La escena cultural despide a uno de sus referentes más brillantes y disruptivos: Julio Le Parc, el artista argentino que revolucionó la percepción visual y puso el arte en movimiento, murió este sábado 30 de mayo de 2026 a los 97 años en París. La noticia fue confirmada por su hijo, Yamil Le Parc, quien precisó que el creador falleció como consecuencia de un progresivo declive en su salud que en el último tiempo le había impedido continuar con sus habituales viajes internacionales. Al momento de su partida, el artista se encontraba internado desde hacía dos días en el Hospital Americano de la capital francesa, manteniendo hasta el último aliento la expectativa por su próxima gran retrospectiva en la prestigiosa Tate Modern de Londres. “Luchó hasta el final, estaba muy ilusionado con esa muestra”, reconoció su hijo al confirmar el deceso del maestro.
La partida de Le Parc se produce en un momento de reconocimiento internacional sostenido. Su obra, que habitó desde las plazas de París hasta los museos más importantes del mundo, se preparaba para una nueva etapa de visibilidad global en Londres, donde se exhibirán más de sesenta piezas que recorren siete décadas de una trayectoria marcada por la experimentación constante con la luz, el color y el movimiento.

El legado de Le Parc no solo reside en sus icónicas esferas o móviles, sino en su inquebrantable compromiso por sacar al arte de los pedestales elitistas para entregárselo a la percepción directa del ciudadano común.
De la humildad en Palmira a la rebelión estudiantil en Buenos Aires
Nacido el 23 de septiembre de 1928 en la localidad mendocina de Palmira, Le Parc provino de un hogar humilde, hijo de una costurera y un empleado ferroviario en una vivienda que carecía de servicios básicos como el agua corriente. Esta experiencia de carencia no solo marcaría su mirada social, sino también su vínculo con lo colectivo dentro del arte. Al trasladarse a Buenos Aires en busca de oportunidades, su formación se inició en las escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Sin embargo, su espíritu inquieto lo llevó a abandonar temporalmente la educación formal en rechazo a la rigidez académica del momento, trabajando en esos años como portero del Teatro Colón y participando como extra en el circuito teatral independiente.
Su regreso a la academia en 1955 no fue para adaptarse, sino para transformar el sistema. Como presidente del centro de estudiantes de la Pueyrredón, encabezó junto a otros artistas un movimiento que ocupó el edificio durante un mes. El objetivo era exigir la modificación de la orientación artística, el diseño de nuevos planes de enseñanza y el reemplazo de directivos y maestros anclados en el pasado. Este espíritu combativo dio sus frutos tres años después, cuando un decreto presidencial de Arturo Frondizi oficializó los nuevos planes de estudio.
El destino de Le Parc cambió radicalmente a mediados de 1958, tras quedar impactado por una exposición de pinturas en blanco y negro de Victor Vasarely en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. “Teníamos que ir a ver lo que pasa en París”, recordaba el artista sobre la curiosidad que sentía junto a sus compañeros por conocer las tendencias de vanguardia. Gracias a una beca de la embajada francesa, se trasladó a París, ciudad donde terminaría radicándose definitivamente tras descubrir que el academicismo también había invadido las galerías europeas, algo que calificó como una «monotonía» que debía ser rota.
El Grupo GRAV: la investigación visual como herramienta democrática
Instalado en la capital francesa, Le Parc fundó a principios de los años 60 el Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV) junto a Francisco García Miranda, Horacio Demarco, Joël Stein, Francisco Sobrino, Horacio García Rossi y los franceses François Morellet e Yvaral. El objetivo era desafiar las estructuras tradicionales de la pintura clásica y la contemplación estática. “Queríamos desafiar el sistema del arte. Primero fuimos un centro de estudio y después un grupo con fuerte presencia de artistas latinoamericanos en París. La diferencia, para nosotros, era que el objetivo plástico estaba constituido por el movimiento y por la participación del público”, explicaba el maestro.
El GRAV buscaba que el arte funcionara solo si el público dejaba de estar fuera del sistema. Sus obras se caracterizaron por el uso de materiales simples y mecanismos que generaban complejos efectos sensoriales. A través de sus famosas «máquinas de luz», Le Parc buscaba “sacar al espectador de lo estático”, permitiendo que la obra estuviera en constante transformación e inestabilidad. Esta búsqueda alcanzó su punto máximo en 1966, cuando obtuvo el Gran Premio Internacional de Pintura de la XXXIII Bienal de Venecia, un hito que demostró que la experimentación más avanzada podía surgir de artistas formados fuera de los grandes centros del mercado tradicional.
Para Le Parc, el criterio del público era soberano. Implementó cuestionarios en sus muestras para conocer qué pensaba la gente, descubriendo que la opinión espontánea solía ser superior a la de los especialistas. “Cuando a la gente se le pregunta lo que piensa, realmente se toma el tiempo de responder y dar su criterio. Y cuando leés esas opiniones, muchas de ellas son reflexiones muy superiores a las de un crítico de arte y mucho más directas y honestas porque no están atadas a prejuicios”, sostenía. Recordaba con humor una anécdota en Madrid, donde un director de museo se oponía a que el público eligiera una obra para donación: “Me decía, soy la persona más capacitada para elegir la obra, tengo formación académica y mucha experiencia en el arte y además conozco este museo mejor que nadie”. Finalmente, el público eligió la misma obra que el director, demostrando que “el público es capaz, tiene criterio, por más que no conozcan la teoría ni el mercado”.
Contra los «artistas inflados»
La trayectoria de Le Parc estuvo marcada por una inquebrantable coherencia ideológica que lo llevó a un «exilio forzado» del circuito de las grandes muestras individuales durante 39 años. Tras su renuncia a una exposición en el Museo de Arte Moderno de París en 1974, no volvió a tener una muestra personal de gran escala hasta 2013 en el Palais de Tokyo. Su postura era clara: rechazaba los mecanismos de comercialización que privilegiaban la moda sobre la creación. “Los mecanismos actuales generan artistas que están inflados artificialmente”, denunciaba, señalando que los grandes monopolios y el valor económico dictaban qué era arte.
Para Le Parc, el sistema condicionaba a los jóvenes artistas a competir en lugar de colaborar. “Se exacerba el individualismo, se deja de lado la confrontación, la reflexión que de forma natural existe entre los jóvenes. Es un camino en el que el triunfo significa pasar por esas cosas, ingresar al mercado… y así, poco a poco, la parte de curiosidad del artista va quedando de lado”, reflexionaba. Criticaba que el valor artístico se midiera por el precio de venta: “Si un artista establece buenas relaciones y un buen comportamiento con un galerista y entre ambos consiguen vender cada vez más y más caro… pareciera que automáticamente el valor artístico fuera creciendo. Se llegó a una situación absurda en la que se dice que si se pagó tanto por este cuadro tiene un valor artístico muy importante, aunque yo no lo crea o no lo vea”.
Su activismo no se limitó a las palabras. Fue expulsado de Francia en 1968 por participar en un atelier popular durante el Mayo Francés, boicoteó la Bienal de San Pablo en 1969 contra la dictadura brasileña y protestó en Puerto Rico por prisioneros políticos en 1970. A pesar del «castigo del medio», nunca claudicó. Sostenía que los ideales no mueren: “Cuando lo social explota, ellos [los nuevos artistas] aparecen y crean movimientos que buscan transformaciones que tienen la idea o buscan que haya transformaciones en la vida cotidiana”. Advirtió sobre la complacencia con una frase célebre: “El artista adquiere el hábito de no hacer nada mientras cree que puede hacerlo todo”.
Sus pasos por Córdoba
Nuestra provincia tuvo el privilegio de celebrar su vigencia en 2018, cuando presentó “Visión Le Parc” en Casa Naranja, una muestra que recorrió siete décadas de trayectoria con piezas emblemáticas como el Mobile Rombo y Lumière Vibration. Aquella visita, en el marco de sus 90 años, permitió a los cordobeses interactuar con sus famosos «anteojos para una visión diferente» y sus experimentos de luz rasante que buscaban acentuar la luz en movimiento. Fue un recordatorio de que su arte, basado en principios matemáticos y la persistencia retiniana, seguía asombrando a nuevas generaciones.

El cierre definitivo de su carrera física —pero no de su influencia— se dará este 11 de junio en la Tate Modern de Londres. La retrospectiva, organizada en estrecha colaboración con el maestro antes de su muerte, exhibirá más de sesenta obras, incluyendo la icónica “Esfera Azul” adquirida por la institución en 2024. Los visitantes podrán recorrer un laberinto sinuoso de instalaciones interactivas, como 64 Reflective Blades (2017) o la serie Game Room, donde se invita a pulsar botones y girar elementos.

Hasta sus últimos días, Le Parc mantuvo un sueño: la “Le Parquización” de Buenos Aires, un proyecto para montar una mega exposición que uniera el Palacio Libertad (ex (Centro Cultural Kirchner) con intervenciones lumínicas en el Obelisco y el Teatro Colón. “No hay crisis para el arte, solo falta de recursos”, solía decir su hijo Yamil sobre estos planes.
Y aunque el maestro ya no esté para ver sus móviles reflejando la luz en Londres o Buenos Aires, su obra continuará cumpliendo su promesa: recordar al espectador que su mirada, su movimiento y su juicio crítico son los que terminan de crear el arte. Argentina despide a un genio, pero el movimiento que inició en los años 60 seguirá vibrando en cada destello de luz que invite a la reflexión y al juego.









