La situación de las personas ancianas ha sido motivo de tensión en los últimos tiempos. Sus jubilaciones, medicamentos y apoyo asistencial están en cuestión.
Parece que en muchos grupos hubiera un oscuro deseo que el arte supo captar. Películas como “Plan 75”, “El dador de recuerdos” o “Soylent Green” muestran sociedades que han resuelto el tema de la vejez mediante la eliminación de esas personas – y del gasto que generan – a partir de cierta edad.
En nuestro contexto, la discusión sobre la vejez no sólo se dio a partir de los efectos del ajuste económico sobre ese sector especialmente castigado. Porque es cierto que ese colectivo ha estado habitualmente entre los más relegados.
Lo nuevo, quizás, es la fuerza del golpe social sobre los “viejos meados”, que llega a la violencia en múltiples formas (acontecida mucho antes de aquel miércoles fatídico de manifestación conjunta con otros sectores). Es un modo de violencia particular, el desprecio, que además les mira con recelo, como si significasen un gasto inmerecido, una existencia indebida, sin productividad ulterior ni ganancia social.
Desconozco si quienes ejercen todos esos modos de violencia olvidan que se acercan a la vejez un día a la vez. No sé si creen que por algún acto de magia o del mercado (que tiene creencias mágicas) quedarán exentos de los efectos que tiene la situación socio económica sobre ese período de la vida. Tampoco sé si hacen la jugada (bastante común) de encontrar excepciones o justificaciones para quienes les son cercanos, mientras condenan a todo el resto.
Aunque sea complicado citar una autoridad religiosa en una columna filosófica, es técnicamente preciso el análisis que el Papa hace de una sociedad que descarta a los ancianos como “residuos”, así como lo hace con tantos otros grupos no exitosos en la lógica económico-cultural actual.
Es que los argumentos “racionales” que se usan (todos los gobiernos los trataron mal; muchos nunca aportaron o aportaron insuficientemente; hay otras prioridades, etc.), no solo evidencian una notable insensibilidad. Son también una muestra de su irracionalidad cuando les atribuyen esa lógica residual.
Los viejos y la filosofía
Antes de la filosofía, como en “La Odisea”, algunos ancianos “sobresalían por su palabra” y “el pueblo los escuchaba”. Reconocían en ellos algo que sólo el tiempo da.
Luego, filósofos como Platón atribuyen a la ancianidad un rol “conservador”. Esa palabra tiene rasgos conflictivos, pero en “Las Leyes” Platón le da un rol preciso: evitar que las leyes se alejen del sentido inicial, impedir que sean manipuladas violando el espíritu con que se las creó. Y en su “Ética nicomaquea” Aristóteles caracteriza a los ancianos como quienes saben mantenerse en un medio justo durante la deliberación. Porque la deliberación no sólo implica un deseo de justicia, también la necesaria experiencia y la memoria de sucesos pasados.
Claro que esto tiene riesgos y para nada es un plan de acción sin mayor discusión. Mucho menos, en condiciones de modernidad tecnocientífica de tan rápido avance como las nuestras, que a menudo no encuentran cómo vincular la experiencia del pasado con las transformaciones actuales.
Pero sí permite establecer algunos criterios de fondo: el respeto (no del pedestal sino de la escucha seria y atenta), el cuidado (no de la predicación vacía sino de las condiciones reales de subsistencia y crecimiento aún en ese período de la vida), la reflexividad.
No es una visión romántica de la vejez. De hecho, Platón hace acompañar a cada anciano de alguien más joven en las discusiones sobre las leyes (agrega que hay que comparar con otros países; podemos imaginarnos hoy la capacidad tecnológica de la gente más joven en el acceso de información, pero le suma la necesidad de un criterio para evaluarla). Y Aristóteles dice que en la vejez hay una tendencia a la queja y a una dificultad en entablar amistades. No son advertencias menores.
Las otras advertencias de la vejez
Esta visión matizada de los filósofos no se puede desacoplar de las condiciones actuales. No sólo las condiciones económicas o sociales, sino también cómo se ha configurado el consenso social respecto de esos viejos.
Simone de Beauvoir fue una gran filósofa, recordada sobre todo por su rol en los avances feministas. Otro de sus libros, “La vejez”, se dedica a estudiar los rasgos de otro sector tradicionalmente marginado progresivamente desde la modernidad. Ya en la introducción advierte:“nos negamos a reconocernos en el viejo que seremos”.
Posiblemente el Papa no leyó a Simone de Beauvoir. Pero cuando ella dice que se busca “arrumbar” a los viejos, coincide claramente con la noción de residuo. Además, ella propone una explicación más clara del “enojo” que advierte Aristóteles en algunos ancianos: la dificultad de lidiar con las transformaciones tecnológicas y sociales, que se suman a la sensación de ser olvidados en vida.
En su libro, de Beauvoir anticipa algunos rasgos del desprecio de los otros grupos más jóvenes y “productivos”, que en nuestras condiciones vemos radicalizarse.
Volveremos sobre el tema vejez, porque es un síntoma de muchas otras características de nuestra sociedad. Por ahora conviene cerrar preguntándonos, como advertencia final, como criterio de juicio moral y como medida de acción actual: ¿cómo será el viejo que seremos?
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