A los 80 años, después de atravesar la cárcel, la proscripción política, el regreso y una nueva campaña contra una derecha que parecía destinada a recuperar el poder, el dirigente del Partido de los Trabajadores consiguió una nueva victoria histórica. El domingo 25 de octubre derrotó a Flávio Bolsonaro por 51,8% contra 48,2% y obtuvo un cuarto mandato presidencial no consecutivo. La política brasileña acaba de escribir otro capítulo extraordinario, aunque las consecuencias de ese resultado todavía están lejos de resolverse.
La escena que siguió a la elección, sin embargo, ofrece una imagen mucho más reveladora que cualquier discurso de celebración. Flávio Bolsonaro primero se negó a reconocer la derrota y amenazó con impugnar los resultados. Después anunció que organizaría la oposición. Finalmente, este martes, las noticias sobre su salida de Brasil hacia Estados Unidos confirmaron el desenlace de una semana vertiginosa. La administración de Donald Trump anunció que facilitará visas para el senador y su familia, mientras en Brasilia todavía intentaban determinar las circunstancias de su partida.
El episodio tiene una gravedad política evidente. El lunes, el juez Alexandre de Moraes había ordenado a Flávio entregar sus pasaportes en el marco de una investigación por presunto lavado de dinero, en la que el senador niega haber cometido irregularidades. Bolsonaro incumplió el plazo judicial y sus documentos fueron cancelados. Su salida del país, confirmada por fuentes cercanas y por funcionarios estadounidenses citados por Reuters, constituye un nuevo capítulo de una historia familiar atravesada por el conflicto con las instituciones brasileñas.
No existe una sentencia que permita dar por probadas las acusaciones contra Flávio en esa investigación. Pero resulta políticamente significativo que quien pretendía conducir la oposición nacional haya terminado fuera del país inmediatamente después de perder las elecciones, en medio de una disputa judicial y tras haber anunciado que permanecería en Brasil. La imagen contradice el relato de fortaleza que el bolsonarismo intentó construir durante toda la campaña.
La comparación con Jair resulta inevitable. El expresidente también abandonó Brasil rumbo a Estados Unidos después de su derrota electoral de 2022. Más tarde regresó y fue condenado a 27 años de prisión por su participación en una conspiración golpista. Su trayectoria dejó una marca profunda en la democracia brasileña. Ahora, la partida de su hijo vuelve a poner en cuestión qué sucede cuando quienes dicen representar la voluntad popular solamente aceptan las reglas democráticas cuando estas los favorecen.
Por su parte, el presidente estadounidense cuestionó la legitimidad de la elección brasileña sin presentar pruebas que respaldaran sus insinuaciones. La disposición de Washington a facilitar la entrada de Flávio y su familia profundiza, además, el conflicto diplomático con el gobierno de Lula. El resultado electoral supone un revés para la estrategia estadounidense de recuperar influencia política en Brasil mediante un aliado ideológico. También confirma que América Latina continúa siendo un territorio de disputa entre proyectos nacionales que mantienen relaciones diferentes con Washington y Beijing.
La victoria de Lula interrumpe, al menos por ahora, la narrativa de una derecha regional destinada a avanzar sin obstáculos. Durante los últimos años, las dificultades económicas, la inseguridad, el desgaste de los oficialismos y la frustración de amplios sectores sociales alimentaron el crecimiento de dirigentes que prometían soluciones radicales. En Brasil, el bolsonarismo parecía reunir las condiciones para capitalizar esa tendencia. Sin embargo, Lula logró movilizar una coalición suficientemente amplia para imponerse en una elección ajustada y desmentir los pronósticos que daban por terminado su ciclo político.
Sería un error interpretar el resultado como una derrota definitiva de la derecha. Flávio obtuvo el 48,2% de los votos y el bolsonarismo conserva una fuerza considerable en el Congreso y en la sociedad brasileña. La polarización continuará, probablemente con mayor intensidad. El desafío de Lula será transformar una victoria electoral en capacidad de gobierno, sostener las políticas sociales y responder a las demandas de seguridad y estabilidad económica que también atraviesan a sus votantes.
Los mercados ofrecieron una primera advertencia. El lunes, la bolsa de São Paulo sufrió una caída del 13,9%, mientras el real se depreció con fuerza frente al dólar. Este martes, ambos indicadores recuperaron parte de las pérdidas. La reacción expresa las dudas de los inversores sobre la política fiscal, el endeudamiento público y la orientación económica del próximo mandato. Lula deberá demostrar que puede preservar el gasto social y, al mismo tiempo, ofrecer previsibilidad a una economía que enfrenta restricciones importantes.
Para la Argentina, el desenlace también tiene consecuencias. Javier Milei apostó políticamente por una alternativa alineada con el universo ideológico de Trump y los Bolsonaro. La continuidad de Lula obliga al Gobierno argentino a convivir con un presidente que representa una tradición política opuesta, pero conduce al principal socio comercial del país. El Mercosur, la industria automotriz, el comercio bilateral y la relación con China exigen un pragmatismo que la retórica ideológica no puede reemplazar.
El peronismo, por su parte, encontrará en la victoria brasileña un motivo de entusiasmo y una referencia para pensar su propia reconstrucción. Pero Lula no constituye una fórmula exportable automáticamente. Su trayectoria combina organización partidaria, negociación parlamentaria, políticas sociales y una capacidad excepcional para sobrevivir a derrotas que parecían definitivas. Convertir su triunfo en una consigna argentina sería mucho más sencillo que comprender las condiciones que lo hicieron posible.
Brasil ofrece hoy dos imágenes contrapuestas. De un lado, un dirigente de 80 años que vuelve a ganar las elecciones después de haber atravesado uno de los períodos más difíciles de su vida política. Del otro, el heredero de una familia que convirtió la confrontación con las instituciones en una parte central de su identidad y que ahora vuelve a quedar asociada a una salida hacia Estados Unidos después de una derrota electoral.
Lula deberá gobernar un país dividido, con una economía exigente y una oposición poderosa. La derecha conservará recursos para disputar el poder. Pero el resultado del domingo demuestra que el destino político de Brasil no estaba escrito de antemano. La democracia, con todas sus contradicciones, todavía puede producir sorpresas. Y a veces su acontecimiento más importante consiste en recordarles a quienes se consideran dueños del futuro que ninguna victoria está garantizada, ni ninguna derrota autoriza a desconocer las reglas del juego.
Flávio Bolsonaro se proclamó “líder de Brasil” y denunció fraude electoral









