Honrar la vida…
Es una virtud, es dignidad,
y es la actitud de identidad… más definida.
Es igual que darle a la verdad,
y a nuestra propia libertad, la bienvenida.
Por Mariana Morosi. Especial para El Club de la Porota
Recibir diagnósticos de enfermedades que amenazan la vida de seres queridos, familiares cercanos, amigos próximos, es muy triste y doloroso. El impacto es fuerte, suelen vivenciarse metafóricamente como situaciones de catástrofes, como terremotos o inundaciones, en algunas oportunidades como una “bomba”, donde la cotidianeidad se irrumpe, y todo aquello que ordenaba la vida queda en suspenso.
Los tiempos, los espacios, los proyectos quedan trastocados, como confusos, flotando, cuasi sin gravedad. Empiezan a coexistir emociones y pensamientos opuestos y extremos. Cuando la enfermedad, el deterioro y la posibilidad de la muerte sobrevuelan, nos preguntamos: ¿son ilimitadas las capacidades de tolerar el dolor? ¿Podremos hacer con “esto” que parece no tener forma ni sentido?
Como profesional en mi recorrido en psicooncologia y cuidados paliativos con niños, niñas y adolescentes, como en lo personal en mi rol de hija, nuera y amiga, he sido y soy testigo y protagonista de experiencias absolutamente conmovedoras que hoy me convocan a narrarlas para poder transmitir lo valioso que es “ofrecer el corazón, aun cuando todo parece perdido”.
Los procesos de enfermedad son parte de la vida. La finitud y la muerte es la única certeza que existe, y sin embargo, social y culturalmente son tabú. Nominarlas hasta nos genera desde un pensamiento mágico que las estamos invocando, apresurando.
¿Qué pasa si nos animamos a extrañar la mirada y desafiar lo inédito de acercarnos al otro cuando lo inevitable acontece? Con o sin posibilidades terapéuticas, incluso cuando ya no siempre se pueda curar, sí podemos y debemos seguir cuidando, acompañando. La ética del cuidado como lenguaje común.

Y estos párrafos son una invitación a ello. A conocer, difundir y promover la filosofía de los cuidados paliativos como derecho humano. Porque los cuidados humanizados para con el otro nos humanizan, y nos enriquecen en la mutua transformación, en una de las experiencias más profundas e íntimas de la vida. Estar disponible, sostener con la caricia y con la mirada, escuchar para habilitar lo innombrable, respetar silencios, estar presente, abrazar y validar.
En la adversidad descubrí ser parte de un todo. En lo profesional, pertenecer a un equipo interdisciplinario, que supo integrar a la persona y su familia en sus múltiples dimensiones, alojando con hospitalidad su padecimiento. Y en lo personal, sabernos el “equipazo” que construimos como familia, cobijados y sostenidos por amigos de la historia y de la vida.
Muchas personas sienten incomodidad ante situaciones de salud complejas. Increíble es observar los gestos amorosos que se multiplican, cuando “el que pone el cuerpo” demuestra conciencia plena de la situación, expresando aún con la mirada que el temor es enemigo de la confianza, la templanza y la paciencia necesarias para tolerar la incertidumbre.
El dolor de la lucidez nos hace desear a veces que la ignorancia nos proteja. Sin embargo la honestidad y claridad nos garantizan autonomía para tomar decisiones, poder “dejar en orden” aquello que nos alivie. Poder planificar de forma anticipada los cuidados y ciertas determinaciones vitales, que dan identidad.
Actos de amor únicos, irrepetibles e intransferibles… en esa generosidad recíproca en la que debiera danzar siempre la vida en comunidad.
En este transitar, he conocido, fortalecido y ofrecido mi “don”, que he pulido con formación, experiencia y los propios espacios de análisis, lo reconozco como el pilar del “corazón de vaca” que siempre me adjudicó mi abuela Chicha. Es tan satisfactorio disponer de ese corazón enorme, abierto pero también con límites. Y es por esto que somos en y con otros, y cada uno puede descubrir “el don que lo habita” y justamente “donarlo”.
En las situaciones difíciles, nos rodean oraciones, buenos deseos, pensamientos luminosos; e independientemente de cada creencia o individualidad, quedamos entramados por el objetivo común de acompañar a quien queremos tanto.
Y curiosamente los planos de la vida y la muerte quedan superpuestos, hasta entrelazados, porque en los momentos extremos nos sentimos abrazados por los que ya no están físicamente pero trascendieron en dichos, gestos, miradas, aromas y experiencias de vida; como así también por los que activamente se animan, ofrecen y tienden la mano en el aquí y ahora. En esta oportunidad, nos sentimos rodeados y nutridos por la cosecha de nuestros antecesores. Los hilos invisibles parecen brillar.
Que la conciencia de la finitud pueda ser horizonte y no frontera, que sea una invitación a preguntarnos cómo vivimos, cómo disfrutamos, en qué y en quienes invertimos nuestro tiempo, cómo damos sentido a la vida. Puede llegar el momento donde haya que “aceptar con dolor que los límites del cuerpo son más estrechos que los del deseo”, -parafreseando a Diana Braceras- y estar obligados a redefinir prioridades.
Pongo en valor la calidad y la calidez de la atención y cuidados que hemos tenido el privilegio de recibir, de profesionales, familiares y amigos. Confiamos en el devenir, porque más allá de cómo se componga el escenario, estaremos siempre honrando la vida, con dignidad, autonomía, libertad y cuidados amorosos.

*Mariana Morosi, así se presenta: “Mujer, esposa, madre, hija, hermana, tía, amiga… psicóloga con experiencia en psicooncología y cuidados paliativos pediátricos, actualmente miembro permanente del Área de Bioética del Ministerio de Salud de Córdoba”.
Espacio de diálogo sobre las olas de calor
El Club de la Porota invita a personas mayores y cuidadoras a participar de esta importante iniciativa, impulsada por CIPPEC y la Municipalidad de Córdoba, que busca conocer cómo las olas de calor afectan la salud, el bienestar y la vida cotidiana. Desde El Club de la Porota acompañamos y apoyamos esta acción porque creemos que escuchar las experiencias, necesidades y propuestas de las personas mayores es fundamental para construir políticas públicas de prevención y cuidado en nuestra ciudad.
La actividad se realizará a través de conversaciones en grupos pequeños. Será un espacio cercano, respetuoso y confidencial, coordinado por especialistas. No es necesario contar con conocimientos previos: cada vivencia y cada opinión son valiosas. Los encuentros tendrán una duración aproximada de dos horas. Quienes lo necesiten podrán asistir acompañados y durante la actividad se compartirá un café.
- Lugar: Salón de Situación del Palacio Municipal 6 de Julio, avenida Marcelo T. de Alvear 120.
- Miércoles 19 de agosto: De 10 a 12h: personas mayores de 60 a 74 años / De 14 a 16h: personas mayores de 75 años o más.
- Jueves 20 de agosto: De 10 a 12h: personas mayores, grupo mixto / De 14 a 16h: personas cuidadoras.
La participación requiere confirmación previa. Las personas interesadas pueden comunicarse con El Club de la Porota por WhatsApp al +54 9 3513 26-0243. Por esa vía también podrán solicitar información adicional sobre la actividad y el proyecto. ¡Muchas gracias por sumarte y participar! Esperamos que te pongas en contacto con nosotros. Tu experiencia y tu voz son muy valiosas.










