El presidente Donald Trump está a punto de apostar el éxito de su segundo mandato, la economía estadounidense y las finanzas de millones de ciudadanos en una de sus creencias más arraigadas: que los aranceles pueden revivir una supuesta «edad dorada» de riqueza e independencia económica para Estados Unidos. Sin embargo, su estilo de liderazgo impredecible hace que nada sea seguro hasta que ocurra.
Trump, ha declarado al 2 de abril como el «Día de la Liberación», una fecha en la que planea imponer nuevos aranceles comerciales como parte de su política «America First«. Esta medida busca aplicar tasas «recíprocas» a países que, según EE.UU., mantienen barreras contra sus productos, afectando especialmente a la Unión Europea. Por ejemplo, los aranceles a vehículos europeos podrían subir del 2,5% al 27%, equiparándose a los impuestos que la UE aplica a los coches estadounidenses. Además, otros sectores, como el etanol brasileño o las motocicletas indias, también podrían verse impactados.
La estrategia de Trump no se limita a los anuncios de ayer, sino que incluye otra medida clave para este jueves: un arancel del 25% a todos los automóviles importados, con excepciones temporales para piezas de México y Canadá. Sin embargo, esta política podría aumentar los precios para los consumidores estadounidenses y disruptir las cadenas de suministro globales de la industria automotriz. Aunque Trump argumenta que esto incentivará la producción nacional, economistas advierten que el traslado de costos a los consumidores y la posible recesión podrían generar consecuencias negativas.
Además, el «Día de la Liberación» podría marcar el fin del T-MEC, el tratado comercial con México y Canadá, si Trump decide imponer aranceles adicionales a estos socios. Aunque el presidente ha utilizado estos gravámenes como herramienta de presión en temas migratorios y de seguridad, su enfoque impredecible ha generado incertidumbre en los mercados y tensiones con aliados. Mientras Trump promete una «liberación» económica, críticos señalan que sus políticas arriesgan el crecimiento global y el poder adquisitivo de los estadounidenses, en un experimento cuyos resultados aún son inciertos.
Los efectos de las políticas comerciales de Trump ya se han hecho sentir: billones de dólares desaparecieron de los mercados bursátiles, con el Dow Jones cayendo 700 puntos solo el viernes pasado. Además, la confianza del consumidor se ha debilitado, alimentando temores de una recesión. Mientras tanto, sus aliados internacionales se distancian, y su política exterior amenaza con desestabilizar el sistema de alianzas occidentales.
El presidente parece ignorar el impacto potencial de sus medidas. En una entrevista con NBC News, declaró: «No me importa si suben los precios, porque la gente empezará a comprar autos hechos en Estados Unidos«. Esta actitud podría generar un fuerte rechazo político, especialmente en un contexto en que los republicanos ya están preocupados por el efecto electoral de una economía en desaceleración.
Además, los aranceles del 25% a los automóviles, que entrarán en vigor esta semana, ignoran la complejidad de la industria. Muchos componentes se fabrican en México y Canadá, lo que significa que incluso los autos ensamblados en EE.UU. se encarecerán. A largo plazo, aunque la producción local pudiera verse beneficiada, los costos de transición recaerán sobre los consumidores, encareciendo los vehículos nuevos y poniendo en riesgo miles de empleos.
La fe de Trump en el poder casi místico de los aranceles se basa en su visión de un mundo dividido entre ganadores y perdedores, donde EE.UU. ha sido históricamente perjudicado por potencias europeas y asiáticas. Sin embargo, muchos economistas recuerdan que políticas proteccionistas similares agravaron la Gran Depresión en los años 30.
El presidente busca revivir una era dorada de la manufactura estadounidense, similar a la de los años 50. Pero en un mundo donde la ventaja competitiva de EE.UU. radica en los servicios, la tecnología y la inteligencia artificial, este objetivo parece anacrónico. Mientras tanto, otros países, como Canadá, podrían responder con medidas que perjudiquen aún más a los consumidores estadounidenses.
La imprevisibilidad de Trump —extendiendo plazos, ofreciendo excepciones y luego endureciendo su postura— no solo ha golpeado los ahorros de millones de estadounidenses, sino que también genera desconfianza en los mercados. Su intento por manipular la economía global según sus caprichos podría terminar en un desastre.
Algunos republicanos, como el senador James Lankford, esperan que los aranceles sean solo una táctica para forzar mejores acuerdos comerciales. Sin embargo, otros temen que la Casa Blanca esté ignorando la realidad económica, promoviendo un escenario utópico donde los aranceles financian recortes de impuestos, reducen precios y crean empleos masivos de la noche a la mañana.
Trump está jugando una partida de alto riesgo con la economía global. Si tiene éxito, podría redefinir el comercio internacional en favor de EE.UU. Pero si falla, el costo político y económico podría ser devastador, no solo para su legado, sino para millones de familias que ya enfrentan dificultades financieras. En los próximos días, el mundo verá si su apuesta por los aranceles se traduce en una verdadera «liberación» económica o simplemente en más caos e incertidumbre. Por ahora, una cosa es clara: en la era Trump, nada es seguro hasta que sucede.