En el año 480 a.C. los persas fueron derrotados por los griegos. Varias películas nos recuerdan esa guerra. Allí suelen caricaturizarse ciertos aspectos, resaltando el coraje de los griegos, así como la obscena pomposidad de los persas. En esto hay poca creatividad de los guionistas, porque ya inmediatamente después de aquella victoria los griegos hicieron obras de teatro con esos mismos objetivos.
Pero Esquilo no. En su tragedia “Los persas” vio el asunto desde el lado de los vencidos.
Dicho de otro modo, se puso en el lugar de la segunda persona gramatical, el lugar del tú. Puso en escena – y se puso en el lugar de – el horror de las madres cuyos hijos habían muerto, aunque él mismo pertenecía al bando de los ganadores. Más allá de las atribuciones de responsabilidades o culpas, era la expresión de un ser humano compasivo ante el dolor de otros.
Con esa tragedia, Esquilo nos dio un elemento fundamental para la construcción de algo imprescindible en nuestra época: el universalismo moral, la idea que la humanidad en su totalidad tiene ciertos derechos y prerrogativas, que deben respetarse y garantizarse sin importar las características puntuales de los individuos o sus contextos.
Hay muchas otras fuentes para esa construcción. La hermandad universal de las tradiciones creacionistas. La idea de prójimo en la herencia judeocristiana. La igualdad universal de los movimientos radicales e izquierdistas. La dignidad humana en las filosofías ilustradas.
La lista sigue e incluye el respeto universal por todos los seres vivos de las religiones orientales y el vínculo con la tierra en las amerindias de Abya Yala (y sus diversas denominaciones).
Sin embargo, nuestra época muestra rasgos de desprecio notable a individuos y colectivos. Para muestra, basta un inmigrante.
Por eso quisiera identificar dos percepciones fundamentales para comprender no sólo los rasgos de crueldad y violencia que tanto vemos en expresiones públicas actuales, sino también una doble estructura anti-universalista que les es transversal.
Los del abajo que creen estar arriba
Me impactó mucho la viralización de un muchacho con discapacidad severa, pidiendo donaciones para poder comprar una pierna ortopédica. Más allá del drama personal, lo que hizo viralizar el pedido fue que el joven había estado criticando diversas políticas y leyes que han caracterizado a los Estados de bienestar (protección laboral, seguridad social, garantías sanitarias, etc.). La respuesta de muchas personas fue brutal, echándole en cara sus contradicciones.
Personalmente, me dio tristeza y ganas de darle un abrazo.
Porque no sé si se habrá dado cuenta de lo que hacía, empujado por un contexto ideológico o de su marco de relaciones. Pero claramente era alguien de abajo que creía estar arriba. Y defendía así intereses opuestos a las necesidades propias.
El problema, más allá de la situación personal, es que todo interés que no atienda a la fragilidad, la vulnerabilidad y la necesidad humana, nunca puede ser universalizable. Mientras que aquellos que responden a las necesidades básicas, vitales y elementales, sí.
Pero, además, esos intereses reductivos demuestran, junto a su falta de empatía, una notable falta de imaginación.
Mientras estaba en Alemania asistí a una manifestación antibélica, en memoria de Hiroshima. Al día siguiente, un poco en chiste, le pregunté a un compañero japonés por qué no había ido. Su respuesta fue que la bomba había sido muy lógica y correcta, ya que de otro modo hubiera muerto más gente.
Quedé frío, no sólo porque me recordó eso de que “conviene que muera uno…” (Jn 11:50) y el cálculo utilitarista, sino por la falta de toda conexión con tanto daño sucedido.
Con el correr de los años, encontré otro motivo para mi rechazo: había formas de demostrar ese poderío sin afectar a la población civil (por ejemplo, demostrar los efectos de esa arma en una isla vacía del archipiélago como ultimatum).
Es que la crueldad evita la imaginación, porque ésta implicaría una conexión con el otro que, desde la altura en la que creen estar, consideran no necesitar.
Los de arriba que no creen posible caer abajo
Un segundo rasgo estructural no atiende ya a quienes están abajo y se imaginan pertenecer a los de arriba, sino a quienes efectivamente están arriba y consideran que jamás les pasará lo que sufren los de abajo.
Tienen la sensación que esas leyes o situaciones no les van a afectar, y por eso se pueden imponer a otros.
Me llamó la atención un texto de Ross Douthat, comentarista del New York Times. En general disiento con sus opiniones, aunque sus textos son muy inteligentes. En uno de ellos hizo una autocrítica. Siempre había criticado todo sistema solidario de salud. Según él, nadie puede exigir ningún cuidado que no pueda pagar con sus ingresos.
Hasta que tuvo un problema serio en su contexto personal. Revisó su opinión y, encomiablemente, hizo pública su autocrítica.
Es que podemos argumentar sobre derechos que corresponden a la dignidad humana y a cálculos de beneficios que se desprenden de los aportes sociales solidarios.
Pero hay algo del orden de la sensibilidad que da la experiencia, que difícilmente sea reemplazable si no prestamos atención a los dolores propios y ajenos.









