Experiencias evangélicas

Por José Emilio Ortega

La ficción “El Reino” (Netflix), asomándose a la posibilidad de que la Argentina elija a un presidente de fe evangélica, generó debates diversos, incluso políticos. Un sector de dicho culto rechazó la trama, atacando a su guionista, Claudia Piñeiro. Más allá de sus méritos de producción, ocupó ese espacio porque, salvo noticias decepcionantes, la anómica política argentina no ofrece contenidos de interés.

En lo personal, la serie me llevó a tiempos ya lejanos. Córdoba, 1986. Se terminaba el verano para un manojo de adolescentes, que, frustrados por no haber concretado un paseo nocturno a Villa Carlos Paz -saturación de pasaje, algo común en los fines de semana-, retornaba desganado al centro de la ciudad. El luminoso edificio no llamó la atención de estas almas en pena, solo preocupadas por terminar la noche en las lomiterías cercanas, disfrutando videos de Police o Culture Club, o la infaltable repetición de Rambo II. Pero el saludo de unas simpáticas jovencitas sacó de la modorra a los caminantes. En la Córdoba de entonces, la presencia de la iglesia evangélica era relevante, aunque subterránea. Desde entonces, las visitas al templo se hicieron frecuentes.

Pudimos percibir su dinámica no solo por la importante cantidad de feligreses. Invitados a reforzar la plantilla de la iglesia en un intenso campeonato de fútbol entre congregaciones, contamos más de diez versiones; aunque interpretaciones bíblicas o ritos apenas diferentes, escondían motivaciones insondables entre referentes. Sobresalían parecidos: extracción popular de los fieles, que contribuían al sostenimiento de la iglesia mediante el diezmo, y una renovada convicción religiosa. Se practicaban cuatro reuniones por semana: martes, jueves, sábado y domingo, con un control de presentismo sutil pero riguroso. El culto era largo (dos horas). Mucha música y liturgia enfática, bien dirigida. El templo estaba abierto durante toda la semana y atendido por personal estable.

Existía una jerarquía definida. La figura central de los pastores (varones) abría amplios espacios de la organización a las mujeres; en la actualidad las pastoras son muchas e importantes. La estructura se completaba con piezas ajenas a la vida parroquial, en órdenes que según contaban, tenían terminales en otros países. El observador podía advertir cómo algunas estirpes, de distinta condición social y cultural, gestionaba los asuntos de la iglesia con criterio organizacional, combinando institución y emprendimiento. Una elite en la cual los asuntos del templo se trasladaban a la dinámica familiar, con tensiones de diverso nivel, capaces de afectar elecciones de vida. Era claro que había mucho en juego.

La capacidad de movilización singularizaba los actos religiosos, que también se concretaban fuera del templo. Una estancia al norte de la ciudad, en la zona que hoy denominamos “cinturón ecológico”, fue el escenario de encuentros de fe -incluidas jornadas de bautismos, en un pintoresco arroyo- donde los fieles se contaban por centenares, y sus actitudes provocaban impacto. Las costumbres católicas, más racionales y de creciente laxitud nos llevaban a reaccionar con desconfianza frente a personas que se decían embargadas por la fe. Aprendimos a respetar a quienes sentían la experiencia religiosa de esa manera, como también a distinguir a histriónicos que procuraban satisfacer algún interés más terrenal.

La convivencia entre fieles recogía esas reglas de organización. La elite era núcleo, rodeada por capas, como una cebolla. Las vías para progresar desde la periferia eran varias: el trabajo militante, la participación en actividades de vocación social o la integración de coros o grupos musicales. Ganar la confianza del centro era difícil: encontré parecidos con los duros enclaves que se forman en torno a los líderes políticos. El núcleo no estaba aislado, como un “gran hermano” realizaba un prolijo seguimiento de movimientos y redes.

¿Ficción o realidad?

35 años han pasado. Aquellas vivencias dejaron tela para cortar. Una intensa aventura sociológica moviéndonos apenas unas cuadras de nuestra zona de confort. En la iglesia, el respeto fue recíproco; pero todos sabíamos que nuestras visitas tendrían fecha de vencimiento.

La fe evangélica no paró de crecer en Argentina, y nuestra ciudad no fue la excepción. Una investigación de 2018 señaló que en Córdoba se radican más de 650 templos, albergando a 150.000 feligreses.

He podido conversar con dirigentes que animaron la política local desde 1983 a la fecha, que han encontrado y encuentran en los acuerdos con las iglesias evangélicas puntos a favor. Recuerdo las anécdotas de un intendente que resolvió cruciales disputas con la movilización de varios miles de diferentes iglesias.

Muchos religiosos evangélicos se aprecian a sí mismos como cuadros útiles para el servicio público y la actividad política; en organizaciones como colegios profesionales, clubes o cooperadoras escolares, su presencia ha dejado de ser novedad. Hechos determinantes frente a los que han mostrado su desacuerdo (la educación sexual integral, el matrimonio igualitario, la interrupción voluntaria del embarazo), y la crisis, alimentan entre la feligresía y sus pastores expectativas de mostrar “su” versión de sociedad. Cuentan con estructura, capacidad de organización, disciplina, fuerza de incidencia, recursos, relaciones, convicción.

Tal vez la serie “El Reino” sea la primera secuencia de una trama que la contiene. Su ritmo y destellos guardan analogías con la luminosidad de aquel salón que brillaba en las lóbregas arterias cercanas a la Terminal de Ómnibus. Como en un guion de Charlie Kauffman, quizá estemos frente al movimiento inicial de un viaje, capaz de sacudir a comunidades necesitadas de encontrarse, reconocer sus cambios, sincerar fracasos. El debate recién comienza.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar