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Contexto

Normalizar la incertidumbre

¿Hacia dónde va el mundo? ¿De qué dependerá? En realidad de un haz de impulsos, unos con mayor peso que otros.

Redacción Por Redacción
15 de enero de 2026
incertidumbre

Por Jorge Zepeda Patterson

Tomar decisiones en medio de la incertidumbre se ha vuelto la nueva norma. Claudia Sheinbaum debe hacerlo con la precaria confianza que otorga la última llamada telefónica con Trump; un estudiante necesita elegir una carrera sabiendo que el avance de la Inteligencia Artificial puede convertir a su profesión en un anacronismo a la mitad de sus estudios; los empresarios comienzan a sospechar que las dosis de certidumbre que necesitaban para iniciar o ampliar un negocio no van a regresar. Gobiernos, empresas y familias se verán obligadas a aprender a vivir en un mundo sujeto a la inestabilidad, a los cambios inesperados, a los imprevistos; es decir a lo no previsto.

La pandemia, con sus devastadores efectos, fue el primer y más radical aviso del fin de las certidumbres. Putin contra Ucrania, o Trump y su estilo de negociación basado en la desestabilización, han hecho lo propio en materia de geopolítica o comercio exterior. La mejor importación o exportación es aquella que se diseña como una operación cada vez; adquirir inventarios se ha convertido en apuesta de alto riesgo.

El problema es que las fuentes de inestabilidad se han multiplicado, más allá de la pandemia, Putin y Trump. Más aún, en realidad los anteriores son expresión de causas más profundas, fuerzas telúricas que sacuden nuestras vidas. El cambio climático, que ha dejado de ser una causa políticamente correcta para las buenas conciencias, se ha convertido en productor incesante de huracanes, de fuegos devastadores, de sequías que trastocan los ciclos agrícolas, de inundaciones homicidas.

La globalización que conocimos durante casi cuatro décadas hoy está en revisión; no desaparecerá, pero tampoco sabemos en qué terminará luego de la ola de proteccionismos que recorre el planeta, producto del resentimiento de los muchos afectados.

El predominio de las redes sociales como espacio de configuración de la opinión pública, de valores morales o de patrones de consumo nos convierte en rehenes de procesos azarosos sobre los cuales nadie tiene control.

Parecería que el mundo ha entrado en una etapa en la que no existe un piloto en la nave, por más que Donald Trump quiera atribuirse el papel. Nunca como ahora los estados habían sido tan vulnerables a los designios del capital, de las plataformas digitales, de las redes sociales y de su propia precariedad. La crisis de credibilidad de la clase política, un fenómeno universal, ha provocado que la alternancia en el poder sea la nueva norma. La inconformidad de públicos alimentados de expectativas irreales y malacostumbrados a la satisfacción inmediata, nos ha convertido en víctimas de jilgueros de verbo encendido y ego desmesurado, irresponsables y carismáticos, con poca o nula capacidad para gobernar, pero una habilidad innata para provocar o encender los ánimos. Los políticos operan en la inmediatez del corto plazo, apelan a las emociones y se disputan el poder sin posibilidad real (o deseos) de encarar los problemas estructurales que aquejan a sus comunidades.

Y si los Estados nacionales han perdido capacidad de conducción, los organismos multilaterales viven en el descrédito, la bancarrota y la impotencia. La ONU, la FAO, la Unión Europea y equivalentes viven horas bajas, incapaces de llenar el vacío generado por la incapacidad de gobernanza de los Estados nacionales.

¿Hacia dónde va el mundo? ¿De qué dependerá? En realidad de un haz de impulsos, unos con mayor peso que otros. Algunos humanos, otros no tanto. De las decisiones de los Elon Musk, los Zuckerberg, los Bezos y sus ejecutivos, dedicados a competir entre sí para maximizar ganancias o para hacerse del instructor de gimnasio o el chef que está de moda. Dependemos también de las determinaciones de oscuros gestores de los fondos de inversión capaces de hundir la economía de Sierra Leona o Bolivia aunque nunca hayan pisado su suelo. De los políticos arribistas y hombres fuertes que ganan elecciones y luego someten al país a sus delirios de grandeza. De la velocidad con la que sigamos destruyendo el planeta y los ecosistemas, y de las formas en las que la naturaleza nos responda por la vía de desastres naturales o epidemias inesperadas. De la evolución de la inteligencia artificial y su impacto en las formas de empleo y la modificación de la vida cotidiana.

En ese contexto, hombres y mujeres de a pie tenemos poco que hacer salvo encontrar el mejor equilibrio posible entre los beneficios que ofrecen las nuevas tecnologías, las ventajas que otorga, ni duda cabe, la velocidad con la que se mueve el mundo y la libertad que solo se consigue sabiendo que lo importante está en otro lado. La vida esta hecha de cosas que no podemos controlar, chapotea en la incertidumbre y exige a los países y a las personas agilidad para adaptarse pero también fortalecer el ancla interior para alimentar las propias certezas.

Y ese es un trabajo de cada cual consigo mismo y con los suyos. En lo que respecta a México la magnitud de sus problemas y su difícil vecindad pueden llegar a ser abrumadores. Habrá que buscar el modo, como individuos y como comunidad, de encontrar el balance entre la interdependencia con los demás y la autosuficiencia o autonomía en temas estratégicos y vitales.

En lo que toca a lo colectivo, al comparar los políticos del resto del mundo, me parece que hay una nota esperanzadora en la entereza y convicción con la que Claudia Sheinbaum afronta los duros desafíos. Nada garantiza que podamos cruzar con éxito los tiempos turbulentos que amenazan hacerse permanentes, pero al menos hay razonables expectativas de que lo hagamos con cierta dignidad.

Artículo publicado en elpais.com

Temas: análisisPerspectiva
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