Los bomberos voluntarios cordobeses

Por Fermín Bertossi

Por estos días, nuestros bomberos voluntarios se juegan sus vidas batallando, en desigualdad de condiciones y sin pertrechos apropiados suficientes (v.g. logística, aviones hidrantes, etc.) contra los fuegos que afectan, cíclicamente y con creciente fiereza, al territorio provincial.

Esta vez, focalizados en los suelos y en el paisaje de nuestro empobrecido e indefenso norte cordobés, una tragedia ígnea que ya se cobró tres vidas humanas.

Ante ello resulta justo y necesario poner de relieve nuestra grave desconsideración con nuestros bomberos, dada su “voluntaria” disponibilidad vital, absoluta, permanente e inmediata harto probada, su arrojo, valentía y heroísmo; la hidalguía de su noble temperamento, grandeza de espíritu y generosidad sin intermitencias, todo lo cual habla de mezquindades del poder e ingratitudes sociales, como de cierta indignidad civil y conciudadana que hemos naturalizado.

Los titulares de semejantes destrato, públicos y privados, son al fin y al cabo quienes están logrando, en la medida de lo imposible, salvar vidas, fauna, biodiversidad, recursos naturales (flora, biomas, biósfera), propiedades, y los propios cimientos ecológicos. ¿Cómo puede ser eso? ¡Qué escándalo… es del todo injusto, inmoral y ojalá cambie!

Agrava e incrementa nuestra deuda e ingratitud la implícita influencia de valores y actitudes solidarias ejemplares de los bomberos voluntarios sobre la conducta y el comportamiento humano; valores, gestos y actitudes sostenidas, definitivamente invalorables e insuperables.

A todo esto, ¿qué más hace falta que hagan, ofrenden y demuestren nuestros bomberos, para activar con trámite exprés la legislación necesaria, apropiada y suficiente para viaticarlos diariamente, para remunerarlos mensualmente, y asegurarles un retiro decoroso (no como el actual) para cada uno de estos ciudadanos que trabajan en condiciones cada día más expuestas, extremas e inmanejables?

Se trata de hombres, mujeres y jóvenes que dejan sus familias, tareas, comercios, estudios, talleres u oficios (¿lucro cesante?) para combatir las llamas cuándo, cómo, dónde y hasta que sea necesario.

¿Cuántos bomberos en algún cumpleaños, festejo o adversidad familiar, nochebuena o año nuevo, en lugar de pasarla con sus familias y amigos, tienen que estar en la primera línea y al frente del combate ígneo, manteniéndonos a salvo de este, aquel u otro incendio, cada vez más feroces e inclementes?

Su servicio, entrega y ofrenda personal sin reservas, deben ser generosamente reconocidos en términos institucionales; su sacrificio ya no debe ser ignorado ni despreciado.

La provincia, la nación, los municipios, cooperativamente, deben hacerse cargo con premura, haciendo justicia con semejantes merecimientos propios de verdaderos héroes. Lo cierto es que todos estamos admirados, conmovidos, asombrados y orgullosos de nuestros bomberos, pero con eso, con medallas, diplomas, espacios periodísticos y aplausos, no alcanza. Un viejo apotegma sabiamente consigna y advierte que “el interés es la medida de la acción”, el Senado nacional acaba de aprobar por unanimidad la creación del “Día Nacional del Kimchi en la Argentina” o gastronomía de Corea. Entonces enoja y cuesta admitir que, por ahora, las cosas aún son como no deberían ser, cuando la escala de valores y consideración institucional son ajenas y adversamente extravagantes para los urgentes e importantes intereses y derechos de la gente.

Por conciencia de ciudadanía, por virtud cívica, urge activar responsabilidades y deberes, tanto institucionales, personales, como profesionales y comunitarios. Esta, y no otra, es la mejor garantía de la consagración de los derechos, como emanación natural del entrecruzamiento de los deberes de todos. Ese es el horizonte de una civilización cooperativa de sujetos éticos, para la cual, en este caso, el cabal reconocimiento, la segura protección y una digna estimación concreta de nuestros bomberos no debe esperar.

 
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