Fue entonces cuando se abrieron las puertas de la institución -también llamada Casa de Huérfanas Nobles o Colegio de Niñas-, a esta mujer española y pobre de más de 40 años, madre de un hijo de crianza y que gozaba de buena fama entre sus vecinos, acusada nada menos de coperanta del delito de falsificación de moneda en los que estaban involucrados su hijo Tomás y su sobrino Marcos.
Seguramente, María Teresa respiró aliviada al ingresar al establecimiento dedicado a la educación de las mujeres, tras sufrir las penalidades de un largo proceso judicial, que incluyó el encierro en una celda precaria y desgastantes esperas en el marco de su sustanciación.
Esta etapa abría una nueva oportunidad para la mujer a quien le había cambiado drásticamente la vida unos años atrás, aunque había dejado a su hijo completamente loco y encerrado por tiempo indeterminado en la cárcel del Cabildo junto a numerosos homicidas, ladrones y otros tantos acusados de cometer múltiples delitos. A tal punto llegó el deterioro mental del joven, que se arrastraba por la celda “como un animal cuadrúpedo fuera del alma racional que Dios le infundió en su creación”.
Todo había comenzado el 18 de diciembre de 1790, cuando la maquinaria judicial se puso en marcha al recibir la denuncia del comerciante Juan del Signo contra Tomás González por intentar pagarle un apero con cuatro monedas de plata falsas. Él había fabricado las piezas de estaño con la ayuda de su primo Marcos González en la casa de María Teresa González quien, además, había facilitado una suma de dinero para comprar el molde con el que confeccionaron las piezas.
Cabe recordar que, para el derecho castellano de raíz romana y medieval, la acuñación de moneda falsa no se consideraba un mero delito patrimonial, sino un crimen de lesa majestad, porque equivalía a atentar contra uno de los atributos sagrados y soberanos de la figura del monarca- por ese entonces, Carlos III-. Tras la huida de su sobrino y la enajenación mental de su hijo, María Teresa quedó como la única responsable del hecho y fue pasible de ser castigada con “pena de fuego”, como lo solicitó el fiscal Arce en agosto de 1792. Es decir, debía morir quemada.
Sin embargo, gracias a los buenos oficios de su defensor de pobres, Juan Luis de Aguirre y Tejeda, logró salvar la vida. Aunque resultó castigada con dureza, si pensamos que la pena asignada fue equiparada a la de los autores, a quienes también se les impuso ocho años de presidio, en suspenso en ambos casos.
Por lo tanto, el castigo impuesto también llevó implícito un cuestionamiento a su desempeño como madre, según insinuó el fiscal a lo largo del proceso. Sin embargo y debido a su origen social y la pública fama de la que gozaba, resultó beneficiada por el destino asignado para cumplir la pena: un espacio de enseñanza destinado a niñas españolas huérfanas, que pasaban sus infancias custodiadas por maestras hasta casarse o ingresar al convento.
Un lugar en el que la clausura estaba normada y en el que solo se aceptaba que las niñas salieran en días festivos, entierros, procesiones o por motivo de vacaciones en verano; y la comunicación con el exterior se hacía exclusivamente a través de dos tornos: el de portería y el de sacristía.
La historia de María Teresa ha sido rescatada recientemente por el Museo de San Alberto, en la visita que lleva por nombre Los Misterios de la Casa. En la misma también se repasan e interpelan roles y comportamientos asignados a las mujeres que vivieron durante los tiempos coloniales, mediante el uso de técnicas escénicas y dramáticas dentro de un espacio de exposición con fines educativos, narrativos y de entretenimiento.
La experiencia de “ver” y “escuchar” a María Teresa encarnada en una actriz que la representa magníficamente y ofrece una versión libre de algunos años cruciales de su vida- que trabajé y publiqué hace unos años en la obra Mujeres delincuentes -, dan cuenta de la importancia que reviste la comunicación pública de la ciencia, así como el trabajo colaborativo y horizontal que puede realizarse entre investigadores universitarios y del Conicet junto a gestores culturales y trabajadores de los museos.









