Semiótica de la amistad

Por Pancho Marchiaro

La ciencia se desconcierta a la hora de abordar la amistad. No hay un criterio único para la gran diversidad de investigaciones que intentan explicar por qué y cómo nos hemos hecho amigos de esos tipos que están ahí, sentados en el living. Juntos hemos compartido llanto, trompadones y erotismo. Café y la única posibilidad de viajar a la infancia por un rato. Lo vivimos, pero, aparentemente, esos sentimientos tienen una mecánica: ensayemos una explicación posible de ella.

Anatomía académica del afecto

En la Universidad de Los Ángeles se ha concluido que tenemos “similares patrones de respuesta neuronales” con las personas que hemos elegido para la vida. Al mismo tiempo, en la de Pensilvania, sus científicos consideran que hacemos puntuaciones de las personas, por consiguiente, también nos sentimos clasificados. Eso confluye en la “hipótesis de la alianza para la amistad humana” que propone una simpatía en términos de conveniencia.

En los centros de estudios sociales de Oxford, por su parte, se ha determinado que tener una red social grande es muy sano: soltamos endorfinas como el caño de escape de un colectivo en la subida del Cerro, y por eso mejoramos hasta nuestra tolerancia al dolor.

La regulación neuroquímica del cariño también fue investigada en los laboratorios de la Universidad de Dartmouth; allí concluyeron que elegimos de forma bastante endogámica porque somos homófilos y empatizamos con personas parecidas en edad, rasgos étnicos u otros aspectos demográficos. Bastante ortivas y poco diversos, digamos.

Los de Yale dedujeron que compartimos las mismas lecturas olfativas, pero somos opuestos en los sistemas inmunológicos: un buen criterio para la supervivencia de la especie.

Por otro lado, hay una abultada bibliografía donde la amistad es complementaria: nos vinculamos con personas diferentes y sus cualidades, distintas a las propias, nos atraen. Si avanzamos sobre la “teoría de la atracción”, caemos en aquel ridículo debate sobre la imposibilidad de que un hombre y una mujer sean amigos (al menos, antes del sexo) y, quienes ya nos mudamos al siglo XXI -muy confundidos- nos preguntamos sobre esa intimidad y queremos saber: ¿existe la amistad entre una persona gay y otra cisgénero? ¿los queer pueden ser amigos de un gay? ¿un trans y una bisexual pueden tomar café? ¿y como hacen los anongénero, esas personas que no se han definido?

Desde un criterio científico social podemos modelar una definición desde el cariño, y emprender una investigación propia con referentes claves: nuestros amigos cercanos. Le pregunto a Nacho, y me deja una cita de Atahualpa “un amigo es uno mismo en otro cuero”. Sebastián está seguro que tiene que ver con el vino; y Mariana dice que juntos construimos una ficción imprescindible para seguir vivos. Gabriela lo entiende en términos fraternos; y Juan Cruz, de complicidad. Ricardo es positivo, y piensa en un espejo a través del cual podemos proyectar un mundo mejor.

Cuando se lo pregunté a Matías, se inclinó como un corredor de 400 metros llanos y largó preocupado por la devaluación: “se lo endilgamos a quien nos corta 200 gramos de queso cremoso.

Pero es un error decirle amigo -insiste-, deberíamos desenfundar con más cuidado, porque durante la vida tenemos muchas soledades compartidas y compañías de cotillón, pero solo la amistad diferencia a un fantasma del alma verdadera”.

Madre, hijo, amigo

Como las otras palabras guardadas en el relicario vital, la amistad, es un sustantivo totémico que complementa la familiaridad -allí donde descansamos protegidos- para mantenernos despiertos.

Queremos recostarnos en el abrazo a nuestra madre y transitar la noche en vela con nuestros camaradas y cómplices. Además de la ternura familiar, un amigo añejado adecuadamente en barricas de noche será siempre una invitación a prácticas cada vez más alejadas de la corrección.

Tal vez por eso Hernán Casciari no cree que se puedan tener vínculos verdaderos después de los siete años, porque las anécdotas que constituyen ese prontuario común deben retrotraerse a tiempos memorables.

Menos frondoso, propongo que un amigo es el que espera en la parada del bondi habiendo robado dos puchos: uno por pera. Creo que es quien te presentará a tu novia y quien -con seguridad- te la robará. Es aquel que puede cruzar todos los peajes del silencio hasta Perú, pero nunca perdonará una costilla seca. Más detalles: si redefine los umbrales de la paciencia es tu amiga, y si te abraza un segundo más de lo adecuado, estás en el lugar correcto.

Si su ropa interior no te da risa, mejor andate, porque la intimidad es clave. El que te quiere tiene que haber estado bien cerca en la sala velatoria, y allá lejos, asintiendo con la cabeza, cuando estuviste en el podio.

A un amigo le metés una llamada internacional porque viste un meme gracioso, y lo buscás en la bici con los ojos en alto, para mirar hacia abajo cuando se acabó la juntada.

Es la persona que saca la cabeza por la ventanilla, aunque vayamos en la caja de una chata.

Una amiga de verdad te lleva a tu casa, te maneja el auto mientras atardece o amanece, indistintamente, y si no ha cometido delitos con vos, desconfiá, porque no estás seguro.

Perdón

Hay que decirlo: esos muñequitos de las redes sociales no son mis amigos. Son el Uber de las relaciones humanas, porque si no hiciste el ridículo si no bailaste conmigo el ritmo del desenfreno; si no te bancaste mi dolor nivel agujero negro en cafés de varias horas, en preguntas sin respuestas. Sos una versión light, prescindible y edulcorada de nosotros.

Meterse desnudos en el río de la intimidad y emborrachamos de pasado nos indica que somos las únicas personas capaces de hacer lo imposible, de volver a donde jamás debimos ir, quedarnos donde no estábamos y -entre carcajadas inentendibles para los otros- perdonar lo imperdonable.

 
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