires, el artista Daniel Acosta realizó hace unos años una instalación integrada por más de 500 barquitos de papel. Iguales a esos que hacíamos cuando éramos chicos y poníamos en la calle para que se los llevara la pequeña corriente que dejaba la lluvia. Esos que parecían fáciles de armar, pero a mí nunca me salieron y apenas los dejaba en el agua se tumbaban y naufragaban. Acosta define su arte como una acción en defensa del medio ambiente, pero es posible leerlo como una metáfora de las travesías de los hombres a lo largo de la historia: la condición de humanidad nace como una larga migración desde África hace unos 200.000 años.

También la instalación puede entenderse como una denuncia de los miles de náufragos de todos los tiempos y en todas las circunstancias: aventureros, hombres y mujeres esclavizados, migrantes, fugitivos que se lanzan al mar desesperados. Y África es una cantera inagotable de gente perseguida, esclavizada, conquistada y expulsada. En Martinica, en la cosa Atlántica, en Anse Cafard, hay un bello monumento a los africanos esclavizados que transportaban en barcos negreros, como se llamaban por entonces a este transporte y a sus viles comerciantes. En esa embarcación venían unos 200 esclavos, y si bien el naufragio se produjo muy cerca de la costa, pocos pudieron escapar, porque estaban encadenados. El monumento es un memorial que no permite a la bella isla a la que André Bretón llamó “encantadora de serpientes”, olvidar la infamia.

Leo: “Las cubiertas fueron arrancadas, junto con las boyas. Algunas personas se aferraron a las tablas de madera. Muchos murieron, niños, mujeres, hombres”. Hablan Ousmane y Mamadou, hermanos y sobrevivientes de hace unos días en un naufragio en el Mediterráneo. Los nombres africanos, la situación, la precariedad del viaje me confunden los tiempos. ¿Son los esclavos que se salvaron en las costas de Martinica en 1830, o son los nuevos migrantes lanzados al cruce hacia Europa, en una barca frágil como los papelitos de papel de Daniel Acosta?

En aguas internacionales, los desplazados son rescatados en alta mar gracias al trabajo de ONGs. En barcos humanitarios son llevados hasta países cuyos puertos están cerrados para los migrantes, son cientos los que mueren ahogados. “Desde hace mucho tiempo hemos visto regresar los cadáveres, pero esta vez es en masa", narra Mongi Slim, presidente de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), refiriéndose a la gran tumba en que se ha convertido el Mediterráneo. Para recordárnoslo está la foto del niño sirio Aylan Kurdi, ahogado en las orillas de ese mar en 2015.  

En nuestra tierra, el Preámbulo de la Constitución de 1853 abre sus puertas “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, pero ese llamado no debe leerse como una apertura de brazos a una confraternidad internacional, sino como un proyecto político que contribuyó a configurar la nueva Argentina. Eran migrantes que “debían poblar el desierto y terminar con la barbarie gaucha”, dice Gladys Onega. Es sabido que con la barbarie aborigen ya habían terminado las campañas del desierto, conflicto que los nuevos pobladores no podían entender, porque eran ellos los que venían de la explotación y la miseria y nunca habían sido los antiguos dueños de tierra alguna. Las nuevas fronteras aparecen como el símbolo material más extremo de la necesidad de protección de los derechos privados: la propiedad de la tierra y los ganados. Acá no hay mar que cruzar, sino una “pampa que marea como un mar”, como dice el poema de Baldomero Fernández Moreno. La pobreza y el exterminio se completó con el desplazamiento de naciones indígenas enteras, como los Quilmes, derrotados en 1666 por los españoles tras una larga resistencia y trasladados de manera forzada hacia Buenos Aires, obligados a vivir en un territorio lejano y a trabajar para los dominadores. Es fácil identificar ocupación de tierras, economía y barbarie política.

Perla Suez, en un ejercicio de reconstrucción histórica aborda en su premiada novela “El país del diablo” la historia de un grupo de soldados convertidos en nómades, porque se pierden en el desierto argentino, tema discordante con el de la triunfante campaña narrada por el poder. Errancia, desamparo y la lucha de la sociedad contra la naturaleza y contra sí misma, la total irracionalidad del proceso que evoca la novela se sintetiza en la muerte de los invasores y la venganza de una “machi”.

El 16 de noviembre de 2020 (sí, ahora, siglo XXI y plena pandemia) los wichis emprendieron una larga marcha hacia la ciudad de Salta, bajo la consigna: “Olhamelh ta ohape’én wichi olhaitatwek wet oyhiken, ot’úke onayhij ta is alho’o”: “Nosotros, los wichí, nos unimos todos y nos vamos caminando en busca de nuestros caminos y derechos”. La Unión Autónoma de Comunidades Originarias del Pilcomayo, presidida por Abel Lutsej Mendoza (primer político indígena wichí), fue creada en la pandemia, en su primer plenario aprobó un petitorio de temas urgentes ; la caminata -sin precedentes e histórica- reunió  a los pueblos wichí, chorote, chulupí, tapiete, qom, guaraní, chané, kolla y diaguita, convocados por los  caciques y anunciado en su propio idioma en las redes sociales: “La pandemia dejó al descubierto la ausencia de recursos sanitarios, la desnutrición, la mortalidad infantil, la falta de agua y de asistencia médica intercultural, el saqueo de nuestro territorio, la quema intencional y la tala del monte nativo sin control, la contaminación de los ríos que afecta nuestra soberanía alimentaria, la falta de educación intercultural de calidad, la violencia de la fuerza de seguridad, la precariedad jurídica y la ausencia de diálogo político”, afirman.

En un artículo publicado por la revista de la Universidad Nacional de Córdoba, la antropóloga Mariana Espinosa hace un informe sobre el desamparo en que viven los pueblos originarios en pandemia: “Los desmontes se hacen no solo sobre ‘propiedades privadas’, sino también en tierras estatales o comunales. La liberación de restricciones para el desmonte está acelerando los desalojos. Todos los días hay noticias de amenazas, desalojos, encarcelamientos. Algunos ejemplos: el 23 de julio, sin orden judicial, cien efectivos de la policía de Orán desalojaron a 90 familias de la comunidad guaraní Cheru Tumpa ubicada en Colonia Santa Rosa. En Tartagal, el 21 de octubre, a las 5 de la madrugada, la comunidad wichí Yokwespehen fue violentamente desalojada por la Policía de Salta, que, montada a caballo, llegó con una notificación firmada por el juez Aramayo y a pedido del supuesto propietario Jorge Panayotidis. Desde entonces, 15 familias con 40 niños y niñas están viviendo a la intemperie a la orilla de la Ruta Nacional 86. No existe justicia social sin justicia ambiental y viceversa. Hace décadas que las comunidades originarias ven atacada la soberana y libre reproducción de sus culturas debido a la expropiación de la naturaleza sobre la cual se funda su cosmovisión, donde se hunden sus raíces, donde yacen sus cementerios”, denuncia Espinosa.

El Presidente de la Nación ha dicho reiteradamente: “voy a ocuparme de los que menos tienen”. Pues hay que recordarle que estos pueblos tienen menos aún que los que menos tienen, y viven desde hace siglos con promesas incumplidas, convertidos en “sombra errante de la selva”. Y lo de errante no es simplemente una metáfora agraciada de una canción.

 
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