Vivimos un momento histórico en el que las poblaciones envejecen aceleradamente y, al mismo tiempo, las narrativas culturales sobre el envejecimiento se convierten en un campo de disputa simbólica. En ese contexto, la forma en que hablamos de la vejez no es un detalle estilístico: es un asunto cultural, político y comunicacional.
Como sostiene el neurocientífico argentino Mariano Sigman, el lenguaje no solo describe la realidad: la modela. Las palabras crean marcos de interpretación, consolidan creencias y organizan prácticas sociales. Pueden ampliar posibilidades o restringirlas. Pueden habilitar la dignidad y la autonomía de las personas o reforzar estereotipos.
Desde la creación de El Club de la Porota, el propósito ha sido claro: comprender la comunicación como herramienta de transformación cultural. Hackear el viejismo no implica negar la existencia del envejecimiento ni romantizar la edad; implica intervenir en los supuestos desde los cuales la narramos.
El desafío de los supuestos: ¿desde dónde comunicamos?
Uno de los supuestos culturales más extendidos asocia el envejecimiento con enfermedad, deterioro o pérdida de deseo. Este imaginario no opera solo a nivel simbólico: tiene efectos concretos en la subjetividad y en el cuerpo.
La psiquiatra y divulgadora española Marian Rojas Estapé explica que el cerebro no distingue con claridad entre amenaza real y amenaza anticipada. Cuando una persona vive bajo el miedo constante —por ejemplo, al paso del tiempo— su organismo responde con activación sostenida del cortisol, afectando su salud física y emocional. Las creencias culturales, por lo tanto, no son neutras: impactan en la experiencia biológica.
Si la cultura instala que la juventud es el valor supremo, configura un sistema de expectativas que condiciona la agencia, la autoestima y la participación social en edades avanzadas. Frente a esto, El Club de la Porota propone partir de otros supuestos, en sintonía con una mirada regenerativa.
¿Qué entendemos por regenerativo?
Lo regenerativo no es optimismo ingenuo ni negación del conflicto. Es una perspectiva que busca restaurar vínculos, sentido y potencia allí donde el relato dominante ha reducido la complejidad. Implica pasar de una narrativa centrada en el déficit a una narrativa centrada en la capacidad, la interdependencia y el valor intrínseco de la vida en todas sus
¿Cómo aplicar las Narrativas Regenerativas?
Hackear el viejismo requiere de un método. Las narrativas regenerativas no buscan embellecer la realidad, sino complejizarla y equilibrarla. Pueden aplicarse en al menos tres niveles:
1. Del déficit a la potencia
En lugar de centrar el relato en lo que “ya no puede” hacerse, se prioriza la participación, el deseo y el derecho. No se trata de transformar en heroínas a las personas mayores, llevando adelante acciones cotidianas, sino de evitar enfoques que presenten la edad como obstáculo excepcional.
2. Intergeneracionalidad real
La vejez no es un compartimento aislado. El concepto de “mente maestra” desarrollado por Napoleón Hill alude a la inteligencia colectiva que emerge cuando distintas experiencias se articulan en cooperación. Narrar la transferencia de saberes entre generaciones fortalece la idea de continuidad y reciprocidad social.
3. Nombrar con precisión y respeto
La Organización de los Estados Americanos impulsó la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, que establece marcos claros para el trato digno y no discriminatorio. En comunicación, esto se traduce en evitar infantilizaciones, generalizaciones y posesivos que diluyan la identidad individual. No se habla “por” las personas mayores; se construyen espacios para hablar “con” ellas.
Un llamado a la coherencia vital
Diversas corrientes de pensamiento contemporáneo sostienen que gran parte de nuestras acciones se organizan en torno a dos grandes emociones: el amor y el miedo. El viejismo se inscribe en el temor al propio futuro; la narrativa regenerativa propone ampliar la mirada hacia el reconocimiento y la interdependencia.
Comunicar sin viejismos no es un gesto retórico: es una práctica cultural que impacta en cómo cada generación imagina su porvenir. Implica revisar supuestos, ampliar representaciones y abrir nuevas conversaciones.
La pregunta central permanece vigente: ¿qué historias estamos contando sobre el paso del tiempo?, ¿estamos reproduciendo limitaciones o expandiendo horizontes?
Cambiar el relato no modifica mágicamente la realidad, pero sí transforma el marco desde el cual la habitamos. Y en sociedades longevas, el modo en que narramos la edad es también el modo en que diseñamos el mundo que habitamos y habitaremos. Donde se eliminen estereotipos, se habilita el buen trato. Y donde hay buen trato, la prolongación de la expectativa de vida deja de ser un problema para convertirse en una dimensión plena de la experiencia humana.









