Eter

Fantasías maradonianas | Por Alejandro Jallaza

El viejo está parado, apoyado en un bastón, en medio de la nada. Parece esperar algo. Cada tanto toma un mate. Se arregla los pelos ralos, alborotados por una brisa benigna.

A lo lejos suenan trompetas, muy a lo lejos. El viejo se endereza, otea el horizonte.

Pasado un rato se ve venir a alguien, no puede discernirse más que la silueta. Así por casi media hora. O la figura se mueve muy despacio o es gigante. El viejo no muestra signos de impaciencia. Sigue con el mate.

Al cabo de un tiempo la silueta llega. No es un gigante, más bien alguien tirando a petiso. El hombre, de complexión atlética y piernas musculosas, va con pantalones cortos, medias altas, gran cabellera enrulada.

  • Bienvenido muchacho -saluda el viejo.
  • Buenas, Borges, ¡qué sorpresa!
  • Y la mía ni le cuento, muchacho, cuando me dijeron que usted venía.
  • Parece más joven, Borges. -El recién llegado se miró a sí mismo. - Yo también parezco más joven. ¡Mire esta panza! ¡Ni un gramo!
  • Es una prerrogativa del lugar. Todos podemos elegir nuestra mejor versión. Siempre una versión “real”, el sistema no está basado en suposiciones o posibilidades. No permite descartar o mejorar. Esta mía que ve es la que yo considero mi mejor versión. Capaz que podría elegir una peor versión, pero es difícil verle la ventaja.

Le da un mate. El hombre de los pantalones cortos lo toma mientras mira alrededor.

  • Fiuuu… -silbó-. - Esto parece muy grande. Poca gente, ¿no?
  • Yes, somos pocos. Para simplificar, digamos que esta parte le corresponde a nuestro país, todo hasta donde le alcanza la mirada. Y somos pocos. En realidad, solo usted y yo. Cada tanto pasa Gardel. Siempre está de paso, no se queda. No nos llevamos demasiado bien. Pero eso no es importante, con tanto espacio, muchacho, es fácil no incordiarse.
  • ¿Cómo que nosotros dos nomás? ¿Y el resto? ¿El Che? ¿Evita? ¿La Negra? A mis viejos también los esperaba ver.
  • No, no. Solo estamos nosotros dos de los argentinos. Yo también extraño gente, no vaya a creer. Pero buéh, no hacemos las reglas.
  • ¡Qué lugar de mierda! ¿Y se puede hacer algo? ¿Hablar con alguien? ¿Quién es el capo acá? ¿Dios?

El ciego abrió los ojos y tartamudeó:

  • Pero, muchacho, ¿acaso no sabe que Dios no existe?
  • ¡Bueno, don Borges, no para de darme unos noticiones!
  • Por el contrario, muchacho, por el contrario. Seguro es mucha novedad junta y todavía no aprecia las posibilidades. No se ponga mal. Es cierto que aquí no hay mucha gente. Pero podemos hacer lo que queramos. Ir donde queramos. Ya va a ver muchacho que las posibilidades son infinitas. Eso sí, libertad infinita en el tiempo, el espacio y otras dimensiones… pero no podemos quedarnos. Siempre, en algún momento tenemos que volver aquí. Yo por ejemplo suelo comer en casa de Bioy.
  • ¿Puedo ir a cualquier cancha de fútbol?
  • Seee… -el viejo parecía escéptico de que hubiera entendido el alcance de lo que acaba de decirle-. - Supongo que puede ir a cualquier cancha de fútbol futura, pasada o improbable.
  • ¿Incluso una donde juegue yo?

El ciego abrió aún más los ojos.

  • Muy arraigado a la idea del yo, ¿no?
  • Me gusta el fútbol. También me gustaría saber en qué sigue Boca, por ejemplo.

El viejo cambió la pierna de apoyo, como si estuviera incómodo, jugueteó con el bastón.

  • Quizás es buen momento para contarle. Usando esta especie de poder del que le hablé, yo fui a ver su partido, el de los dos goles a los ingleses. El segundo gol me gustó bastante más. ¡Qué belleza…! Ni Shakespeare. Ese partido y la batalla de Waterloo presencié, y no sabría decirle cual fue más dramático. ¿Sabe que yo me morí, no por decisión propia, unos días antes?
  • Si, nos dijeron. La verdad que teníamos la cabeza en otra cosa. ¿Qué hacemos ahora?
  • No sé. Creí que mi tarea terminaba dándole la bienvenida, ayudándolo a instalarse, muchacho. Ah, casi me olvido, también tengo algo para usted. “A gift”.

Dio un par de golpecitos con el bastón. Una Número 5 cayó de arriba. El muchacho ni la dejó tocar el piso. Hizo jueguitos un rato largo. La luz cambió. También la sonrisa en su cara.

El viejo dijo:

- ¿Me la pasa?

El muchacho, con cuidado, le da un pase corto, al pie. Borges la pisa, también hace un par de jueguitos sin que el bastón lo estorbe. No es elegante, pero si eficiente. La tira un poco alta y cuando está cayendo la revienta con fuerza, de derecha. La pelota desaparece de la vista.

  • No se preocupe, Borges, después la buscamos.
  • Paciencia, muchacho. Un momentito, nada más.

Un par de segundos más tarde, sin ruido, la pelota cae a los pies de Borges que la devuelve con un toque suave. El muchacho lo queda mirando, como calibrándolo. Dice. con un deje de socarronería:

  • Entonces… si usted acá puede jugar a la pelota así, capaz yo pueda escribir un libro. O varios. Hasta podría contar mi vida. Se imagina.
  • Su vida… su vida fue excesiva, muchacho. El lenguaje fue un regalo de los dioses para cantar la vida de los hombres. No estoy seguro de que pueda usarse para cantar la vida de alguien como usted, una especie de deidad sudamericana.

El muchacho patea la pelota bien fuerte y arriba. No vuelve. 

  • ¿Habrá una vida Número 2?

Borges dibuja algo con el bastón, después lo borra.

  • Y cómo no va a haber. Una segunda, una tercera… así, muchas; espero que no infinitas. Pero piénselo: acaba de llegar, tuvo la vida que tuvo. ¿Realmente le hace falta otra?
  • Sí, sí. Siempre. Ya mismo otra vida.
  • Lo que se dice… alguien que no escarmienta.

El muchacho se larga a reír, una risa fragorosa, incontenible.

Borges se contagia. Ríen hasta las lágrimas un rato largo. Se toman el estómago, como si les doliese de reírse. El muchacho dice: 

  • A propósito… nunca lo leí.
  • No se preocupe. Yo tampoco. Tuve la precaución de quedar ciego.

Vuelven a reírse con ganas.

 
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