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Marzo de memoria

“Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos”, el relato de Alicia sobre la desaparición de su esposo

A 49 años del secuestro del entrerriano Humberto Fraccarolli en La Plata, la voz de Alicia Cámera reconstruye una historia atravesada por el amor, el exilio, la militancia y la búsqueda incansable de verdad. Desde las sierras de Córdoba, su testimonio sutura la desaparición, el rol de Aurora como una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo y las inexorables preguntas que aún persisten a 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976.

Candela AlbertiPorCandela Alberti
30 de marzo de 2026
“Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos”, el relato de Alicia sobre la desaparición de su esposo

Esta historia tiene 49 años. O, para ser más precisos, arrastra un tiempo aún más hondo. Sin embargo, aquello que la vuelve urgente, aquello que hoy la convoca en el marco de los 50 años sucedió un miércoles 23 de enero del año 1977 en la ciudad de La Plata. El día en se llevaron secuestrado a Humberto.

Nombrarlo en un párrafo parece una tarea simple, pero el ejercicio de la memoria exige una mirada profunda. En este tiempo, para quienes no lo vivieron de cerca, hacer memoria es ejercer el gesto de alzarse con recuerdos prestados: los de quienes sobrevivieron, los de quienes lo padecieron, los de quienes aún lo nombran para que no se pierda. Comprender que ese acto no fue un hecho aislado, ni un exceso. Fue parte de un plan. De una maquinaria que necesitó de hombres que pensaran, organizaran y ejecutaran el secuestro, la tortura y la desaparición de miles de personas. Sobre todo jóvenes. 

“Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos”, el relato de Alicia sobre la desaparición de su esposoEn el caso de esta historia un joven que era padre, hijo, esposo, amigo y estudiante. Un joven que por mucho tiempo estuvo desaparecido y que fue identificado hace unos pocos años. La gravedad de la demora estatal fue tal que su madre, Aurora, falleció sin conocer el destino de su hijo. Este caso encarna lo que el fiscal Facundo Trotta define como impunidad biológica: ese umbral crítico donde el paso del tiempo extingue la posibilidad de justicia efectiva, permitiendo que tanto responsables como familiares mueran sin ver o hallar, finalmente, una respuesta.

Porque y retomando las palabras de una sobreviviente, la tortura a las familias continua. No queda en el pasado. Se prolonga en cada día, en cada noche, en cada fecha que vuelve. La tortura del silencio continúa para las familias. 

Lo que incomoda en este aniversario del 24 de marzo es que no se puede afirmar que el paso de 50 años devolviera respuestas que estén a la altura. Nos gustaría, como sociedad, decir que así fue: que los responsables fueron juzgados como y cuando merecían, que las tramas se desarmaron y que cada familia obtuvo verdad. Pero a medio siglo, la realidad es otra: para muchas familias hay respuestas, pero para otras, todavía no hay nada.

En esa incompletud aparece la voz de Alicia Cámera. Sobreviviente, testigo y esposa de Humberto Fraccarolli, pero también, inevitablemente, vocera. No por elección, sino porque la historia la empuja a sostener la palabra.

Esa fue la última vez…

“En ese momento nos encontramos con el Pancho, con Aurora, fuimos a visitar a la madrinita que vivía en Mar del Plata. Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos, con Nico que era pequeño. Tenía dos años. Y él se volvió y creo que fue el 26 o el 27 de febrero de 1977, ahora estamos cumpliendo el aniversario de su desaparición. Estaban en una reunión… en febrero del 77. Ahí lo secuestran en una reunión, en la casa de una compañera. Lo secuestran a varios, a todos los que estaban ahí.”

Alicia no se apura cuando llega a ese punto. Cuando aparece el secuestro, en lugar de avanzar, retrocede, como si antes de nombrar lo que pasó necesitara dejar algo claro: quién era él. Porque decir “Humberto Fraccarolli” no alcanza, y porque una desaparición no empieza el día en que se lo llevan, sino mucho antes, en todo lo que se intentó borrar. “Nos conocíamos porque hacíamos actividades de teatro. Me acompañaba a mi casa y charlábamos… hablábamos de la chica que le gustaba a él, del chico que me gustaba a mí. Después empezamos a salir. Primero éramos amigos”, recuerda, y en esa escena aparece una vida anterior al horror, no tan alejada a ese febrero del 77: adolescencia, caminatas, conversaciones largas.

Todo empieza en Gualeguaychú, donde Humberto —“el Gordo”, “Humber”, “Pancho”— crece como hijo único de Máximo, obrero mecánico, y Aurora Molina, modista. Allí se recibe de maestro en la Escuela Normal Olegario V. Andrade, juega al fútbol, hace teatro, se va de campamento. “Era muy del río.  Se iba con los amigos a pescar… le encantaba”, dice Alicia. Ese camino andado también es recuperado en el libro “Trazos de vida: Detenidos-Desaparecidos de Gualeguaychú”, que lo describe como un joven cercano, “amiguero”, con vocación colectiva, aunque en la voz de Alicia esos rasgos se vuelven experiencia concreta.

A fines de los años sesenta, Humberto se traslada a Rosario para estudiar Medicina, donde vive en un Colegio Mayor Universitario y es elegido Jefe de Casa, señal de reconocimiento entre sus pares. En ese período, según reconstruye Trazos de vida, forma el “Grupo Ojo”, con el que producen materiales de difusión política, y participa en un centro comunitario en Rosario Sur, trabajando en talleres, comedores y actividades sociales. Alicia lo resume desde otro lugar: “No era solo hablar, era hacer”.

“Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos”, el relato de Alicia sobre la desaparición de su esposo
De izquierda a derecha: Aurora Fraccarolli, Humberto Fraccarolli y Alicia Cámera.

Tiempo después, toma otra decisión clave: deja Medicina y se muda a La Plata para estudiar Psicología, donde Alicia ya estaba. “En esa época era todo por cartas… hasta que él decidió venirse”, cuenta. En 1972 se casan y comienzan una vida compartida marcada por el trabajo y el estudio: ambos ingresan al Ministerio de Economía bonaerense, mientras continúan su formación universitaria.

Es en ese contexto donde la militancia empezaba a ocupar un lugar central. “Nos empezamos a relacionar con gente militante… y ahí empezamos a militar. Él más activo que yo”, explica Alicia. Es en  mayo de 1974  el momento en el que nace su hijo, Nicolás, y aunque la escena parece estabilizarse, el contexto político se vuelve cada vez más hostil. “Ya se veía que se iba poniendo más difícil, más dura la situación. Ya habían caído presos algunos compañeros”, recuerda, mientras la Triple A y los grupos parapoliciales comenzaban a operar con mayor intensidad.

Quienes lo conocieron también lo definen desde ese lugar. Esteban “Tabita” Bugnone, citado en el libro Trazos de vida,, lo recuerda como “amiguero, sencillo, alegre, frontal, inteligente”, alguien con condiciones de dirigente, que hablaba de su compromiso con una sociedad más justa “sin estar dispuesto a abandonarlo a pesar de las dificultades”. Esa descripción coincide con lo que Alicia vuelve a nombrarlo desde lo íntimo: “Era muy firme con lo que pensaba, pero también muy compañero, muy cercano”.

El secuestro

Si el recuerdo de Alicia retrocede para reconstruir quién era Humberto, el relato inevitablemente vuelve a ese punto de quiebre. El 23 de febrero de 1977, en la ciudad de La Plata, Humberto Luis Fraccarolli fue secuestrado en un operativo llevado adelante por fuerzas represivas.

“Estaban en una reunión… en febrero del 77. Ahí lo secuestran en una reunión, en la casa de una compañera. Lo secuestran a varios, a todos los que estaban ahí”, dice Alicia. Se reanuda la frase a los fines de situarnos nuevamente en aquel momento cruento. Su memoria conserva la lógica fragmentada de quien recibió la información de manera indirecta, en un contexto donde saber era, en sí mismo, un riesgo.

Sin embargo, los registros judiciales y las reconstrucciones posteriores permiten precisar la escena. Según la documentación relevada y los testimonios incorporados en distintas causas, Humberto fue secuestrado el 23 de febrero de 1977 en el consultorio odontológico de la Dra. Norma Estela Campano, en La Plata, cuando un grupo de personas armadas, vestidas de civil y que se identificaron como “Fuerzas Conjuntas de Seguridad”, irrumpieron en el lugar. En ese momento, no solo se lo llevaron a él: también fueron secuestradas la doctora y otras cinco personas que se encontraban allí.

Ese mismo día marca el inicio de su desaparición forzada. A partir de entonces, distintos testimonios de sobrevivientes ubican a Humberto en centros clandestinos de detención de La Plata, entre ellos el Destacamento de Arana, la Comisaría Quinta y la Comisaría Octava, donde habría permanecido hasta diciembre del 1978. 

En paralelo, lo que comienza para su entorno es otra forma de violencia: la incertidumbre. Porque, como señala Alicia en otros tramos de su testimonio, la desaparición no se agota en el momento del secuestro, sino que se prolonga en el tiempo, en la ausencia de información, en la espera, en la necesidad de reconstruir lo ocurrido a partir de fragmentos.

El secuestro de Humberto se inscribe, además, en un contexto más amplio. Febrero de 1977 forma parte del período más intenso del terrorismo de Estado en Argentina, donde los operativos clandestinos, los secuestros en espacios cotidianos —casas, lugares de trabajo, consultorios— y la desaparición sistemática de personas constituían una práctica extendida. Nada de lo que ocurrió ese día fue excepcional dentro de esa lógica. Y justamente por eso, resulta imprescindible nombrarlo con precisión.

Porque ahí, en ese consultorio, en esa irrupción violenta, en ese traslado sin registro, retrata cómo funcionaba, cómo eran actos que formaron parte de un acto generalizado y sistemático contra la población civil, actos que se fueron perfeccionando. 

El exilio: huir, sobrevivir, rearmarse

Después del secuestro de Humberto, la vida de Alicia se desarma. Lo inmediato entrañaba la urgencia. Quedarse implicaba un riesgo concreto, no solo por su vínculo con él, sino por la red de militancia de la que formaban parte. “A partir de que a él lo secuestran… yo era la mujer. Entonces…”, dice, dejando la frase abierta, como si no hiciera falta completarla. En ese contexto, la persecución no era hipotética, era real.

Durante los meses siguientes, su vida se vuelve itinerante. Cambiar de casa, moverse constantemente, reducir contactos, aprender a no dejar rastros. “Uno se mudaba de lugar, se trataba de esconder y de escapar”, resume. En paralelo, empieza a producirse otra forma de ruptura: la desvinculación forzada de la militancia. No por decisión ideológica, sino por supervivencia. “Perdí contacto… y qué suerte que perdí contacto, porque zafé”, dice.

La información sobre lo que estaba ocurriendo circulaba de manera fragmentaria, casi siempre a través de terceros. Las caídas se sabían por comentarios, por rumores, por ausencias. “Ya habían caído presos algunos compañeros”, había dicho al reconstruir los años previos, pero después del secuestro esa percepción se intensifica: la red se desarma, los nombres desaparecen, las certezas también. No hay listas, no hay confirmaciones, no hay canales seguros. 

En ese escenario, la familia se convierte en sostén y estrategia. Tanto sus padres como Aurora —la madre de Humberto— y otros familiares cercanos la ayudan a moverse, a ocultarse, a sostenerse con su hijo. “La familia me ayudó un montón… mis viejos, Aurora, tíos”, recuerda. Esa red fue la que permitió que pudiera mantenerse fuera del alcance inmediato de la represión.

La decisión de salir del país aparece como último recurso, aparece más como una necesidad. “¿Por qué no te vas? Porque acá ¿qué vas a hacer? No podés hacer nada”, le dicen sus padres. La salida no implica claridad sobre el destino, sino una forma de escapar. Así llega al sur de Brasil, a Passo Fundo, donde se instala en la casa de familiares y conocidos vinculados a Humberto.

Pero el exilio inicial tampoco es un espacio seguro. El alcance de la persecución excedía las fronteras argentinas, en el marco de lo que luego se conocería como el Plan Cóndor. “Esto te lo cuento para que veas lo de la triple frontera y todo eso”, introduce Alicia, para explicar que incluso allí la vigilancia y las detenciones seguían ocurriendo.

El episodio que marca ese límite es concreto. Un día, mientras se encontraba en la casa donde vivía, fueron a buscar a uno de sus convivientes, Carlitos Claret, ingeniero y ex rector universitario. “Lo fueron a buscar… se lo llevaron a Porto Alegre”, relata. Ella no estaba en ese momento: había salido. Esa casualidad se convierte en un punto de inflexión. “Zafé porque había ido a buscar a los chicos”, dice. La advertencia llega de forma directa: “No vaya, señora, no cruce porque ahí estuvo la policía”, le dicen unos mecánicos de la zona.

Ese episodio no solo confirma el peligro, sino que lo redefine: ya no hay refugio posible dentro de la región. A partir de ahí, el movimiento se intensifica. Alicia comienza a desplazarse entre distintas ciudades de Brasil —San Pablo, Río de Janeiro— en una lógica de tránsito constante, donde la estabilidad sigue siendo imposible.

Hasta ese momento, la idea de ir a Europa no formaba parte de sus planes. “Ni se me cruzaba… cuando crucé el río Uruguay no estaba pensando que me iba a ir a otro lado”, aclara. Pero las condiciones cambian. El exilio deja de ser transitorio y pasa a ser una condición estructural.

En ese proceso, aparece una salida institucional: el ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). A través de ese organismo, Alicia inicia un trámite formal para ser reconocida como exiliada. “Fui, conté mi historia, verificaron los datos… la existencia del Pancho… y nos aceptaron”, explica. 

Pero antes de que eso se concrete, hay un último dato que atraviesa todo el relato: la supervivencia, en muchos casos, estuvo marcada por el azar y por la ayuda de otros. “Tuve muchas suertes en mi vida… me encontré siempre gente amorosísima que me ayudó un montón”, dice Alicia, reconociendo una dimensión que excede cualquier planificación: la de quienes, sin formar parte directa de la historia, hicieron posible que pudiera seguir adelante.

Reconstruir la vida sin dejar de mirar hacia Argentina

El paso de Brasil a Europa no fue una elección planificada, sino una salida posible dentro de un escenario que se cerraba. A través del ACNUR, Alicia logra el reconocimiento como exiliada y en enero de 1979 llega a Suecia junto a su hijo Nicolás. “Bueno, vayamos a Suecia… estaban mis amigos, ¿a dónde iba a ir?”, dice, marcando que incluso en el desarraigo, la red seguía siendo clave.

El país al que llega no es improvisado en su política de recepción. Suecia, bajo un modelo socialdemócrata, había desarrollado un sistema específico para recibir exiliados, especialmente latinoamericanos que escapaban de dictaduras. “Ya lo estaban haciendo con los chilenos… también con gente de Vietnam”, recuerda Alicia, ubicando su experiencia dentro de un proceso más amplio.

La llegada implica, primero, una pausa. Un tiempo de adaptación en espacios colectivos. “Vivíamos en un complejo de cabañas… dos o tres familias en cada una”, describe. Allí, durante los primeros meses, el eje está puesto en lo básico: aprender el idioma, entender el funcionamiento del país, empezar de nuevo. “Te daban cursos de lengua… sueco, para que más o menos te ubiques”, explica. 

En pocos meses, el sistema empieza a desplegar otras capas. El Estado sueco no solo alojaba, sino que proyectaba la inserción. “En julio ya nos ofrecían ver en qué lugar íbamos a vivir, nos daban un estipendio…”, cuenta. Alicia se instala con su hijo en una de las llamadas “ciudades dormitorio” cercanas a Estocolmo. La vida empieza a ordenarse.

Sin embargo, ese orden no implica arraigo definitivo. Hay una idea que atraviesa todo ese período y que Alicia sostiene con claridad: el regreso siempre está presente. “Yo siempre ahorré… porque me iba a volver a la Argentina”, dice. No se trata de una posibilidad lejana, sino de una certeza íntima. El exilio, en su caso, no se vive como destino, sino como tránsito.

Ese tiempo en Suecia no se vive en soledad. Por el contrario, se construye una comunidad. “Los argentinos, uruguayos, chilenos… éramos como una gran familia”, recuerda. Se organizan encuentros, peñas, actividades culturales, fechas conmemorativas. “Para el primero de mayo, para el 24… tocábamos la guitarra, bailábamos”. 

Es en ese contexto donde aparece Luis. Su historia, como la de muchos, también está atravesada por la represión. “Luis había caído preso antes del golpe… por eso tuvo suerte, estuvo en una cárcel común”, explica Alicia, marcando una diferencia clave: no fue desaparecido, pero sí perseguido. Tras su liberación, y gracias al apoyo de organizaciones como Amnistía Internacional, logra exiliarse en Suecia, donde ya se encontraba su entonces pareja, Olga, con su hijo.

El encuentro entre Alicia y Luis no es inmediato ni forzado. Se da en la vida cotidiana. Él ya separado. Los hijos —Nicolás y Pedro— compartían espacios, iban juntos a clases de lengua materna. Vivían en el mismo barrio, en edificios cercanos. “Nos veíamos en todos lados… así nos empezamos a conocer”, dice. La relación crece de manera gradual, en un entorno donde las historias personales están atravesadas por experiencias similares.

Ese momento llega con el cambio de contexto político en Argentina. La guerra de Malvinas primero, y luego el proceso de apertura democrática, modifican el escenario. “Fue vertiginoso… cambió todo de un día para el otro”, dice. Alicia inicia entonces los trámites necesarios para regresar, incluso teniendo en cuenta que existía un pedido de captura en su contra, que finalmente es desestimado en el marco del retorno democrático.

El regreso se concreta el 5 de octubre de 1984. “Fue maravilloso haber vuelto”, sintetiza. No es una vuelta ingenua: el país al que regresa no es el mismo que dejó, ni ella tampoco. Pero hay una decisión clara de reinsertarse, de reconstruir nuevamente, esta vez en su propio país.

El regreso y Aurora

El regreso a la Argentina en 1984 no significó un cierre, sino el inicio de otra etapa atravesada por tensiones, expectativas y frustraciones. Volver implicaba reencontrarse con un país que había cambiado, pero también con una historia que seguía abierta. Para Alicia, ese retorno estuvo marcado por una sensación ambigua: por un lado, la posibilidad de reconstruir una vida en su propio territorio; por otro, la evidencia de que las respuestas no llegarían con la inmediatez que se esperaba.

Durante los primeros años de la democracia, los juicios a las Juntas generaron una expectativa de justicia que, sin embargo, se vería rápidamente limitada. Las leyes de obediencia debida y punto final primero, y los indultos posteriores durante el gobierno de Carlos S. Menem, marcaron un punto de quiebre. “Por supuesto que reaccionamos… hubo marchas”, recuerda Alicia, aunque también reconoce el impacto de esas decisiones: la sensación de retroceso, de impunidad reinstalada.

Ese contexto no fue abstracto. Para las familias de los desaparecidos, implicó volver a enfrentarse con la ausencia de respuestas, con causas inconclusas, con responsables sin condena. Es en ese escenario donde la figura de Aurora Fraccarolli adquiere una dimensión central. No solo como madre de Humberto, sino como parte fundacional de una de las organizaciones más importantes en la lucha por los derechos humanos en Argentina.

Aurora fue una de las catorce mujeres que comenzaron a reunirse en la Iglesia de la Santa Cruz y que luego darían origen a Madres de“Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos”, el relato de Alicia sobre la desaparición de su esposo Plaza de Mayo. “Cuando secuestran al Pancho, ella empieza a ir… se empiezan a juntar… y ahí arranca todo”, explica Alicia, ubicando su historia personal dentro de una construcción colectiva. Esa transformación —de madre que busca a su hijo a referente de un movimiento— no fue espontánea, sino resultado de una decisión sostenida en el tiempo.

Desde entonces, su vida quedó atravesada por una única dirección: la búsqueda de Humberto y de todos los desaparecidos. Participó de las rondas en Plaza de Mayo, impulsó gestiones, articuló con organismos internacionales y fue parte activa de procesos que resultaron fundamentales, como la creación del banco genético de datos que permitió, años después, identificar a nietos apropiados y restos de desaparecidos. “Trabajó muchísimo para armar el banco de sangre… Gracias a eso se encontraron un montón de nietos”, destaca Alicia.

Pero su rol no se limitó a lo institucional. En Gualeguaychú, su ciudad, Aurora fue también una referencia ética y política permanente. Fundó la Casa de Madres de Plaza de Mayo local, un espacio que continúa activo y que articula memoria, educación y derechos humanos. “Siempre estaba donde había que reclamar justicia”, sintetizan distintas voces que la conocieron.

“Esa fue la última vez que nos vimos todos juntos”, el relato de Alicia sobre la desaparición de su esposoLas definiciones sobre su figura coinciden en un punto: su dimensión excedía lo individual. El periodista Carlos Del Frade la describió como “la mujer más luminosa de Gualeguaychú”, cuya presencia “atravesó fronteras y se convirtió en símbolo de lo mejor de un pueblo”. Hernán López Echagüe la llamó “inquebrantable”, mientras que organismos de derechos humanos como la APDH la definieron como “una mujer excepcional, Madre Coraje, que llevó en alto su demanda de memoria, verdad y justicia hasta el final”.

Esa construcción también aparece en testimonios más íntimos. Para quienes compartieron espacios con ella, Aurora no solo buscaba a su hijo: acompañaba a otros, contenía, organizaba, enseñaba. En ese sentido, su figura se amplía: deja de ser solo la madre de Humberto para convertirse en madre de todos. Una mujer que, atravesada por la pérdida, eligió no replegarse, sino expandir su maternidad en la lucha.

Alicia lo expresa sin grandilocuencia, pero con claridad: Aurora estuvo siempre. En la búsqueda, en la organización, en el acompañamiento. Incluso en los años más duros, incluso cuando las políticas de impunidad parecían clausurar toda posibilidad de justicia.

Sin embargo, hay un dato que atraviesa toda su historia y que define, en gran medida, la dimensión del daño: Aurora murió sin saber qué había pasado con su hijo. Falleció en 2006, cuando aún no se había producido la identificación de los restos de Humberto, que recién sería confirmada años después por el Equipo Argentino de Antropología Forense. 

La tarea permitió vincular restos hallados décadas atrás con identidades concretas. En el caso de Humberto, el punto de partida estaba en un hallazgo temprano: sus restos habían sido encontrados en diciembre de 1978 en las costas de Pinamar y Villa Gesell, en un contexto asociado a los vuelos de la muerte. Sin identificación posible en ese momento, fue enterrado como NN en el Cementerio Municipal de General Lavalle.

La identificación llegó recién a fines de 2009, más de treinta años después de su secuestro. Fue posible gracias al cruce de datos genéticos con el banco de sangre impulsado por familiares. “Con la sangre de Aurora… con ese banco que se había hecho, pudieron identificarlo”, explica Alicia, trazando una línea directa entre la lucha de las Madres y el trabajo científico.

Sin embargo, esa situación comenzó a transformarse con el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, cuya labor permitió, en muchos casos, recomponer los rastros y devolver certezas allí donde durante años solo hubo ausencia. Pero antes de ese momento, hubo algo más que sostuvo la presencia de Humberto en el tiempo: los testimonios de quienes compartieron el cautiverio y los pequeños objetos que lograron sobrevivir al horror.

El libro Lilí. Relato de un secuestro, de la autora y sobreviviente Cristina Bustamante, reconstruye la experiencia en la Comisaría 5ª de La Plata, uno de los centros clandestinos donde también estuvo detenido Humberto. Allí aparece no sólo como víctima, sino como presencia activa entre otros detenidos, en un contexto atravesado por la violencia pero también por gestos mínimos de humanidad.

En esa misma línea, María Cabral aporta una escena que condensa esa dimensión:

“Y cuando la noche se confundía con el día llegaban las canciones murmuradas por el miedo a la represalia… y para Nicolás, Humberto Fraccarolli, Canción de cuna costera… sé que de alguna forma llegarían hasta ellos”.

A esa trama de voces se suma una huella material que condensa, como pocas, la persistencia del vínculo: el rosario que Humberto logró hacer en cautiverio, con migas de pan e hilos de ropa, y que, a través de otros detenidos liberados, llegó a manos de Aurora. No era solo un objeto: era una prueba de vida, un gesto íntimo en medio del terror, una forma de inscribir su presencia allí donde todo estaba pensado para borrar, y que le permitió a Aurora, Máximo, Alicia y Nicolás reconstruir su presencia.

Ese tipo de restos —fragmentarios, tardíos, muchas veces insuficientes— permiten vislumbrar una dimensión clave de estos procesos: la verdad no solo fue difícil de alcanzar, sino que en muchos casos llegó cuando ya era demasiado tarde para quienes la habían buscado durante años. Ese hecho no es menor. Dedicó su vida a una búsqueda cuyo resultado no llegó a conocer.

Y sin embargo, su legado no quedó suspendido en esa ausencia. Por el contrario, se proyecta. En los espacios que ayudó a construir, en las personas que acompañó, en las generaciones que continúan acercándose a la Casa de Madres en Gualeguaychú. “Eso yo no lo puedo creer… que sigan yendo jóvenes”, dice Alicia, con una mezcla de sorpresa y reconocimiento.

En esa continuidad, Aurora aparece como lo que muchos definen: “Madre de las Madres”, pero también madre de muchos otros. No en un sentido simbólico vacío, sino en una práctica concreta de cuidado, de acompañamiento y de lucha. 

Es en ese mismo escenario donde figuras como la de Aurora permiten entender que, incluso frente a la falta de respuestas, hay formas de sostener la memoria que no se agotan en el tiempo. Porque si algo queda claro en esta historia es que, aunque el Estado haya demorado —y en muchos casos negado— las respuestas, hubo quienes nunca dejaron de preguntar. Y en esa insistencia, en esa forma de habitar el dolor sin resignarlo, se construyó una parte fundamental de la memoria argentina.

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