Una mirada sobre ''El ángel topo''

Porota | Por Sol Rodríguez Maiztegui, Gerontóloga y Comunicadora

Desde que la película-documental de origen chileno se estrenó en Netflix muchas personas me recomendaron que la viera. Se trata de “El agente topo”, cuya directora es la reconocida documentalista Maite Alberdi.

¡Hablemos de ella entonces! Trataré de no “quemar” o “espoilear” la historia y si bien no prometo nada, creo que merece cada minuto destinado a verla, ya que lo que pueda decir es poco. Las interpretaciones seguro, serán disímiles y variarán de acuerdo a la edad y a la realidad de cada espectador.

La historia se desarrolla en un “Hogar de Ancianos”. El protagonista es Sergio (83), quien asume la misión de actuar como un residente y espiar el trato que le dispensan a una de las tantas mujeres que viven allí. En un comienzo la película me desconcertó. Creí que el objetivo era visibilizar el maltrato que, en muchos casos, sabemos que sucede en lugares similares, y/o confirmar una suposición pre existente que mancha a todas las instituciones de propósitos afines por igual: la vida en dichos establecimientos es horrible, tenebrosa, oscura, indeseable.
Me equivoqué. Adrede o sin querer, lo cierto es que más allá de algunas actitudes viejistas o edadistas como llamar a las personas “abuelas” o disfrazarlas hasta el punto de la ridiculización, la película deja en claro que por lo menos en esa residencia el trato es cordial, ameno, correcto y respetuoso.

Tópicos gerontológicos

“En el agente topo” la mayoría de sus personajes son reales. Y casi todo lo que se muestra es parte de la vida cotidiana de quienes viven en “San Francisco”, el hogar ubicado en “El Monte”, a 65 kilómetros de la capital chilena.
“¿Estoy loco?, o realmente están buscando mayores de 80 para ofrecerles un trabajo”, esboza un aspirante a topo.

“¿Sus hijos tendrán problema en que usted tenga este trabajo?”, pregunta el contratante a Sergio.

“Te voy a comprar un frasco de Actebral (neurotónico para fatiga mental)”, le dice el agente contratante también a Sergio, algo impaciente tras detectar que su espía no había aprendido algunos códigos de comunicación.

Cada uno de los fragmentos de diálogo que acabo de transcribir se asocian a estereotipos y prejuicios gestados hacia las vejeces: el asombro ante un anuncio que busca a una persona mayor para trabajar; el tutelaje por parte de familiares para la toma de decisiones que en otras etapas de la vida no se consultan; el aprendizaje asociado al deterioro o declive cognitivo, etcétera, son tópicos que pueden servir para trabajar sobre los estereotipos y prejuicios culturales que abundan hacia la vejez y las vejeces y que aceptamos sin interpelar, así como para reflexionar en torno a los derechos que se vulneran.

El Ángel Topo

A medida que la película avanzaba, y mis suposiciones perdían lógica con el argumento, pude ir más allá y conectar con lo que estaba sucediendo: Sergio recorre, camina el hogar diariamente. Habla con cada una de las personas con las que se cruza. También hay imágenes que lo muestran sentado durmiendo o compartiendo diálogos breves y profundos con las mujeres de por ahí. Las cuidadoras, la directora, el kinesiólogo, entre otros, no dialogaban con las personas; sólo se las distinguía ocupándose de las tareas de mantenimiento y operativas. Con excepción de las escenas en las que Sergio aparece, las personas residentes pasan el día quietas, calladas, sentadas y con la mirada perdida. Sergio escuchaba, al punto de “mentir” para que una de ellas con ¿alzheimer? creyera que sus hijos habían ido a visitarla. Toda la información que recopila Sergio en su rol de topo queda prolijamente registrada en un cuaderno. Incluso el misterio que le había sido encomendado por una hija sin tiempo para visitar a su mamá.

Una dura sentencia abriga los últimos renglones de su cuaderno de agente: “El blanco (mujer a la que debía espiar) necesita cuidados especiales que no sabemos si la clienta puede darle. No entiendo cuál es el sentido de esta investigación. La clienta debe enfrentar su culpa”.

La eterna compañera

Nos guste o no, las residencias existen. Afortunadamente hay muchas como “El Hogar San Francisco”. En este sentido, cabe preguntarnos: el buen trato, ¿es suficiente? Está claro que no hay confort y cordialidad que compensen una mirada, una charla, una palmada, una caricia sin tiempo, sin apuros. La soledad, esa eterna compañera, es la sombra que revolotea en “El agente topo” una película que pone en jaque nuestros prejuicios, interpela lo que cada uno espera de su propia vejez y nos obliga a preguntarnos si damos o hemos dado lo mejor para con los viejos que tenemos o tuvimos cerca.

 

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