De cuerpos envejecientes y tensiones patriarcales

Por Sol Rodríguez Maiztegui

Hace un tiempo tuve la fortuna de trabajar en un espacio socio cultural y recreativo para personas mayores. Fui su coordinadora durante cuatro años. En lugares como este, la mayoría de sus participantes son mujeres. Dialogar, saludar y encontrarme diariamente con mujeres, créanme ¡ha sido toda una escuela! Sentí a mis ancestras multiplicadas; a mi madre, a mis tías, a mis abuelas; al linaje femenino del que todos y todas venimos. Y... sentí multiplicado el patriarcado.

El patriarcado se filtra de infinitas formas. Pero esta vez quiero hablarles de la que percibo como más “tangible”. De aquella que tiene como protagonista al cuerpo físico. Al cuerpo físico femenino, específicamente.

  • ¡Tanto tiempo! ¡Qué linda estás!
  • Te veo cansada, ¿qué te pasa? (“Ups, no me maquillé”, pensé).
  • ¿Estamos más gordita?
  • Estoy a dieta.
  • No logro bajar la panza.
  • ¡Ay, mi panza!
  • Me teñí ¿te gusta?

Puedo confirmar en un 99% que estas han sido las frases sobre el cuerpo que más he escuchado (combinadas entre sí y con algunos otros aditivos). No solo porque a muchas me las decían al verme, sino porque en conversaciones de pasillo solían ser las que protagonizaban los diálogos iniciales; preludios del ingreso a los talleres, o del reencuentro tras los largos recesos.

Poner -literalmente- el cuerpo para dar comienzo a una primera charla. En este sentido, también puedo confirmar que a esas palabras dichas en voz alta, deberíamos sumarles los pensamientos de las miradas circundantes que sin decirlos buscaban en su disco duro los mismos recursos: “Ummmm, sí, está más gordita”.

Pasaron los años. Sin embargo, mis vivencias en aquel maravilloso espacio siguen siendo grandes maestras. Con el tiempo advertí que yo también había sido “programada” del mismo modo. Que yo también reparaba en los cuerpos antes que nada, ya a lo lejos, viéndola, viéndolo venir. Pero ¡oh, detalle! reparaba en los cuerpos jóvenes. Los cuerpos mayores, viejos, no admitían juicio en mis fugaces y automáticos pensamientos.

Trabajar con personas mayores, con la temática de la vejez y de las vejeces, con el tiempo, se transformaron en parte de mis pasiones. Estas me pusieron una condición: “antes de formar parte de tu listado de pasiones, deberás registrarte envejeciente”.

Y así fue como debí aprender a mirarme al espejo con mayor amor y amorosidad. Y así fue como empecé a deconstruir el patriarcado que me habita. Y así fue, es y deseo que siga siendo. Abrazar mis canas, mis arrugas. Mi panza, las huellas del paso del tiempo en mi fascinante cuerpo. Dejar de mirar (me) a los demás con las lentes mentirosas, impiadosas, correctoras, violentas, intolerantes, exigentes, misóginas del patriarcado y aprender a apreciar la belleza que me habita, que nos habita.

Un siglo atrás, una persona vivía la mitad de años que podemos vivir hoy. La vida de las personas hace 100 años no se ocupaba de poner sobre la mesa el propio proceso de envejecimiento como un tópico a desovillar en lo individual y comunitario.

Concluyo con una frase que interpela el patriarcado que me habita, ese que disfrazado de feminista reparador pro edad intenta romantizar el discurso sobre la vejez y el proceso de envejecimiento de cada uno de nosotros.:

“(…) la exaltación tan de moda de los aspectos positivos del envejecer impele a las personas mayores a tratar de evitar y superar el cuerpo mayor de todas las formas posibles. Estamos ante una nueva manera de no reconocer la diferencia que supone la vejez, de no valorarla ni respetarla, sino de rechazarla y estigmatizarla. Con este pensamiento binario que va del ‘cuerpo de desastre’ al ‘cuerpo juvenil’, que no tiene en cuenta que somos cuerpos cumpliendo años, que viven en circunstancias concretas y cambiantes, no vamos a ninguna parte. Necesitamos un lenguaje sobre la vejez que vaya más allá y que reconozca la especificidad del cuerpo que envejece. Un cuerpo que cambia, que nos obliga a repensar tanto el discurso de la pérdida como el del triunfo milagroso sobre la edad que supera todos los límites, cambios y achaques posibles”.

Sin reglas. Erótica y Libertad Femenina en la Madurez” de la investigadora feminista y profesora de la Universidad de Barcelona, Anna Freixas

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El Club de la Porota es una propuesta de Comunicación y Vejez para personas que abrazan la edad. O sea, para todas aquellas que se registren como lo que son ¡envejecientes! Hace unos días nos llegó este hermoso texto escrito por una integrante del Club que tiene 25 años de edad. Bajo el seudónimo de “La María” se lo compartimos para que lo disfruten. Gracias por acompañarnos.

Vieja

Vengo preguntándome qué es ser vieja.

Tengo 25 años. En mi comunidad me llaman "la abuela".

Así como yo, conozco a otras mujeres de menos de 55 años que se consideran viejas.
¡¡¡¡Lo somos!!!!

He aquí el gran dilema.

¿Qué es ser vieja?

La forma de vivir, los aprendizajes, las mañas, las recetas, los remedios caseros, las elecciones, la manera de relacionarme, el quehacer, las amistades, la adaptación a las nuevas tecnologías, a las nuevas maneras... todo parece ser símbolo de vejez.

Mas comprendo que los años traen consigo desarrollos corporales que algunos se potencian y otros van perdiendo fuerza, y eso es lo que me diferencia de una mujer de 70/80 años sin desmerecer la sabiduría adquirida en su trayecto.

¿Por qué voy a creer que está  mal sentirme vieja con 25 años?

¿Quién dice la edad que tengo que tener para serlo?

¿Por qué suponer la edad que tienen que tener mis amigues?

¿Quién delimita lo que tengo que hacer a esta edad y lo que no?

¿Quién puede medir lo que he aprendido o vivido hasta entonces?

Me siento vieja y me enorgullece. Apropiarme de tal adjetivo e ir amando cada cana que nace de mi cabello.

Me reconozco en mis actos y acepto.

Acepto

Que en realidad,

la verdad que descubro

en todo esto,

son los pasos…

Porque soy vieja, pero el desafío más grande, es continuar envejeciendo consciente en plena atención a las decisiones que tomo para mi cuerpo, mi mente y mi espíritu; decisiones que tejen el camino que me llevará a verme arrugada, vieja y agradecerme alegre por la plenitud de haberme auto-moldeado para entonces, gozar mi vejez con total libertad y empoderamiento.

El camino comienza al nacer.

No hay edades, no hay excusas, para explorar nuestra verdad.

Somos envejecimiento.

La María

 
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