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Sexualidad en las personas mayores: una forma de seguir habitando el cuerpo con libertad

Aceptar los tiempos lentos del cuerpo es el primer paso para vivir una intimidad soberana que prioriza el afecto sobre la biología. Claves para entender que la piel mantiene su sensibilidad más allá de lo que digan los documentos o el reloj. 

Gustavo AroPorGustavo Aro
13 de mayo de 2026
La sexualidad en la vejez desafía prejuicios y demuestra que el deseo no tiene fecha de vencimiento.

La sexualidad en la vejez desafía prejuicios y demuestra que el deseo no tiene fecha de vencimiento.

Cuando hablamos de sexualidad en personas mayores, lo primero que tenemos que hacer es limpiar el concepto. Hay una tendencia generalizada -y bastante injusta- a pensar que la sexualidad es sinónimo exclusivo de genitalidad o de una competencia sexual que nos vendieron (y nos venden) en las series o en las películas. Pero la sexualidad es mucho más que un encuentro puntual. Es la capacidad de sentir placer, de dar y recibir afecto, de reconocerse en el cuerpo del otro y de habitar el propio. Es, en definitiva, una forma de comunicación que no tiene fecha de vencimiento.

Para una persona mayor, la sexualidad puede ser un abrazo prolongado, la complicidad de una mirada o el erotismo de la piel que, aunque cambie su textura, no pierde su sensibilidad. Jubilarse del trabajo es un derecho, pero jubilarse del deseo es, muchas veces, una imposición cultural que muchas personas mayores se terminan creyendo.

¿Deseo o mandato?

Llegados a cierta etapa de la vida -esa que varía según el camino recorrido por cada uno- surge la gran pregunta: ¿Hacemos sexo porque queremos o porque hay que seguir siendo funcionales?

En muchas parejas de larga data, el sexo puede empezar a sentirse como un mandato. Existe esa presión social de no dejarse estar o de demostrar que todavía se es joven. Sin embargo, cuando el sexo se vive como una obligación, pierde su esencia y se convierte en una carga burocrática.

El gran salto humanista ocurre cuando entendemos que, en la madurez, el sexo pasa de ser una urgencia hormonal (como en los 20) a ser una necesidad de conexión. Ya no hay apuro. No hay que demostrarle nada a nadie. El sexo se vuelve una elección consciente para reafirmar la vida frente al paso del tiempo. Como dicen algunos especialistas, se pasa de una sexualidad de cantidad a una de calidad, donde el placer no está necesariamente en el orgasmo final, sino en el recorrido.

El cuerpo avisa: disfunciones y realidades médicas

Claro que no todo es poesía. El cuerpo tiene sus tiempos y sus cambios biológicos. Es importante hablar de esto sin vueltas, porque el silencio es lo que alimenta la angustia.

En el hombre, la disfunción eréctil es una realidad frecuente pero no una sentencia de muerte para la vida sexual. Médicamente, después de los 60, hay una disminución natural de la testosterona y cambios en la vascularización que pueden dificultar la erección. Pero hoy la ciencia ofrece soluciones que van desde la medicación (el famoso Sildenafil -la pastillita azul- y sus derivados) hasta tratamientos hormonales. Lo más importante es lo psicológico: el hombre suele asociar su masculinidad a la rigidez, y cuando el cuerpo no responde como antes, aparece el miedo al fracaso. Ese miedo es el principal enemigo, porque genera una ansiedad que bloquea cualquier respuesta natural.

Este miedo al fracaso actúa como un verdadero saboteador interno que transforma el encuentro íntimo en un examen de rendimiento. En lugar de estar presente en el cuerpo de su pareja, el hombre se convierte en un espectador de sí mismo, monitoreando su respuesta física con una lupa cargada de juicios. Esta vigilancia constante dispara lo que la sexología denomina ansiedad de desempeño, un estado de alerta que inunda el torrente sanguíneo con adrenalina.

Biológicamente, la adrenalina es enemiga de la erección: mientras que el placer necesita relajación y flujo sanguíneo hacia los genitales, el miedo ordena al cuerpo priorizar la supervivencia, retirando la sangre de la periferia para prepararse para una supuesta huida. Así, se cierra un círculo vicioso demoledor donde el temor a que nada pase es, precisamente, lo que garantiza que nada ocurra. Desarmar este nudo requiere desplazar el foco del resultado final hacia el proceso del disfrute, entendiendo que la madurez invita a una sexualidad más libre de metas y mucho más rica en significados humanos.

En la mujer, se habla mucho menos de la disfunción sexual femenina, pero existe y duele. Con la menopausia, la caída de los estrógenos produce sequedad vaginal y cambios en la elasticidad, lo que puede volver la penetración algo incómodo o incluso doloroso. A esto se le suma una disminución de la libido que muchas veces es más emocional que física. La buena noticia es que existen geles, estrógenos locales y, sobre todo, la necesidad de redescubrir otras zonas erógenas.

La sexualidad femenina en la madurez tiene la ventaja de estar liberada del miedo al embarazo, lo que permite un disfrute más relajado si se logra romper el prejuicio de que “ya no se está para esos trotes”.

La sexualidad en la vejez es, ante todo, un ejercicio de vulnerabilidad aceptada. Es decir: “Este es mi cuerpo hoy, con sus cicatrices, sus arrugas y sus tiempos lentos, y aun así, soy un ser deseante”.

Lo que nos salva de caer en el vacío es la ternura. La sexología moderna insiste en que, cuando los genitales ya no son los protagonistas absolutos, el erotismo se expande a todo el cuerpo. El juego previo puede durar un día entero de buen trato, de palabras al oído o de compartir un momento de paz.

En una sociedad que nos quiere productivos o transparentes, seguir habitando nuestra sexualidad es la forma más honesta de decir que estamos vivos. Porque el deseo no entiende de documentos ni de años. Entiende de piel, de ganas y de ese fuego sagrado que solo se apaga cuando dejamos de mirarnos a los ojos.

El deseo, la ternura y el placer también forman parte de la vejez.
El deseo, la ternura y el placer también forman parte de la vejez.

Palabra de especialista

Hoy Día Córdoba abordó el tema con la psicóloga y sexóloga Silvia Aguirre.

“Cuando hablamos de sexualidad en la vejez, el primer movimiento suele ser compasivo y médico: qué pueden hacer los viejos, qué dificultades enfrentan, qué recursos tienen a su disposición. Ese encuadre, aunque bien intencionado, ya contiene una trampa. Supone que el problema es biológico y que la solución es técnica. Pero el obstáculo más profundo no es corporal: es político. La sociedad contemporánea asocia el deseo con la juventud, la productividad y el valor de mercado del cuerpo. En esa lógica, el cuerpo viejo es un cuerpo que ha dejado de ser útil y, por lo tanto, un cuerpo que ya no tiene derecho al placer. La gerontofobia sexual no es un prejuicio menor: es una consecuencia coherente de un sistema que sólo reconoce la sexualidad cuando puede ser consumida, exhibida o capitalizada. Nombrar eso explícitamente es el primer paso para pensar de otra manera”, explica la profesional.

Hoy Día Córdoba: ¿Por qué el coitocentrismo se vuelve una forma de violencia al envejecer? 

Silvia Aguirre: El guion sexual dominante que hereda el patriarcado es profundamente coitocentrista: reduce la sexualidad al coito heterosexual, sitúa en él el inicio y el fin del encuentro, y mide la vida sexual por la capacidad de realizarlo. Este reduccionismo no es inocuo para ninguna edad, pero se vuelve especialmente violento cuando el cuerpo atraviesa transformaciones que lo hacen difícil o imposible. El envejecimiento trae consigo cambios reales: menor lubricación vaginal, modificaciones en la erección, dolores articulares, fatiga, mayor tiempo de respuesta. Pero estos cambios sólo representan una pérdida si se los mide con la vara del coito como meta. Si en cambio el horizonte es el placer en su sentido más amplio -la piel, la presencia, la ternura, el orgasmo por vías múltiples, la intimidad como experiencia en sí misma- entonces el cuerpo que envejece no está en falta: simplemente está proponiendo otras formas. El problema del coitocentrismo no empieza en la vejez. Empieza mucho antes, cuando se enseña que el sexo “verdadero” es uno solo, que todo lo demás es preliminar o sustituto. Quienes llegan a la vejez habiendo ampliado ese repertorio tienen muchos más recursos para atravesar los cambios corporales sin vivirlos como derrota. El trabajo, entonces, no es exclusivo de la vejez: es de toda la vida.

HDC: ¿Es posible animarse a romper los moldes? 

S.A.: Algunas personas mayores ejercen su sexualidad de maneras que desafían abiertamente las normas. No lo hacen como excepciones simpáticas ni como curiosidades: lo hacen como actos políticos, aunque no siempre lo nombren así. Son lo que podría llamarse apóstatas del sistema: personas que retiran su lealtad al guion establecido y proponen, con sus propias vidas, que otra cosa es posible. La filósofa argentina Esther Díaz, pasados los 80 años, habla abierta y frontalmente de su vida sexual, de su deseo por varones jóvenes, de la contratación de trabajo sexual como ejercicio de autonomía. Acuña la imagen del “clítoris nómade”: el placer que no se queda quieto, que se mueve con la vida, que no depende de una anatomía fija ni de una edad fija. Es una imagen conceptual tan precisa como provocadora: propone que el deseo tiene plasticidad, que se adapta, que migra, que sobrevive al tiempo si se le da espacio. Isabel Allende, de manera diferente y más discreta, narra que pasados los 70 años eligió divorciarse porque ya no encontraba en su vínculo la pasión que necesitaba. Lejos de resignarse, inició una nueva relación en la que encontró otra forma de sexualidad y de intimidad. Ninguna renuncia. Ninguna concesión a la norma que dice que a cierta edad ya no corresponde buscar. Estos casos no son modelos a imitar: son pruebas de que el deseo no tiene fecha de vencimiento si no se lo aplasta. Y su valor pedagógico no está en los detalles de sus vidas privadas sino en la pregunta que instalan: ¿qué me impide a mí hacer algo parecido? ¿Qué mandato estoy acatando sin haberlo elegido?

HDC: ¿El deseo se construye desde joven o aparece de repente? 

S.A.: Quienes llegan a la vejez con mayor capacidad de sostener una vida erótica activa no lo hacen por casualidad ni por ventaja biológica. Son, en general, personas que a lo largo de su vida prestaron atención a su deseo, que no lo postergaron indefinidamente, que pudieron tolerar cierta incomodidad con las normas. La historia de la sexualidad en la vejez se escribe mucho antes. Esto tiene consecuencias prácticas. El trabajo sobre la sexualidad no debería reservarse para cuando ya hay problemas, ni pensarse como exclusivo de la adolescencia. Es un trabajo de toda la trayectoria vital: revisar los mandatos recibidos, ampliar el vocabulario del placer, aprender a reconocer el propio deseo más allá de lo que el guion autoriza, construir vínculos donde la sexualidad pueda evolucionar en lugar de petrificarse.

HDC: ¿Tenemos ahora la “obligación” de seguir activos? 

S.A.: Hay un riesgo en el discurso que celebra la sexualidad en la vejez: construir una nueva norma. Si antes el mandato era que los viejos no deben tener sexo, el nuevo mandato progresista podría ser que los viejos deben seguir teniéndolo para “envejecer bien”. Eso es igualmente violento. No toda persona mayor quiere una vida erótica activa, y su decisión merece el mismo respeto que la de quien sí la quiere. El principio que vale no es la actividad sexual como indicador de salud o de libertad. El principio que vale es otro: que nadie tenga que renunciar a su deseo por mandato externo. Ni por la norma que dice que los viejos no deben, ni por la contranorma que dice que los viejos deben a toda costa. La meta es la soberanía sobre el propio deseo, sea cual sea su forma. No existe “la sexualidad en la vejez” como categoría uniforme. Existen personas singulares con historias singulares, con cuerpos específicos, con deseos particulares, con vínculos concretos. La pregunta útil no es “qué pueden hacer los viejos” sino “qué quiere esta persona en particular y qué obstáculos encuentra para quererlo o para actuarlo”. Lo que sí puede decirse con claridad es esto: el deseo no tiene por qué pedirle permiso a la edad.

 

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