'Les invisibles' son personas

Por José María Las Heras

Amodorrado en un sillón en la tarde del domingo bajo el crepúsculo del otoño, veo en Netflix la película francesa “Les invisibles”. Un grupo de trabajadoras sociales, en un centro de acogida parisino, procuran reinsertar al mundo laboral a mujeres sin hogar. En “situación de calle”, decimos eufemísticamente en Argentina. El film, de excelsa estética, no cae en golpes bajos, ni en una crítica discursiva sobre la moralidad del sistema neoliberal que excluye a un colectivo de mujeres expulsándolas del trabajo. Una muestra de la impudicia, de cómo millones de personas se convierten en material de descarte. “Les invisibles” denuncia la condición dramática que viven cada una de ellas, aunque la sonrisa está a flor de piel del espectador en todo su desarrollo. No hay gags ni situaciones grotescas, sino efluvios esperanzadores que todavía emanan en los rostros de las mujeres sufrientes de “Les Invisibles”.

Aunque no están solas: cuatro trabajadoras sociales se esfuerzan para devolverles la dignidad, desde una comida caliente hasta condiciones de higiene mínimas. Pero, fundamentalmente integrarlas al sistema productivo. Las mujeres desahuciadas son interpretadas por personajes reales de la calle. A todas ellas se les preserva el anonimato apodándose bajo el amparo de nombres de famosas. Una de ellas dice llamarse Brigitte Macron, una segunda Edith Piaf, y otras no temen nombrarse la Cicciolina o Lady Di.

Las trabajadoras sociales deben enfrentarse con los límites del presupuesto público, la incomprensión de funcionarios burócratas, y el desprecio de las familias de origen. Los resultados no son halagüeños: “solo el 4% de las acogidas se reinsertan”. Pero las trabajadoras sociales, que además conviven con sus problemas familiares, deciden enfrentarse a las dificultades con dos herramientas potentísimas: mucho amor y gran creatividad. Internalizar en cada mujer “su” proyecto de vida, es la consigna convocante.

“Les invisibles” preserva un tono nostálgico, que recuerda otra película de excluidos: “The Full Monty”, que trascurría en Sheffield (Inglaterra), conocida como la “Ciudad del Acero”: a fines de los 70 aumenta el desempleo, consecuencia de las políticas ortodoxas de Margaret Thatcher, al disponer el cierre de siderúrgicas locales. Se intenta capacitar a hombres, acostumbrados a labores fabriles rudas, a que aprendan computación. Pero su fastidio es mayúsculo al comprobar que los limitados puestos de trabajo son ocupados por jóvenes más aptos para las nuevas tecnologías digitales. Acosados por la miseria, deciden reinventarse mediante una iniciativa insólita: montar una banda musical bailando desnudos, con bizarro desprejuicio en un entorno machista.

Claro está que las salidas exitosas de los hombres “The Full Monty”, como las de las mujeres de “Les invisibles”, son pequeñas gotas en el océano de la exclusión social. En la realidad no todos los desocupados logran “zafar2 armando un espectáculo de clowns desfachatados, ni todas las mujeres de la calle se encuentran apalancadas por trabajadoras sociales que decidamente recuperan la personalidad perdida de cada una de ellas.

Como una golondrina no hace verano, el éxito del emprendedurismo, tal cual promete el neoliberalismo, no llega para todos. El problema es estructural, amenazado por el aumento de la productividad por las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial.

El mundo pretende ensayar nuevas herramientas para garantizar ingresos sostenibles para todos, como horarios reducidos de labor y la asignación de una renta universal básica. Financiar tamaño gasto social –como aconsejan ahora los propios organismos financieros globales– sería reforzado con impuestos a la riqueza, tributos a transacciones internacionales de grupos económicos concentrados y gabelas a inmuebles desocupados. Bill Gates sugiere un impuesto a los robots, que desplazan mano de obra humana en las empresas.

La economía solidaria del cuidado es una respuesta al desborde de una cultura especulativa en la cual el hombre es un recurso descartable. Dice el papa Francisco: “la gravedad de la situación actual exige una responsable toma de conciencia de todos los actores sociales. O están involucrados o la historia los aventajará. Administrar, cuidar y mejorar nuestra casa común reclama cambios en los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, en las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad. Aprendamos a dar el paso a modelos económicos que nos beneficiarán a todos, porque el eje estructurante y decisional será determinado por el desarrollo humano integral”.
Que no se invisibilicen sus palabras.

 

Profesor Consulto de la UNC

 
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