Cada 6 de enero, la celebración de la Epifanía vuelve a ocupar un lugar especial en los hogares, con una tradición que se vive en silencio, cargada de ilusión y gestos simbólicos. La llegada de los Reyes Magos, esperada durante la noche del 5 de enero, mantiene viva una costumbre que une raíces religiosas, herencia cultural y adaptaciones propias del paso del tiempo.
La fecha remite a un episodio central del cristianismo: la visita de los sabios de Oriente al Niño Jesús, guiados por la Estrella de Belén. Según el relato bíblico, Melchor, Gaspar y Baltasar llegaron hasta Belén para rendir homenaje con oro, incienso y mirra, ofrendas que la tradición interpretó como símbolos de realeza, divinidad y sacrificio.
Con el correr de los siglos, este acontecimiento dio origen a una festividad que trascendió lo estrictamente religioso y se integró al ámbito familiar y popular.
La víspera del 6 de enero concentra el corazón del ritual. Lejos de grandes reuniones o comidas abundantes, la Noche de Reyes se vive de manera íntima, especialmente en los hogares con niños. La expectativa se construye antes de dormir y encuentra su recompensa al amanecer, cuando aparecen los regalos y las señales del paso de los Reyes.
Entre los gestos más repetidos se encuentran dejar agua y pasto para los camellos, algún alimento sencillo como muestra de hospitalidad, y los zapatos colocados cerca de una ventana, el arbolito o el pesebre. También son habituales las cartas y dibujos, donde los más chicos expresan deseos y agradecimientos.
Más allá de las variantes regionales o familiares, lo central es la intención y el clima de magia compartida.
Tradicionalmente, los regalos asociados a los Reyes Magos suelen ser sencillos y vinculados al juego y la creatividad. A diferencia de otras fechas marcadas por el consumo, esta celebración conserva un espíritu más austero, donde el valor simbólico de la espera y la sorpresa ocupa un lugar central.
Así, la Epifanía sigue siendo una de las efemérides más queridas del calendario, una noche en la que la fe, la memoria y la imaginación se entrelazan para renovar, año tras año, una tradición que atraviesa generaciones y sigue despertando ilusión.








