María Meleck Vivanco, no vivir como si nada

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatián

“Había una vez una niña que nació en el Valle de San Javier, al oeste de Córdoba, justo detrás de la sierra de Comechingones, donde viven lagartos, escorpiones, matuastos, quitilipis y alimañas arcaicas. Su encuentro con la poesía sucedió con las primeras impresiones de belleza despiadada halladas en la Naturaleza. Luego vivió de manera poética, escribió versos y murió en una casita del Uruguay”. Una evocación de María Meleck Vivanco podría comenzar y terminar así, como si se tratara de un microrrelato infantil. Quizá en él estaría completa la esencia de una vida; no quedaría nada importante que agregar, a no ser la indicación de que en alguna parte están sus libros, aunque no sea fácil hallarlos. Y que hay en ellos muchas maravillas que no se interrumpen: “La continuidad del canto, se la debo a Dios y a los destrozos de la vida. Y también al veneno de un brebaje dulce que no mataba mis pájaros, sino que encendía el borde de sus alas”.

Luego de nacer, crecer y mirar tanta maravilla en ese valle agreste de Traslasierra, jovencísima, Vivanco se fue a Buenos Aires sin pasar por Córdoba. Así pues, aunque cordobesa, el suyo fue un estricto y quizá deliberado no pasaje, una declinación de la ciudad que era famosa por sus iglesias y su universidad. Llegada apenas a la gran urbe, consiguió trabajo en la editorial Claridad como traductora de francés y correctora de pruebas, y se integró a la bohemia porteña en los años 40 y 50: Enrique Molina, Francisco Madariaga, Olga Orozco, Javier Villafañe, Jacobo Timerman, Aldo Pellegrini, Oliverio Girondo, Norah Lange, Alejandra Pizarnik, Juan Jacobo Bajarlía, Alfredo Martínez Howard (quien la hospeda durante un tiempo) son algunos de sus amigos y compañeros de “travesuras”, que noche a noche se reunían en el Robino o en el Globo y acababan leyendo versos en la madrugada. O cantando tangos. O hablando de Trotsky y de Bretón. En esos años conoció a quién sería su marido, el rematador y escritor de coplas Luis Guaraglia.

Formó parte del grupo de poetas surrealistas (del que alguien dijo era el “primer grupo surrealista de habla hispana y seguramente primer grupo surrealista en un idioma distinto al francés”) nucleado en las revistas “A partir de O” y “Letra y Línea”, que habían fundado Enrique Molina y Aldo Pellegrini en los primeros años 50. Su libro inicial es un poemario llamado “Taitacha Temblores. Poemas quechuas”, editado en Arequipa en 1956 (“conozco el quechua. Soy descendiente de peruanos en quinta generación. Mi querido sobrino Gustavo Vivanco Ortiz, todo un joven personaje, es un chamán muy respetado que vive en la ciudad de Cuzco”). Desde entonces, María Meleck escribió trece libros de versos, algunos de ellos inéditos, y se convirtió en una poeta de culto.

Lectores sensibles a su trabajo con la lengua han escrito que el surrealismo de Vivanco abreva en “una escritura que surge de un estado de videncia que se vuelve presagio, desvarío y automatismo” (Jorge Boccanera); o que en su poesía no se trata tanto de misterio -aunque la propia poeta lo evoque con frecuencia- sino de lo maravilloso, según el principio bretoniano que reivindica “lo maravilloso contra el misterio” (Raúl Henao). Con acierto, Boccanera ha puesto asimismo de relieve la influencia del surrealismo negro: “la obra de Vivanco lleva la marca de Aimé Cesaire”. “Balanza de ceremonias” (1992) se abre con un epígrafe de Cesaire. Como el poeta antillano, Vivanco militó en el Partido Comunista; como él, dejó de hacerlo. La “negritud” y la raíz africana vindicadas por el poeta de Martinica (el margen del margen), no están seguramente ausentes en la inspiración de “Canciones para Ruanda” (1997), un tremendo poemario que Vivanco escribió tras el genocidio de Tutsis por el gobierno Hutu en 1994. Se trata quizá -junto a “Plaza prohibida”- de su libro más “comprometido”, a condición de entender esta palabra de manera oblicua, como una delicada tangencialidad.

En los poemas de “Canciones para Ruanda” no hay puntos. Parecieran provenir del constante abismo al que solo la plegaria es capaz de responder, con un balbuceo que nombra lo que la muerte arrasa: “Porque en Ruanda se abren bellísimos capullos Y en / Ruanda los espejos resplandecen”. Buscar tan lejos, ¿por qué? “Dime ¿A quién conoces en esta limusina de crueldades?”. ¿Por qué, justamente, allí? ¿Para así escuchar más nítido “el alarido de la realidad”? ¿Como forma de conjurar el olvido que se cierne cuando ese alarido es demasiado próximo? La enseñanza es preciosa y es brutal: “Nadie le salva el corazón a nadie”. La predilección por “pertenecer al cautiverio de los locos” es apenas la deliberada opción de mantener abierta una memoria donde atesorar el “grito que conmueve de pánico las hojas del manzano”.

Ruanda: mirar otro lado para no mirar para otro lado. Aprender a no vivir como si nada, y solo entonces dar testimonio de la maravilla, revelada por primera vez en las orillas de las acequias de infancia. Pero no antes. Por eso es tan importante esta oración: “Dios proteja esta herida dulcemente Y entorne las ventanas / del espejo”. Sin ella, “Es como si el campanero de la memoria / del canto, volviera a equivocarse”.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar