La política brasileña reitera la escena. Un Bolsonaro pierde una elección frente a Lula da Silva y abandona el país. Flávio (Partido Liberal), senador por Río de Janeiro, llegó a Miami el 28 de octubre. Para quedarse. Pesaba sobre él una decisión del Supremo Tribunal Federal: prohibición de salida del país y retención del pasaporte.
No es sólo una trama de pasaportes, servicios de inteligencia, aviones privados y fronteras. Recordemos: su padre Jair había viajado a Estados Unidos el 30 de diciembre de 2022, dos días antes de concluir su mandato presidencial. No participó de la transmisión del mando el 1º de enero de 2023 (regresando en marzo de ese año). Posteriormente fue condenado a 27 años y tres meses de prisión por su responsabilidad en un intento de golpe de Estado.
Flávio, cuyo mandato como senador vence en 2027, se presentó inicialmente como “líder en el exilio”, aunque debió retractarse por indicaciones del Departamento de Estado (que ha ido tomando distancia política del caso). En EE.UU. reside desde 2025, de modo permanente (con Green Card obtenida en 2026) su hermano Eduardo, ex diputado federal sobre el que pesa una condena del STF de cuatro años y dos meses de prisión por coacción en el curso del proceso contra Jair.
El jefe de la diplomacia norteamericana, Marco Rubio, dijo el 31 de octubre que Flávio tenía una visa al llegar a Miami; pero la Aduana norteamericana consignó días antes que toda la familia (incluyendo a su esposa y al menos una de sus hijas) recibieron una autorización provisoria de ingreso y permanencia (Discretionary Parole, de vencimiento anual, no es equivalente al asilo).
¿Qué puede hacer el Senado?
La Constitución brasileña reconoce a diputados y senadores un régimen de inmunidades (artículo 53) con restricciones específicas para la detención. Es una clásica garantía institucional para evitar el condicionamiento del legislador por otros poderes.
El STF lo explicó al expedirse en una acción directa de inconstitucionalidad (5.526, año 2017), sosteniendo que si bien el Poder Judicial puede imponer cautelares a legisladores, cuando su ejecución imposibilita, directa o indirectamente, el ejercicio regular del mandato, la decisión debe ser remitida a la Cámara correspondiente para que resuelva.
La historia del Senado brasileño ofrece antecedentes. En 2000, Luiz Estevão, senador del PMDB por el Distrito Federal, perdió su mandato por su vinculación con las irregularidades en la construcción del edificio del Tribunal Regional del Trabajo de São Paulo. En 2012, Demóstenes Torres, que había abandonado el partido Democratas (DEM) y se encontraba sin afiliación partidaria, fue separado de su banca por sus relaciones con un empresario utilizando su posición institucional en beneficio de intereses privados. En 2016, Delcídio do Amaral, senador del Partido dos Trabalhadores (PT), perdió el mandato después de que se acreditara en el procedimiento disciplinario su intervención para obstaculizar una investigación judicial y facilitar la fuga de un investigado.
Además, el Código de Ética y Decoro del Senado establece, entre los deberes de sus integrantes, velar por el orden constitucional y las instituciones democráticas, ejercer el mandato con dignidad y respeto a la cosa pública y a la voluntad popular, y participar de las sesiones y actividades legislativas. Flávio Bolsonaro arrastra varias denuncias ante el Consejo de Ética: una promovida en 2024 por el PSOL, Rede Sustentabilidade y el PT por diversas conductas incompatibles con el decoro. En 2026 se presentaron tres: una del PT; otra presentada el 21 de octubre por siete senadores del PT y una del PSD (vinculada entre otros temas a la financiación de una película sobre su padre) y la última del 29 de octubre, iniciada por un ciudadano, vinculada a su salida del país. Todas están en curso (las de este año, a la espera de la conformación de los integrantes de las comisiones correspondientes). ¿Cómo y cuándo ejercerá el Senado, ante los últimos acontecimientos, sus relevantes competencias?
El Reglamento Interno del Senado obliga a sus integrantes a comunicar a la Presidencia cada vez que se ausenten del país, indicando el plazo de la ausencia. Por su parte, la Constitución contempla la pérdida del mandato cuando el legislador deja de comparecer, en cada año legislativo, a un tercio de las sesiones ordinarias de la respectiva Cámara, salvo las excepciones previstas (artículo 55, inciso III). Son supuestos diferentes: la falta de comunicación de una salida no determina, por sí misma, la pérdida de la banca.
Los poderes legislativos tienen sus propios tiempos, lo sabemos. La potestad disciplinaria no puede convertirse en una herramienta para prolongar la disputa electoral. Las garantías constitucionales son indispensables para impedir la persecución política. Pero si se las interpreta como una protección absoluta, terminan debilitando aquello que estaban destinadas a preservar.
Hay, además, una cuestión que excede a Brasil. Los dirigentes políticos buscan (y encuentran) en otros países espacios de relación, protección, comunicación, financiamiento o proyección. Los Estados receptores dejan de ser espectadores neutrales, aunque no necesariamente participen de las disputas.
La soberanía, en este escenario, se vuelve más compleja. Las decisiones, las alianzas y las estrategias de poder se despliegan en espacios que trascienden las fronteras nacionales. La respuesta del Senado Federal frente a la conducta de uno de sus integrantes, dado el peso global del Brasil, será referencia para otras cámaras altas y democracias regionales. Debería ejercer sus competencias sin renuncios (exigiendo responsabilidades sin perseguir) ni condicionantes.
Le robamos el título de esta columna a Fito Páez, que hace cuarenta años, decía: Yo no elegí y no quiero / Quiero salir y no puedo / Lejos de aquí hay un fuego / Si hay que brillar brillaremos / Si hay que acabar acabemos.
La canción nos deja una consigna. No sabemos si las instituciones brasileñas saldrán fortalecidas de esta prueba. Pero sí que no pueden resignar el ejercicio de sus competencias: tomar el asunto, terminarlo y sentar un nuevo precedente.









