Todos los días tenemos sobreabundancia de pantallas y notificaciones que afectan la atención y la concentración profunda. Una opción para desconectarnos del flujo continuo de datos en línea es revalorizar la lectura y escritura en papel frente al estímulo frenético que domina internet.
Nos encontramos con una sobrecarga informativa, un éxodo del papel y lo analógico hacia lo digital, y hasta con un síntoma social como es el de la polarización del debate público. En la educación no son menores los problemas en lo cognitivo.
Es allí donde podemos aplicar el término «diluvio digital», utilizado en distintos ámbitos de estudio para describir el abrumador volumen de información al que estamos expuestos diariamente, y en forma ininterrumpida. Es una metáfora que viene en gran medida por la «modernidad líquida» del sociólogo Zygmunt Bauman, este concepto ilustra cómo nos vemos obligados a «aprender a nadar», o flotar, en un inmaterial y enorme océano de bytes para no hundirnos.
Enfrentamos una problemática que tiene consecuencias. La incapacidad del cerebro humano para procesar el flujo constante de noticias, publicaciones en redes sociales, correos electrónicos y contenidos multimedia. Gran cantidad de datos circulando que no equivale a más conocimiento; a menudo produce desinformación, fragmentación de la atención o fatiga mental tanto en el trabajo como en la casa.
La paradoja en esto es generar más contenido que nunca, pero a la vez depender de formatos volátiles y servidores privados, lo que plantea dudas sobre qué quedará para futuras generaciones.
Ante la imposibilidad de abarcarlo todo, cobra valor saber filtrar, seleccionar y gestionar el tiempo de atención. Tener las cosas en nuestras propias manos vuelve a recobrar sentido, y frente a esto, el libro se constituye en mucho más que una balsa eficaz.
En Argentina
Los datos de la última Prueba Aprender revelan que el 66% de los alumnos de sexto grado, niños de aproximadamente 11 años, navega a diario en plataformas digitales y redes sociales. Este informe, presentado por la Secretaría de Educación de la Nación, expone por primera vez de forma directa la profunda relación entre el uso de dispositivos digitales y la caída en los hábitos de lectura y el rendimiento escolar de los menores en nuestro país.
Con respecto al uso de celulares a los 11 años, en esta franja de edad se muestran patrones de consumo crítico fuera y dentro de la escuela. Dos de cada tres de esos chicos interactúan con entornos digitales todos los días y el uso masivo de redes sociales se posicionó como la principal actividad de los menores fuera del horario escolar. Mientras el uso de pantallas se consolida, el 38% de los estudiantes declara no leer nunca por placer. Las investigaciones asocian la tenencia temprana del celular con un impacto negativo en el desempeño escolar, especialmente notable en el nivel primario.
Aunque organismos como la UNESCO sugieren postergar la entrega del primer celular propio hasta los 11 años, la realidad local muestra un adelantamiento severo de esta práctica. De acuerdo con el informe complementario de Argentinos por la Educación, basado también en muestras censales de las Pruebas Aprender, a los 8 años el 59% de los chicos ya tiene un dispositivo propio. Es por ello que al llegar a los 11 años, el acceso y la autonomía en redes sociales ya se encuentran totalmente generalizados.
No menores son las consecuencias asociadas al uso recreativo, teniendo en cuenta los relevamientos que advierten que el uso desregulado de pantallas genera dificultades severas en el desarrollo: los dispositivos de uso recreativo merman la capacidad de atención dentro del aula. Casi la mitad de los chicos percibe que no puede controlar el tiempo que pasa conectado, lo que eleva los niveles de ansiedad escolar. Gran parte de la navegación recreativa ocurre sin el acompañamiento o supervisión activa de adultos en el hogar.
Volver a los libros
El retorno al formato impreso está marcando un cambio profundo en los sistemas educativos globales. Esta tendencia se apoya en investigaciones que indican que el cerebro no procesa ni retiene la información de la misma manera en una pantalla que en el papel.
Al escribir a mano, el cerebro debe planificar y ejecutar un movimiento motriz complejo para cada carácter, lo que genera una huella de memoria mucho más profunda. Por el contrario, presionar una tecla idéntica para cualquier letra requiere un esfuerzo motriz mínimo, lo que debilita el proceso de codificación de la información y la capacidad de recordar lo aprendido.
El regreso a los libros físicos y a la escritura a mano en las escuelas está respaldado por la neurociencia. Diversidad de estudios demuestran que el cerebro procesa la información de manera muy diferente cuando interactúa con el papel en comparación con una pantalla digital.
Escribir a mano y leer en papel activa redes cerebrales complejas asociadas con la memoria a largo plazo y la comprensión cognitiva que las pantallas tienden a adormecer.
Es en ese sentido que varios países que lideraron lo digital en la educación están impulsando un firme regreso a los libros de texto impresos, los cuadernos y la escritura a mano. Esta tendencia, sostenida en estudios científicos y resultados en evaluaciones internacionales, busca contrarrestar la pérdida de comprensión lectora, los problemas de concentración y el impacto negativo de la sobreexposición a las pantallas en niños y jóvenes.
Suecia acusó recibo y como pionera, canceló tablets, prohibió los celulares e invirtió millones en la compra masiva de libros físicos bajo el lema «de la pantalla a la carpeta».
Finlandia está adquiriendo textos de papel y busca mejorar el enfoque de los alumnos y la calidad del sueño.
Francia e Italia están restringiendo el uso de teléfonos inteligentes en los colegios y fortaleciendo el uso de materiales impresos tradicionales, mientras que los Países Bajos se sumaron a la misma política mediante restricciones de dispositivos digitales en clase a favor de la lectura tradicional.
Noruega y Dinamarca están revisando a fondo sus políticas de digitalización y ésta última, en particular, destina fondos para reemplazar los dispositivos por libros físicos y proyecta la eliminación total de celulares en las escuelas para el año 2027.
China no se queda atrás y a pesar de liderar en inteligencia artificial, implementó una estrategia complementaria masiva: para equilibrar el ecosistema digital, construyó más de 3.000 bibliotecas públicas y habilitó unos 40.000 nuevos espacios de lectura física.
En la escuela y en la casa
Para implementar eficazmente la transición de las pantallas hacia el papel, el secreto no está en prohibir la tecnología por completo, sino en rediseñar rutinas para revalorizar el soporte físico.
En el aula se pueden disponer de espacios de desconexión y aprendizaje analógico con lectura profunda en papel, con los dispositivos electrónicos guardados en las mochilas o en un organizador común.
Fomentar que los estudiantes tomen notas a mano obliga al cerebro a procesar, resumir y sintetizar la información en tiempo real, a diferencia del tecleo, que suele ser una transcripción pasiva. Otras variantes son las evaluaciones impresas o una estrategia híbrida intencional donde se utiliza una pantalla para visualizar y el procesamiento posterior debe realizarse en el cuaderno físico.
Para sostener estas estrategias dentro del aula y fuera de ellas es central el compromiso desde el Estado con políticas educativas acordes y también apoyando la legislación vigente.
La ley de fomento del libro y el precio uniforme de venta que protegen la diversidad cultural, aseguran la equidad para las librerías de barrio y garantizan el acceso democrático a la lectura.
A esta altura, es oportuna la protección de las librerías, donde se fija un precio de venta al público uniforme para cada libro en todo el país, se evita que las grandes cadenas o grandes plataformas de internet ahoguen a las librerías independientes de barrio y permite que pequeños comercios compitan en igualdad de condiciones.
Con estas leyes se promueve el acceso a la bibliodiversidad, asegurando espacio para obras de menor circulación y autores menos conocidos, se estimula el trabajo intelectual de los creadores nacionales y regionales, y se impulsa el desarrollo de la industria editorial local frente a la concentración de grandes éxitos comerciales.
Ya en el hogar es conveniente crear “santuarios” libres de pantallas y aplicar la sustitución de las tareas digitales. Poner zonas y horarios libres de tecnología en áreas específicas de la casa donde las pantallas no estén permitidas puede dar resultado y el definir un horario de corte, unas dos horas antes de dormir, donde el entretenimiento sea analógico con libros, juegos de mesa o dibujos.
La lectura del diario en papel es un excelente ejemplo de espacio analógico elegido conscientemente por quienes valoran la concentración y el descanso digital. Llegar a las noticias de esta manera aumenta su calidad, reduce la fatiga mental y visual provocada por las emisiones de luz de las pantallas, y mejora la retención y la memoria espacial.
Los padres pueden dar el ejemplo ya que los niños imitan el comportamiento de los adultos. Si ellos ven leer libros o diarios internalizarán que la lectura física es una actividad valiosa. Probar en convertir la elección de la lectura en una experiencia social es recomendable, con visitas a la biblioteca pública o a una librería de la zona.
Si en los libros podemos encontrar no solo refugio sino una de las soluciones a los efectos del agobio digital, es una gran razón para apostar a ellos.









