¿Pandora o Magoo?

Por José Emilio Ortega

Es tarea de estudiosos desentrañar si Pandora pudo moldear su personalidad o si fue exclusivamente cincelada por un Zeus siempre enojado con algún terrenal, dotándola de una suprema belleza y de las más oprobiosas intenciones (combos que, en eterno retorno, siguen trastornando a la Humanidad). Cierto es que esta dama principal de la mitología griega, quien habría sido consuegra del gran Prometeo, en tanto portadora de un misterioso envase hermético -ánfora o caja- que al abrirse derramó tantos males, es bastante más que las imágenes que la proyectan en el culturalmente empobrecido siglo XXI: alguna marca de ropa y recientemente, un escándalo difundido por un consorcio de empresas periodísticas que se ha dado en llamar “Pandora Papers”.

El dedo de empleados de estas empresas señala, en entregas milimétricamente teledirigidas, a centenares de personalidades, contando sus operaciones en los llamados “paraísos” (por una mala traducción de “refugios”) fiscales. Hay de todo: empresarios, futbolistas, deportistas de elite, artistas, políticos, monarcas. La fuente: 14 despachos de abogados que vinculan a los más importantes centros de poder económico del mundo con regímenes laxos, ubicados en medio centenar de países, muchos de ellos aún protectorados de potencias. No está claro cómo los documentos salieron de estos bufetes.

Incógnitas

Se desconoce aún cuántos millones se encuentran involucrados en las operaciones contenidas en casi 12 millones de documentos de toda índole. Tampoco tenemos seguridad sobre si conoceremos a todos los implicados, o solo sabremos de aquellos que los consorciados quieran mostrar. Se informan detalles irritantes: compras de suntuosos edificios en las principales capitales del mundo, facturación de importantes servicios, ventas de emprendimientos a través de sociedades inscriptas en lejanas latitudes. Pero el sistema mundial edificado por quienes denuncian mediáticamente en cuentagotas no solo ampara, sino que promueve la licitud de estas operaciones, o su opacidad, mirando hacia otro lado mientras ocurren.

No hubo imperio sin islas francas o zonas liberadas para el ejercicio del comercio sin restricciones, como vía de escape para flexibilizar condiciones, o encontrar puntos de tregua. Y modernamente fueron los propios estados de la unión norteamericana los pioneros en generar condiciones para que personas ajenas a sus jurisdicciones inscribieran firmas sin ninguna sujeción a pautas tributarias soberanas: esa es la base de la operatoria “offshore”, criterio seguido por otras grandes potencias a través de terminales bajo su jurisdicción (Reino Unido con Islas Vírgenes, o las Caimán, Holanda con Curazao, etc.) Enclaves estratégicos para el comercio imperial (español, británico y norteamericano) como Bahamas, han hecho de estas liberalidades su característica principal. Pero hay muchos más, algunos insulares (Mauricio, Jersey, Chipre) y otros continentales, como Liechtenstein o Andorra, muy dependientes de países principales de la UE. Hong Kong, hoy un distrito administrativo especial de China, también está puesto en la mira, confluyendo la antigua dominación británica con la actual condición del enclave.

Se estima que las 200 personas más ricas del mundo poseen 3 billones de dólares, entre un 3% y un 4% del total de la economía mundial. Según Forbes, en 2021 habrá 600 “milmillonarios” nuevos (2.755 en total, un total de 13,1 billones de dólares). Asimismo, el FMI en 2019 ponderó que la economía en negro supone unos 7 billones de dólares, 8% del total. Se considera que, entre 2012 y 2017, los ingresos no declarados y procesados a través de refugios fiscales crecieron a un 5% anual, con pérdidas tributarias para el período de entre 500.000 y 600.000 millones de dólares.

Se enfatiza que las operatorias “offshore” son, en sus inicios, legales; muchas personas han tenido amparo para operar de esa manera, y hoy quizá no solo ellos, sino también otros por conexión, tengan que explicar el porqué de estas circunstancias. ¿Ello ocurrirá finalmente, cuando la espuma mediática deje paso al accionar oficial?

ONU, FMI, OCDE y UE declaran trabajar en lavado de activos, intercambio de información fiscal para evitar la elusión impositiva, persecución de delitos económicos, determinación de tributos que graven la economía transnacional y digital. Pero son las propias hendijas que dejan sus contradicciones, las presiones o límites que han enfrentado muchos actores políticos -el caso de Obama en EEUU, que no pudo entrar desde la estructura federal a los sólidos marcos subnacionales que protegen a las “offshores”- las que permiten que el sistema persista.

El reciente acuerdo de 136 países para aplicar el impuesto a las grandes empresas a operatorias digitales (que pondría más de 145.000 millones de dólares en los fiscos nacionales) apunta a este sentido; aunque la distribución de esos fondos (un 95% quedará en los países centrales) implica una prolongación de muchos problemas.

En 1949 los estudios de animación norteamericanos UPA ponían en el aire al célebre J. Quincy Magoo, un anciano WASP, millonario, hiperconservador, profundamente miope y tozudo, que atravesaba toda clase de circunstancias sobreviviendo de las formas más curiosas. “Mr. Magoo lo hizo de nuevo” era el slogan que le dio popularidad, logrando inclusive dos Oscar. Se dice que podrían haberlo inspirado carcamanes ilustres del período, de allí su arraigo; aunque la idea de que una élite obstinada avanza sin mirar demasiado -y siempre se sale con la suya- es una pintura presente, y quizás más precisa para definir este momento de convulsionadas denuncias que la evocación de Pandora.

¿Encontraremos un límite, o Mr. Magoo lo hará de nuevo?

 
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