Cada 11 de febrero el calendario señala una fecha que es, al mismo tiempo, celebración y denuncia. Desde 2015, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, el mundo reconoce formalmente el papel clave de las mujeres en la investigación científica y el desarrollo tecnológico.
Pero también admite, aunque a veces en voz baja, que esa contribución fue durante siglos minimizada, silenciada o directamente borrada.
La primera conmemoración oficial se realizó en 2016, con el respaldo de organismos como la UNESCO, ONU Mujeres y la Unión Internacional de Telecomunicaciones. El objetivo: promover el acceso equitativo a la educación, la capacitación y la investigación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), y desmontar las barreras estructurales que aún limitan la participación femenina.
Sin embargo, las cifras exponen la persistencia del problema. Según datos de la UNESCO, las mujeres representan hoy menos de un tercio de la comunidad investigadora mundial. La brecha no es solo una cuestión estadística: afecta la calidad, la diversidad y el impacto del conocimiento producido.
Elegir sin excluir
La historia de Silvia Kochen, médica neuróloga, investigadora principal del CONICET y secretaria de la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología, resume en primera persona el desafío de abrirse camino en un sistema pensado históricamente por y para varones.
“Desde que somos muy pequeñas, a las mujeres se nos enseña la importancia de optar, de elegir entre alternativas excluyentes”, reflexiona. Frente a esa lógica, Kochen resignificó la palabra “elegir” para negarse a aceptar que cada decisión implicara renuncias impuestas.
Eligió ser madre y científica, tener militancia política y carrera académica, sostener su práctica médica y dedicarse a la investigación en neurociencias. Eligió, incluso, explorar el lenguaje audiovisual y descubrir en el cine un nuevo territorio de expresión.
Su recorrido no es excepcional por el talento, que abunda entre científicas de todo el país, sino por la persistencia frente a modelos hegemónicos que durante décadas consideraron incompatible la excelencia académica con la maternidad, la vida social o el compromiso político. La trampa de la “opción excluyente” ha sido una de las formas más eficaces de disciplinamiento.
Cuerpos estudiados a medias
La invisibilización no solo operó sobre los nombres propios. También se inscribió en los propios objetos de estudio. Durante décadas, los ensayos clínicos se realizaron mayoritariamente sobre cuerpos masculinos, bajo la falsa premisa de neutralidad biológica. El cuerpo de la mujer fue considerado una variable “compleja”, atravesada por ciclos hormonales, y por eso mismo relegado.
El resultado fue un conocimiento incompleto: diagnósticos tardíos, síntomas mal interpretados y tratamientos diseñados sin perspectiva de género. Que recién en las últimas décadas se haya empezado a exigir la inclusión paritaria en investigaciones médicas revela hasta qué punto la ciencia también reprodujo sesgos sociales.
Premios, patentes y olvidos
La historia de la ciencia está atravesada por nombres de mujeres que quedaron al margen de los grandes reconocimientos. Investigadoras cuyos aportes fueron atribuidos a colegas varones, científicas que trabajaron en equipos donde el liderazgo masculino concentró premios y prestigio, inventoras sin patente. El llamado “efecto Matilda”, la tendencia a minimizar o negar los logros de las mujeres científicas, no es una anécdota del pasado, sino un fenómeno documentado.
Algunos ejemplos paradigmáticos de esta invisibilización son:
1. Rosalind Franklin – La estructura del ADN
Sus imágenes de difracción de rayos X fueron fundamentales para identificar la doble hélice del ADN. Sin embargo, el Premio Nobel de 1962 fue otorgado a James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins. Franklin murió en 1958 y durante décadas su contribución fue relegada a un segundo plano.
2. Lise Meitner – La fisión nuclear
Física austro-sueca que explicó teóricamente el proceso de fisión nuclear junto a su sobrino Otto Frisch. El Nobel de Química de 1944 fue concedido únicamente a Otto Hahn, su colaborador, omitiendo el rol decisivo de Meitner.
3. Jocelyn Bell Burnell – El descubrimiento de los púlsares Como estudiante de doctorado, identificó las primeras señales de púlsares en 1967. El Premio Nobel de Física de 1974 fue otorgado a su supervisor Antony Hewish y a Martin Ryle, sin incluirla.
4. Ada Lovelace – La primera programadora
En el siglo XIX desarrolló el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina (la máquina analítica de Charles Babbage). Durante mucho tiempo, su trabajo fue subestimado y considerado una mera asistencia al matemático británico.
5. Hedy Lamarr – Tecnología de comunicación inalámbrica
La actriz e inventora desarrolló, junto a George Antheil, un sistema de salto de frecuencia que es base de tecnologías como el WiFi y el Bluetooth. Su aporte fue ignorado durante décadas y recién en los años 90 comenzó a recibir reconocimiento.
6. Chien-Shiung Wu – Física nuclear
Su experimento fue clave para demostrar la violación de la paridad en física. El Nobel de 1957 fue otorgado a los teóricos Tsung-Dao Lee y Chen-Ning Yang, sin incluirla.
7. Esther Lederberg – Genética bacteriana
Realizó descubrimientos fundamentales sobre la transferencia genética en bacterias y el fago lambda. El Nobel de 1958 fue concedido a su esposo, Joshua Lederberg, y a otros colegas, sin reconocerla.
8. Nettie Stevens – Determinación del sexo cromosómico
Descubrió que el sexo biológico está determinado por los cromosomas X e Y. Su aporte quedó opacado por el mayor reconocimiento otorgado a Thomas Hunt Morgan.
Recordarlos no es un ejercicio de corrección retrospectiva, sino una forma de revisar críticamente cómo se construyó el «relato oficial» de la ciencia y de evitar que la historia vuelva a repetirse.
Paridad en ciencia y técnica: avances concretos desde Córdoba
En ese escenario global de desigualdad persistente, algunas experiencias locales muestran que el cambio no es una consigna vacía sino una construcción posible. A días de una nueva conmemoración del 11 de febrero, la Universidad Blas Pascal (UBP) difundió un dato significativo: actualmente el 50% de sus equipos de investigación están liderados por mujeres, y la cifra continúa en aumento.
La institución cuenta con seis Unidades Académicas de Investigación (U.A.I.) que abordan ejes tecnológicos, de sostenibilidad, jurídicos, educativos, de comunicación y diseño, además de la Córdoba Management School. En ese entramado interdisciplinario, el liderazgo femenino empieza a consolidarse como una política institucional y no como una excepción.
La Mgter. Pamela Cáceres, vicerrectora de Investigación, Innovación y Posgrado subrayó que, aunque durante el siglo XX las mujeres tuvieron presencia en los sistemas científico-tecnológicos, no siempre ocuparon posiciones de conducción. “Hoy podemos decir que ese desafío va logrando un progreso y esto contribuye a fomentar vocaciones científicas”, sostuvo.
Los datos internos acompañan esa tendencia: de los 113 estudiantes que se incorporaron en 2025 a proyectos de investigación, 72 son mujeres, tanto en modalidad presencial como a distancia. La base también se está ampliando.
La Esp. Marina Tulian integró un equipo que analizó entornos educativos desde la pedagogía del cuidado y una perspectiva integral. El objetivo fue traducir el conocimiento en recomendaciones de políticas públicas en educación. En 2025, además, participó como jurado en la Feria de Ciencias de Córdoba, donde observó un fenómeno alentador: “Hay una mayor participación de niñas y jóvenes en proyectos de ciencia y tecnología”.
Desde otro campo, la Lic. Mónica Nano dirige una investigación sobre las consecuencias que dejó la pandemia en las carreras de ingeniería de Latinoamérica, especialmente en las formas de enseñar y aprender. El estudio, desarrollado desde el Centro de Investigación Aplicada y Desarrollo en Educación (CIADE-ED), analiza el vínculo entre tecnología, educación y toma de decisiones basada en datos.
“Desde los 11 años tuve curiosidad por el ámbito tecnológico y cuando investigamos, favorecemos el desarrollo. El rol de las mujeres en la tecnología ha sido complicado, muchas tuvieron que pelear su lugar. Pensemos en las primeras programadoras: ellas son pioneras”, reflexionó.
En un contexto donde la desigualdad sigue siendo una realidad global, estos avances no cancelan la deuda histórica, pero sí muestran que la transformación es posible cuando hay decisión institucional, políticas sostenidas y nuevas generaciones dispuestas a ocupar espacios que durante décadas les fueron negados.
La ciencia necesita más mujeres no por corrección política, sino porque la exclusión empobrece el conocimiento. Recordarlo una vez al año es un acto de memoria. Convertirlo en política pública sostenida es la verdadera tarea pendiente.
Una científica argentina obtuvo el premio internacional “Mujeres en la Ciencia”









