Volví entonces a aquel texto que había aprendido de chico, en una escuela católica, más por costumbre que por comprensión. Muchos años después, descubrí en esas páginas algo que entonces no había visto, o no había querido ver: la violencia y el horror de lo que allí se cuenta.
Pensé entonces en una de esas frases que repite la gente con una confianza asombrosa: “Si sucede, conviene”. El libro de Job parece escrito para demostrar la estupidez de esa idea. Job era, nos dice el texto sagrado, “varón perfecto y recto, temeroso de Dios, apartado del mal”. Tenía siete hijos, tres hijas, siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, es decir, un verdadero patrón de estancia de los tiempos bíblicos. No sólo era un hombre justo; incluso ofrecía sacrificios por si alguno de los suyos había pecado sin saberlo.
Después, todo se derrumba. Le roban los animales, mueren sus hijos, pierde sus bienes y finalmente pierde la salud. Sus amigos aparecen con una explicación bastante sencilla, si todo eso le está pasando, alguna razón existe. Nadie recibe semejante castigo siendo completamente inocente. Job debe haber hecho algo, pero él sabe que no.
Job no acepta que el sufrimiento sea una prueba de culpabilidad ni que toda desgracia tenga necesariamente una explicación moral. Cuando finalmente Dios aparece, tampoco le ofrece la respuesta tranquilizadora que uno esperaría. No le dice que todo ocurrió “por algo”, ni que el sufrimiento era necesario.
Le habla, entre otras cosas, del Leviatán que es una criatura monstruosa e indomable que ningún hombre puede controlar. Le recuerda que el mundo es mucho más grande que nuestra capacidad para comprenderlo y que no todo acontecimiento admite una explicación que nos deje tranquilos.
Pero hay una pregunta que Job no se hizo y que uno espera que surja del texto: ¿Alguien va a responder por la muerte de sus hijos o la destrucción de todos sus bienes? La pregunta importa porque no todo sufrimiento es destino. Hay desgracias producidas por decisiones, abusos, negligencias y relaciones de poder. Decirle a quien las padece “si sucede, conviene” puede ser una manera elegante de pedirle que se resigne.
Que una desgracia produzca eventualmente algo bueno no significa que la desgracia haya sido buena. Confundimos demasiado fácilmente el resultado con la justificación. Al final del libro, Job recupera sus bienes y vuelve a tener hijos. Pero los hijos muertos no vuelven.
Frente a ciertas injusticias no necesitamos encontrarles una utilidad. Necesitamos preguntar quién las causó y hasta cuándo estamos dispuestos a soportarlas.









