La conclusión, a comienzos de 2026, de un acuerdo de libre comercio entre India y la Unión Europea no es una mera formalidad económica: es una manifestación temprana de cómo los grandes actores no occidentales —o periféricos en el sentido tradicional— están reconfigurando el sistema comercial mundial. Tras casi 20 años de negociaciones, Nueva Delhi y Bruselas sellaron un pacto que promete profundizar las relaciones entre dos bloques que, juntos, representan casi el 25 % del PIB global y cerca de una tercera parte de la población mundial; un mercado que excede en escala a cualquier otro tratado bilateral moderno.
Para entender el alcance de este pacto, primero hay que verlo como síntoma y como estrategia. Durante las últimas décadas, India ha transitado de ser un actor relativamente cerrado en comercio exterior a convertirse en una de las economías más dinámicas del planeta. Con políticas como Make in India y una creciente competitividad en sectores manufactureros, servicios y tecnología, Nueva Delhi ha buscado inscribir su crecimiento en marcos que exceden la simple exportación de materias primas. El acuerdo con la UE es, en ese sentido, mucho más que un tratado: simboliza una apuesta por la integración productiva y por la legitimación de India como socio comercial de primera en un mundo cada vez más fragmentado.
Desde la perspectiva europea, el pacto responde a varias urgencias acumuladas: la necesidad de diversificar socios comerciales en un contexto de tensiones con Estados Unidos y China, la búsqueda de nuevas rutas para bienes industriales avanzados y servicios, y la consolidación de un bloque que puede competir tecnológicamente a escala global. El FTA con India, descrito por la presidenta de la Comisión Europea como la “madre de todos los acuerdos”, expresa la intención de transformar lo que era un intercambio económico convencional en una red de interdependencias estratégicas.
A diferencia de los acuerdos comerciales típicos, que suelen liberar mercados sobre la base de líneas arancelarias puntuales, este pacto abarca una profunda desgravación en bienes y servicios —cubriendo cerca del 97 % del comercio mutuo- y adelanta una transición estructural: desde aranceles promedio del 90 % en ciertos rubros (como automóviles en India), hasta niveles cercanos al 10 % en un horizonte de implementación. Además, ambos bloques han acordado facilitar inversiones, mejorar acceso a servicios profesionales y articular reglas que reduzcan barreras no arancelarias.
Pero la lógica del tratado va más allá. India obtiene acceso preferencial a un mercado europeo concentrado en bienes de alto valor agregado: textiles, calzado, farmacéuticos y joyería indios podrán competir con arancel cero o muy reducidos en uno de los mercados más ricos del mundo. A su vez, empresas europeas —desde fabricantes de maquinaria hasta productores de vino y automóviles eléctricos— se abren paso en el vasto mercado indio, con tasas de entrada que, hasta ahora, habían sido prohibitivas.
Éste no es un simple intercambio de bienes más baratos. Es un dispositivo que reconfigura estructuras productivas y cadenas globales de valor. India, insertándose con fuerza en sectores que tradicionalmente estuvieron dominados por China o por redes norteamericanas, está reclamando una posición de agencia en el sistema global. En paralelo, la UE busca consolidar su liderazgo tecnológico y su autonomía estratégica frente a presiones comerciales externas —especialmente en energías limpias, tecnología y bienes intermedios sofisticados.
No obstante, el tratado no es homogéneo ni exento de tensiones. Por ejemplo, cuestiones como el mecanismo de ajuste de carbono en frontera (CBAM) siguen sin resolverse plenamente y plantean una pregunta crucial: ¿puede coexistir un tratado de libre comercio con estándares divergentes en clima y sostenibilidad? La evidencia más reciente sugiere que, aunque el acuerdo incorpora discusiones posteriores sobre estos mecanismos, el camino para integrar políticas ambientales ambiciosas sin penalizar la competitividad exportadora todavía está en construcción.
En un momento histórico en el que Estados Unidos endurece políticas arancelarias y China sigue consolidando sus cinturones comerciales, India y la UE han elegido no esperar. Este pacto no es una invitación a la globalización sin reglas, ni un retorno ingenuo a los años de apertura irrestricta. Es, más bien, un reconocimiento pragmático de que la globalización —como proyecto económico y político— necesita alianzas que se sostengan en objetivos estratégicos compartidos.
Para India, el FTA representa una ventana de oportunidad para promover manufactura, empleo y diversificación de exportaciones. Para la UE, es una vía para mantener relevancia industrial y acceder a un mercado creciente sin depender exclusivamente de alianzas tradicionales. Para el mundo, es una señal de que los pactos multilaterales —aunque revisados y reconfigurados— siguen siendo herramientas centrales para navegar tensiones geopolíticas y crisis económicas.
Si algo queda claro tras este acuerdo es que el comercio no es solo intercambiar productos y servicios; es reconfigurar estructuras de poder, anticipar crisis y —sobre todo— definir quiénes participan en la escritura de las reglas de la economía global.
El tratado UE-India entra en vigor a partir de 2027, tras procesos de ratificación y ajuste. Pero su legado ya se siente: no solo por lo que promete para balanzas comerciales, sino porque representa una visión política y económica que busca asegurar, para Europa y para India, un lugar central en el siglo que se viene.
Groenlandia o el botín: cuando el arquitecto incendia su propia casa









