En la historia del rock argentino de los años 80, Miguel Zavaleta ocupó un lugar difícil de confundir. Suéter, con Zavaleta al frente, formó parte de una generación que modificó la escena musical en un momento de profundas transformaciones políticas y culturales, pero lo hizo desde una identidad propia, atravesada por el humor, la ironía y una particular sensibilidad para la canción.
El músico murió este lunes a los 71 años, luego de atravesar un cáncer. La noticia fue confirmada por amigos y colegas cercanos, entre ellos Hilda Lizarazu y el periodista Sergio Marchi, quien lo recordó como un “tipo muy genial y divertido” y como una de las figuras que mejor representaron el espíritu de aquellos “locos años 80”.
Zavaleta había construido una carrera de más de cuatro décadas y, aunque su nombre quedó inevitablemente ligado a Suéter, su recorrido comenzó antes de aquella banda. En los últimos años de la década del 70 integró Bubu, un grupo de rock progresivo relacionado con la escena underground porteña. En ese circuito también se movían músicos que luego formarían parte de Los Abuelos de la Nada, Los Twist y otras bandas fundamentales de la renovación que atravesaría al rock argentino.

Fue en ese ambiente donde Zavaleta comenzó a desarrollar una personalidad artística que después encontraría en Suéter su expresión más reconocida. La banda se formó en 1981, con Zavaleta como cantante y tecladista, y tuvo entre sus primeros integrantes a Gustavo Donés, Juan del Barrio y Jorge Minissale. El grupo apareció así en una escena que empezaba a abrirse a nuevas influencias y a dejar atrás algunas de las formas más tradicionales del rock local.
El contexto histórico también favoreció ese proceso. Durante la dictadura, las restricciones para difundir música extranjera hicieron que las radios recurrieran con mayor frecuencia a los artistas argentinos. Zavaleta recordó aquel momento años después con una expresión precisa: los musicalizadores “se dieron vuelta y aceptaron a los músicos locales”. De ese modo, muchas bandas que hasta entonces se movían en circuitos más reducidos comenzaron a encontrar una audiencia mucho más amplia.
En ese nuevo escenario convivieron propuestas muy diferentes. Los Abuelos de la Nada, Los Twist, Virus, Soda Stereo, Los Redondos y Zas fueron algunos de los nombres que participaron de una renovación que sumó nuevos sonidos, estéticas y formas de relacionarse con el público. Suéter encontró allí su propio espacio, con canciones que podían ser accesibles y radiales, pero que al mismo tiempo incorporaban una mirada poco convencional.
La banda combinó new wave, pop, rock y reggae, mientras Zavaleta aportaba una forma de interpretar que se alejaba de la solemnidad. “Elefantes en el techo”, “Amanece en la ruta”, “Vía México”, “El anda diciendo” y “Extraño ser” quedaron entre las canciones más recordadas de aquel período. Con el tiempo, varias de ellas dejaron de pertenecer exclusivamente a los años 80 y pasaron a formar parte del repertorio que distintas generaciones volvieron a escuchar.
Entre esos títulos, “Amanece en la ruta” se convirtió en uno de los mayores clásicos de Suéter. La historia de la banda también quedó vinculada a Charly García, quien produjo uno de sus discos más importantes y participó en la realización de la versión de “Jugo de tomate frío”. La relación entre ambos músicos fue, además, una muestra de los cruces que caracterizaron a aquella escena.
Sin embargo, sólo hablar de Zavaleta como el personaje festivo de los años 80 sería dejar afuera una parte importante de su formación. Era sobrino del pianista de jazz Enrique “Mono” Villegas y, aunque durante su juventud había rechazado ese género para acercarse al rock, con el tiempo volvió a estudiar jazz. En una entrevista con Rolling Stone, contaba que había llegado a tocar “cuatro o cinco horas de standards por día”.
Esa amplitud también aparecía cuando hablaba de su relación con la música. En aquella conversación, realizada a propósito de la edición física de su disco solista No lo sé, suerte, quizás, Zavaleta explicaba que su vínculo con el escenario había comenzado mucho antes de su carrera profesional: “Yo tengo mi propio show desde los cuatro años”, decía. La frase no era solamente una ocurrencia. A continuación explicaba qué significaba para él actuar frente a un público: “La gente se reía y yo lo sabía, porque era ridículo. Eso significa que nací para el escenario. Es lo único que sé hacer, en el único lugar en el mundo donde me siento cómodo y seguro”.
Esa relación entre escenario y personalidad atravesó toda su carrera. Zavaleta podía hablar de composición y de sus referencias musicales con seriedad, pero también encontraba en el humor una forma de contar su propia historia.
Durante los últimos años, continuó trabajando como solista y participando de distintas formaciones de Suéter, además de acercarse a artistas de generaciones posteriores. Entre esos encuentros estuvo Goyo Degano, de Bandalos Chinos, grupo que Zavaleta consideraba una de las propuestas más elegantes surgidas en el país en las últimas décadas.
Su vínculo con Suéter tampoco quedó limitado al recuerdo. En 2024 volvió a reunirse con músicos de distintas etapas de la banda en La Trastienda, junto a Tito Losavio, Beno Guelbert y Ale de Silvestre. El encuentro permitió recuperar parte de aquel repertorio y reencontrar sobre un escenario a músicos que habían compartido distintos momentos de una historia iniciada más de cuarenta años antes.
Al recordar aquella generación, Zavaleta también hablaba de las circunstancias que habían acompañado su recorrido. Durante una visita a una muestra del Museo Histórico Nacional dedicada a la escena de los años 80, mencionó a algunos de los artistas con los que había compartido aquellos años, entre ellos Fabiana Cantilo, Hilda Lizarazu, Daniel Melingo y Cachorro López.
Sobre esa experiencia, dejó una frase que condensaba su mirada sobre aquella época: “Por una vez en la vida tuve la suerte de estar en el lugar correcto en el momento indicado”. Y, fiel a una personalidad que nunca dejó demasiado espacio para la solemnidad, completó la reflexión con otra de sus bromas: “Si yo hubiera transformado en plata todo lo que me reí, sería George Soros”.

A los 71 años, su muerte deja atrás una carrera extensa, varios discos y un conjunto de canciones que todavía forman parte de la memoria musical argentina. Pero también queda una manera particular de entender el oficio: hacer música sin perder el humor, moverse entre distintos géneros sin quedar encerrado en ninguno y asumir el escenario como el lugar donde, según sus propias palabras, se sentía cómodo y seguro.









