Mientras el Quality Arena se colmaba y miles de personas ocupaban sus lugares con serenidad y buena vibra, intercambiando algunos saludos a la distancia o enredándose en abrazos con amistades de la vida, era imposible no preguntarse por sus historias: cuándo habrían llegado a Serú Girán, qué significaba para cada uno aquella música, qué habían ido a buscar esa noche.
Algunos probablemente conocieron a la banda en sus comienzos, allá por 1978, cuando, después de una temporada en Buzios y con escala en San Pablo, Charly García, David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro echaron a rodar un viaje que se extendería hasta 1982, con cuatro discos de estudio: Serú Girán (1978), La grasa de las capitales (1979), Bicicleta (1980) y Peperina (1981), además de los registros en vivo No llores por mí, Argentina (1982) y Yo no quiero volverme tan loco, grabado en 1981 y editado en 2000.
Otros se habrán sumado cuando los cuatro, después de encarar proyectos solistas de dispar trascendencia y tras una década de silencio, volvieron a reunirse para grabar Serú '92 y emprender una gira que dejaría como registro En vivo I y En vivo II (ambos de 1993).
Y no faltarán quienes esquiven esa segmentación, quizá más propia de un estudio de mercado que de esta columna, porque en algún momento de la vida, y a lo largo de estas últimas cinco décadas de historia contemporánea, se sintieron cerca de Serú o de alguno de sus integrantes. Al fin y al cabo, antes de encontrarse en aquella mansa aldea de pescadores -cercana a Río de Janeiro- para empezar de cero una vez más, los cuatro ya eran figuras.
Empezamos a escuchar algunas referencias. Si los habían visto en el Club Municipal en 1979, cuando una discusión entre Charly García y la periodista Patricia Perea diera origen a Peperina. Si habían estado en alguno de los tantos conciertos en Atenas o en aquellas ediciones del Festival de Música Contemporánea de La Falda que organizaba el querido Mario Luna. Si habían formado parte del curioso recital que la banda ofreció en Río Tercero en 1981, por iniciativa de una delegación estudiantil, y que refiriera Maxi Carranza en Tiempo Anfibio. Si estuvieron en aquel Chateau Carreras de diciembre de 1992 en el que muchos se decepcionaron. O si habían escuchado las versiones póstumas que Lebón, García o Aznar realizaron de aquel catálogo imperecedero.
Pero todos parecían haber ido a buscar algo más. Vivencias, capas de experiencia dejadas en el camino. Compartir un pedacito de tiempo a solas, en este mundo acelerado de rutinas agobiantes: pools, largas distancias, cuentas que pagar y demasiados engranajes que deben aceitarse todo el tiempo. Interesar a quienes no participaron del “universo Serú” cuando existía. Muchos concurrimos con nuestros hijos.
Cuando la banda, con David y Pedro al frente, sale al escenario, mientras nos atoramos con los últimos vestigios de un catering que fue atacado como si el Apocalipsis estuviera a la vuelta de la esquina y nos requiriera comidos, percibimos que sobrará energía. Aunque Charly y Moro no estén, el formato elegido demuestra que, afortunadamente en este caso, los años no fueron en vano. Pedro Aznar se ocupó de buena parte de la conformación de la banda y de la preparación musical del espectáculo. Intercambia instrumentos constantemente. Está atento a las voces, a los arreglos, a los sonidos. Lebón es el emblema de aquellas canciones; con su guitarra y su voz es el corazón, late y bombea. No hace falta más para identificarlo.
Y detrás de ellos hay una banda joven pero curtida, que tiene una tarea nada sencilla: versionar sin copiar. Cumple su misión con excelencia. Lebón y Aznar han contado que respetaron los arreglos originales, tanto de estudio como de las versiones en vivo, y que en otros casos combinaron aquellas formas con nuevas posibilidades. El repertorio tampoco fue pensado como un simple desfile de éxitos. Están, naturalmente, Canción de Alicia en el país, Viernes 3 AM, Peperina, Noche de Perros (punto altísimo del concierto), Cuánto tiempo más llevará, Esperando nacer, Cinema Verité, No llores por mí, Argentina o Seminare. Pero también aparecen Frecuencia Modulada, El mendigo en el andén, San Francisco y el lobo, En la vereda del sol, Déjame entrar, A cada hombre, a cada mujer, Uno en uno y otras canciones que merecían volver a ser escuchadas.
Estamos frente a dos músicos que participaron de la concepción, la grabación y la interpretación de un acervo indeleblemente inscripto en la memoria cultural argentina, volviendo sobre él desde el presente, sin sonar como un tributo a sí mismos.
Porque Serú Girán no fue solamente una banda. Encarna un tiempo que refleja quiénes fuimos. Una manera de entender el rock argentino cuando todavía podía ser, al mismo tiempo, sofisticado y popular, experimental y emocional, político y poético. Una propuesta que tuvo que hacerse camino contra las críticas iniciales, contra la censura de la dictadura militar y cierta cerrazón de la que se contagiaron hasta sus propios seguidores. Charly García lo dijo alguna vez: el público tiene más ego que el artista.
Después de los bises, mientras nos despedimos del momento y empezamos a digerir el recuerdo, pienso en Oscar Moro, aquel genial baterista que disfrutamos tanto. Y pienso en el inconmensurable Charly. Dos colosos en serio, cada uno de ellos en su viaje. Y aparece aquella “Separata” del primer disco de la banda que Charly escribió anticipándose como tantas veces, quizá para excusar el faltazo:
Estaba solo / Tan solo como un hombre a veces debe de estar / Sabía que casa,
mi casa / Estaba lejos, lejos, lejos de todo / Y faltaba poco para subir otra vez a
tocar. Y tal vez / No tuve ganas de verlos / De estar con ustedes / Y quedé / Solo
en mi cuarto / Leyendo de un ave / Que vuela y no muere
Pero atenti, que no decaiga: Lebón y Aznar se reencontraron con Serú y lo compartieron con nosotros. Y por un rato, nos despertaron del letargo.
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