La mayoría cree que sirven para saber quién está ganando, además creen que sirven para pronosticar quién ganará. Los estudiosos más serios de la opinión pública, han explicado reiteradamente con muy poco éxito que eso no es así. Por supuesto que esa creencia está inducida por políticos, medios afines, periodistas de todos los lados de la grieta y por supuesto muchas encuestadoras, que prefieren ver o mostrar lo que desean. Así el público no suelen recibir la información más valiosa que no es la que habitualmente vemos publicada.
Desde hace muchos años, el principal problema de las encuestas fue que cada vez más personas se niegan a contestar o simplemente no participan en las redes de las que se obtiene la información, por lo que las muestras relevadas suelen estar sesgadas por las opiniones de aquellos que sí lo hacen.
Un problema más reciente, es que ante los fracasos predictivos de las encuestas, muchos encuestados se han sentido manipulados y no responden, lo hacen parcialmente, responden cualquier cosa o directamente mienten.
Ante eso las encuestadoras serias y mejor financiadas hacen encuestas con lo que se denominan paneles de votantes, que son muestras formadas por encuestados muy bien seleccionados para mantener la diversidad y proporcionalidad de las opiniones, con los que establecen relaciones de confianza, lo que evitaría lo mencionado en los párrafos anteriores. Pero eso es muy caro, muy pocos o casi nadie puede hacerlo y además se han sumado más inconvenientes.
Efectivamente, el problema se ha agravado por dos motivos: 1) La vorágine de temas, ambigüedad de las propuestas y decisiones que se lanzan, que además cambian con gran frecuencia, impide que los encuestados –aún los más informados- son confundidos al punto que solo recuerdan unas pocas, direccionadas por algoritmos y por supuesto no pueden priorizarlos.
2) Los partidos políticos están tan dispersos y sus miembros más visibles pasan de uno a otro o son expulsados por lo que es muy difícil saber a qué espacio o supuesto líder responden esos referentes. Así, si se desea analizar adhesiones o preferencias respecto a las personas es muy difícil hacer análisis de series de tiempo sobre ellas y solo puede hacerse respecto de la imagen de los principales a escala nacional.
En síntesis, para que una encuesta pueda ser una fotografía del momento, hace tiempo que es muy caro y casi imposible. Mucho menos si se desea analizar la evolución en el tiempo y establecer tendencias de las opiniones respecto de tantos temas o tantos referentes con tantos cambios. O sea, no les pidamos a las encuestas –ni aún las más serias- mucha precisión en su interpretación y mucho menos en sus “predicciones”.
Entonces ¿para qué sirven las encuestas?
Sirven para describir –no para medir- la situación, como se agrupan las opiniones aún si van variando, cuales son aquellos temas que más influyen en el comportamiento en un momento y como se van reagrupando las opiniones y sucediendo los temas prioritarios.
Con ello, los especialistas que entienden matemáticas complejas pueden hacer recomendaciones sobre la segmentación de los mensajes, medios, etc. en campañas políticas, además de priorizar aquellos temas que agrupan más personas, que es lo que nunca vemos.
Por ejemplo, recientes encuestas sobre aspectos de la reforma laboral o jubilatoria –que dio lugar a la expulsión del responsable de ANSES- revelaba que la mayoría de sus aspectos era rechazada significativamente aún por quienes votarían al gobierno nacional por lo que es fácil comprender el enojo presidencial con el funcionario que lo expuso, aun cuando esté en los planes presidenciales que sugirió que sería para después de las elecciones, por supuesto cuando tuviera más poder propio en el congreso.
Esto no es algo que ocurre solamente en nuestro país. El fracaso de las encuestas en EEUU, que anunciaban un “cabeza a cabeza” entre Trump y Harris, en el país con la mayor inversión en campañas, revela que no es solo una cuestión de dinero.
También en Ecuador los anuncios de la enorme ventaja del candidato oficialista –Noboa, actual presidente- y la candidata del correismo –González- se redujo a 1%, en medio de acusaciones e indicios de manipulación en el recuento, lo que los llevó a una segunda vuelta cuyo resultado es impredecible.
Demás está decir que cada vez son menos los votantes que mantienen sus opiniones, preferencias o intenciones de voto no ya por partidos, sino especialmente por los variados temas y fluctuantes candidatos que los llevan a decidir su voto minutos antes o en el mismo cuarto oscuro, lo que convierte cualquier fotografía previa y/o predicción en una moneda al aire.
Mucho más cuando los partidos, suelen tener campañas triunfalistas basadas en datos muy dudosos para generar entusiasmo en sus votantes, pero que a la vez generan miedo en quienes dudan, mucho más cuando se trata de elecciones legislativas en las que no se deciden cargos ejecutivos, como serán las próximas que tendremos en nuestro país.
Por lo que parece recomendable que ningún resultado publicado de encuesta alguna, debiera influir en nuestro voto en el que debemos considerar nuestra propia situación o la de nuestro entorno, nuestras necesidades, sueños y esperanzas. Sabiendo que podemos equivocarnos, pero que somos los únicos con derecho a hacerlo, porque de eso se trata la democracia.