La aguja, y el ojo

Por Pedro D. Allende

Los estudiosos de la Biblia señalan que Jesús, al utilizar el recurso del ojo de la aguja para identificar a huéspedes probables del Reino de los Cielos, apeló a una metáfora aprehensible por popular. Aún debatiendo (nada menos que con Unamuno, entre otros) si el Nazareno hablaba de camellos (opinión mayoritaria), o de gruesas cuerdas para atar barcos, cierto es que la alegoría a un espacio enmarcado es inequívoca. Definiendo dialécticamente la permisión y la restricción. La posibilidad y la imposibilidad. Siglos después, el Corán vuelve sobre la cuestión, señalando los márgenes del preciso instrumento (poco perceptibles a la vista humana) para descartar a los arrogantes y descreídos. Jesús había hecho su advertencia enfocándose en los ricos (particularmente los extraviados por la abundancia). En ambos casos se explicita un fenómeno humano similar, que combina a los recursos y al poder.

La aguja siguió protagonizando capítulos. La más antigua conocida podría haber cumplido la friolera de 61.000 años. Entre sus múltiples usos, las mismas Escrituras nos advierten a través del médico Lucas, sobre uno muy valioso: aliviar o prolongar la vida humana. Su continuo perfeccionamiento desarrollará la variante hipodérmica, que en su versión convencional empieza a utilizarse a mediados del siglo XIX, y que no tardará en unirse a otro avance fenomenal que los estudiosos ubican en el mismo siglo: productos biológicos que, aplicados al cuerpo humano, generan una inmunidad puntual (antígenos) y colectiva (grupal o “de rebaño”). Las gravísimas epidemias que acompañaron a las transformaciones sociales y políticas de los últimos siglos motivan a la ciencia y a la industria a encontrar respuestas efectivas. Los gobiernos determinarán las políticas, las regulaciones y las escalas. Las campañas de vacunación públicas (que comienzan a generalizarse en el siglo XX) harán el resto.

Conocemos vacunas enteras o incompletas, atenuadas o inactivadas, víricas o bacterianas. Las hay aplicadas de manera oral o por parches. Pero la predominante inyección (que también ha evolucionado) torna imprescindible al pinchazo subcutáneo o intramuscular. Y no debemos olvidar: no hay aguja sin ojo.

Regreso con vergüenza

Al proveer el “bien público” de vacunación general, y frente a escenarios como el actual, los Estados modernos construyen el marco institucional y jurídico -en este caso, de emergencia-, dictando los reglamentos y conformando estructuras específicas para ejecutar, controlar y evaluar. Dadas las limitaciones en cuanto a la disponibilidad de medicamentos, y al escaso conocimiento sobre el comportamiento de la pandemia en curso, el suministro debe ser administrado con el máximo nivel de ética y profesionalismo.

Con Alberto Fernández se produjo el retorno al ministerio de Salud de Ginés González García. Parecía la persona indicada, en el momento preciso. Ocupó idéntica función con los presidentes Duhalde y Kirchner (también ejerció la titularidad de Salud en la Provincia de Buenos Aires, en la gestión de Cafiero). Recorrió el país, siempre en su metier. Algún memorioso lo recuerda haciendo aportes a la Convención Constituyente cordobesa de 1987, con auspicio de la Federación Médica. Realizó actividad diplomática y puso en marcha la Fundación (luego Universidad) I-Salud, que proveyó de cuadros importantes a diversas gestiones sanitarias.

Sin embargo, González García pasó de esperanza a fiasco y vergüenza. Minimizó inicialmente a la circulación global del Covid-19. Se mostró vacilante en sus decisiones, contradicho por su propio equipo (donde cobró una creciente autonomía la hoy ministra Carla Vizzotti), desautorizado por el Presidente en diversas oportunidades, no sólo en el terreno de las declaraciones sino en cuestiones de orden institucional. Llega su canto de cisne en una jornada destinada a iluminar una fuerte apuesta de Fernández por el diálogo político (el lanzamiento del Consejo Económico y Social), que pasó desapercibido ante los ribetes del escándalo desatado tras mencionar Horacio Verbistky, en su columna radial, que el amigo ministro le había garantizado la aplicación de la Sputnik V en la mismísima sede de la cartera; por fuera de los criterios médicos y orden de prelación establecido por las normas de orden público que el mismo González firmó, y cuyo cumplimiento debía controlar.

Podría decirse que Ginés González llegó al ministerio confiado, “bajando” a una función ya transitada como un “servicio al país”. Se ocupó de algunos temas prioritarios hasta que detonó la pandemia que él subestimó. Enfocado en el filamento, perdió de vista al ojo. Despreció los contornos. Con sus “gentilezas” recientemente conocidas, benefició a relaciones estrictamente personales. Acto reñido con la idea misma de República, inexcusable en el funcionario público encargado de administrar al que probablemente sea el bien más preciado para el ser humano en estos tiempos: la vacuna para inmunizarse del fatídico Covid-19.

¿Hasta dónde llegará el incidente? ¿Se profundizará la investigación judicial? ¿Alcanzará a funcionarios y vacunados? ¿Seguirá en las provincias y municipios donde, se sabe, han ocurrido episodios similares? En tanto, el cambio de ministro ratifica la confianza de Fernández en la doctora Vizzotti, una especialista en inmunización, que tendrá que restablecer la credibilidad en el sistema, erosionada a partir del escándalo. Algunos, en Córdoba, mencionan que podría aprovecharse la volteada para concretar indispensables recambios en el desgastado equipo sanitario local. Donde cobra sentido observar con detenimiento, por un sinnúmero de cuestiones que exceden (pero que tal vez incluyan) a un eventual racimo de vacunados de favor, la parábola de la aguja y su ojo.

 
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