La protesta cubana y el embargo estadounidense

Por Carlos Malamud

Tras las movilizaciones del 11 de julio, buena parte de la izquierda latinoamericana, comenzando por el Grupo de Puebla, e incluso el movimiento Black Lives Matter, de EEUU, cerraron filas con el régimen cubano. Para ello, desempolvaron el relato del bloqueo (o embargo) y de la responsabilidad imperialista en la situación de la Isla. Entre las muchas y reseñables cosas que se dijeron, destaca el ex presidente Lula da Silva: “si Cuba no tuviera un bloqueo, podría ser Holanda”.

Estos días se ha debatido intensamente sobre los efectos del bloqueo en la sociedad y la economía cubanas. Por lo general, han sido más ruidosas las posturas extremas, no por azar cada una en las antípodas de la otra. De un lado, los defensores de la Revolución señalan al bloqueo como culpable de todos los males, ya que solo aportó miseria, atraso y sufrimiento. Del otro, sus enemigos acérrimos, como el presidente Jair Bolsonaro, insisten en la gestión de la dictadura, que ha provocado la degradación de una población castigada por la miseria.

Como afirma Carmelo Mesa-Lago: “Creo que esto es un problema político. Si oyes al gobierno cubano, el embargo explica todo. Si oyes a los exiliados cubanos en Miami, lo que explica todo es el comunismo. Ambos no están diciendo toda la verdad. Están ocultando una parte muy importante de la verdad”. En realidad, mucho se ha especulado sobre los efectos del embargo y si combináramos la duda hamletiana con la mítica afirmación de Bill Clinton, podríamos preguntarnos: ¿es o no es el bloqueo, estúpido?

Lo que se suele llamar embargo, o bloqueo, es un desigual conjunto de normas que el gobierno de EEUU ha ido actualizando desde la Administración Kennedy. Posteriormente se las reforzó con la ley Helms–Burton (1996), y las más de 240 medidas implementadas por Donald Trump para provocar la asfixia económica de Cuba. Algunos estudios, como el de la CEPAL, señalan que el costo del bloqueo en sus más de 60 años de aplicación ascendería a casi 148.000 millones de dólares. Esta suma considerable permite a sus detractores centrarse en sus consecuencias. Sin embargo, desde la posición contraria se argumenta que la ayuda soviética y la venezolana han compensado sobradamente las pérdidas.

¿Afectó el embargo a la economía cubana? Claro que sí. ¿Es suficiente para explicar el colapso actual, la profunda insatisfacción ciudadana y los últimos levantamientos sociales? Claro que no. Para comenzar, que el embargo ya dura 60 años y la Ley Helms-Burton 25, y que desde entonces el gobierno cubano tuvo suficiente tiempo para cambiar unas cuantas cosas que, al menos, mitigaran sus efectos más dañinos y calamitosos.

Es obligado mencionar la inacción gubernamental, en la búsqueda de mantener las “conquistas revolucionarias”. Y también los bandazos de la política económica, la falta de voluntad reformista y los reiterados errores de gestión. Los giros iniciales entre plan y mercado e incentivos morales y materiales fueron constantes, y su fracaso no se puede achacar al bloqueo. Tampoco lo ocurrido tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS. Mientras China y Vietnam hicieron las reformas que les permitieron superar el atraso y el subdesarrollo, Fidel lo intentó tímidamente, aunque rápidamente se echó para atrás.

La llegada de Raúl Castro abrió una nueva oportunidad, pero las contradicciones internas y el temor a iniciar una deriva hacia el capitalismo frenaron la mayoría de las iniciativas. Una fue la abolición de la doble moneda, una reforma intentada varias veces y tantas otras postergada por sus potenciales costos económicos (inflación) y sociales (desempleo). Finalmente se eligió el peor momento para implementarla (1 de enero de 2021), en medio de la pandemia y con el turismo colapsado.

Tras el deshielo impulsado por Barack Obama y la reapertura de las relaciones, el gobierno cubano evitó hacer las reformas necesarias y llegar al levantamiento del bloqueo. Es una medida que solo puede aprobar el Congreso de EEUU. Los presidentes, como ya ha ocurrido, pueden aligerar o aumentar la presión, poco más. Y si bien es un camino de doble dirección, en La Habana creían que todos los cambios debían llegar desde Washington, al ser las víctimas de una injusticia atroz.

En junio de 2009, la Asamblea General de la OEA celebrada en Honduras derogó la expulsión de Cuba aprobada en 1962. Entonces, el gobierno de Raúl Castro descartó totalmente su retorno, al considerarla una organización “tenebrosa y entreguista”. En 2015, tras el acuerdo con Obama, Cuba se reafirmó en su posición. Fidel Castro había dicho de forma repetida que la OEA había sido “cómplice de todos los crímenes contra Cuba” y que no pensaban volver a ella, al considerarla un instrumento de dominación de EEUU llamada a desaparecer.

Más allá de la interpretación que haga de la OEA, la plena normalización de las relaciones con EEUU, y con el resto de América Latina, pasan por ella. Como casi siempre el camino elegido fue el de “Patria o muerte”.

El bloqueo, aún en el supuesto de que fuera la causa única de todos los problemas de Cuba, no debería servir para justificar la represión ni las violaciones de los derechos humanos. El respeto de libertades básicas, como las de expresión, reunión y manifestación, no forma parte del código deontológico de las autoridades cubanas. De ahí la importancia de mirar hacia atrás para ver en qué medida, junto al embargo, hay muchos otros motivos que permitan explicar la deteriorada situación de Cuba en la actualidad.

 
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