Laberintos gaditanos

Cuentos de verano | Por Matías Carnevale

Laberintos gaditanos

M. Había ido a Cádiz—la «tacita de plata», según sus nativos—invitado por el Profesor Moreno, decano de la universidad local, para exponer sobre narrativas no-convencionales contemporáneas. La charla resultó un fracaso, en parte porque nunca llegó a darla.

El primer día arribó sin inconvenientes a lo de su anfitrión. Fue muy amable con él: le había cocinado unas habas, sabrosas pero escasas, y le dio las llaves del departamento, diciendo «Tú te manejas como quieras». Nunca alguien había tenido tanta confianza con M., hecho que agradeció con vehemencia. Por la tarde salió a recorrer la playa, y paró en un cafecito de la costanera a tomar una cerveza—la Cruzcampo, la más bebida en Cádiz, Jerez de la Frontera, y zonas aledañas como Hozanejos y Cucarrete. Como no quería gastar mucho, dado su ajustado presupuesto de estudiante, solo añadió unas olivas al pedido.

Al querer volver a lo del gentil profesor, cayó en cuenta de que había olvidado el lugar del departamento, de manera que acabó en una intrincada callecita, a la vuelta de un parque cercado por rejas.

La calle en cuestión era Velázquez, y de repente se halló en una extraña escena: era M. un pintor y se pintaba a sí mismo en un cuadro, en pose reflexiva, con atuendo de nobleza y pincel en mano. Las gentes del poblado habían desaparecido, y en su lugar había unas niñas, un señor con un pie en una escalera, una enana de cabeza voluminosa y un perro, impasible o aburrido, al que un niño insoportable, un duende molesto, le ponía un pie encima. La plaza se había transmutado en un aristocrático cuarto y había cuadros en sus paredes. M. creyó que para salir de tan desconcertante situación la clave estaba en el perro: le asestó un patadón y ¡ahí sí que reaccionó el can! Salió corriendo a toda velocidad, y logró salir por una puerta que estaba en el fondo, no sin antes darle un empujón al señor que estaba con su pie en la escalera.

M. retomó su camino, confiando que el instinto lo llevaría de vuelta al departamento.

Ya era de noche y M. tenía hambre. Las veredas de los cafés estaban vacías, y no se veía nadie a quien pudiera preguntar por su destino; pasó por delante de una portentosa hilera de motos estacionadas, pero de sus dueños ni rastros. Pensó en tocar timbre en alguno de los departamentos, pero le ganó la timidez.

Debió haber hecho unos cincuenta pasos cuando el entorno, que ya le resultaba un tanto familiar—departamentos, la ferretería, varias alimentaciones—, se desvaneció en el aire. Todo lo sólido se esfumó, y yo no sé si esto es un cuento que parece historia o una historia que parece cuento; lo único que permaneció fue el cartelito con el nombre de la calle, que de a poco se fue confundiendo con la bruma: Plaza Gustavo Adolfo Bécquer. Ahora M. tenía frente suyo un empedrado bicentenario, paredes del tiempo de la Constitución, casas de la misma época o una anterior, y un farol tenue al fondo de la calleja. Le pareció ver (estuvo seguro de eso entonces) una muchacha rubia de amplios y blancos faldones, con un rostro redondo, fulgurante y pleno. De inmediato olvidó su apetito y se propuso seguirla.

En plena soledad, comenzó a hablar en voz alta, el principio de la locura según el lugar común. Sus disquisiciones tenían que ver con los mundos más allá del cielo y de las nubes, y sobre los seres que los habitan. «Si los cuerpos celestes son tan bellos a la vista, ¡cuánto más lo serán las mujeres de aquellas regiones! ¡Cuánto más dulce y perfecto será su amor!» cavilaba M.
Intoxicado por los perfumes de nardos y jazmines, se halló en un magnífico jardín, aunque en ruinas. La forma femenina y glauca volvió a cruzarse a un costado, fulgurante y fugaz. –¡Ven, mujer! ¡No huyas! ¡Detén ya tu presurosa marcha y descansa junto a este extenuado guerrero! –exclamó M.

En aquel momento un susurro le erizó la piel; supuso el estudiante que provenía de su elusiva amada, pero pudo haberse tratado de su ferviente imaginación.

M. anduvo por horas en callejas de empedrado, con la Luna como su faro. Las leves telas del ropaje de su amada aparecieron brevemente a la vuelta de una esquina, y se propuso seguirla. Consciente de que era de noche, muy en la madrugada, tocó la puerta donde seguro la hallaría. Golpeó y golpeó hasta que un grotesco figurín, un tuerto cabezón, lo increpó violentamente.

«Hombre, que me ha tocao los cojones a esta hora, ¿no ve que todos duermen aquí? Vaya tío chalao». Aquel encontronazo tan poco celestial le hizo caer en cuenta de su situación. Cuando al fin se dio cuenta de que había estado siguiendo un rayo de luna y dando vueltas en un laberinto falaz, volvieron a aparecer las motos, los negocios, y las escaleras que llevaban a la avenida de los bancos. Era de noche aún, y le hacía ruido el estómago—una guerra civil en sus entrañas—pero estaba resuelto a llegar a lo del profesor. Ya estaba francamente cansado, sus pies eran fuego y plomo pero siguió caminando.

Con unos pocos pasos llegó a otra callecita. Esta vez el ambiente se enrareció (todavía) más; empezó a oler a alcrebite. M. sintió escalofríos al darse cuenta de que, a la vuelta de la esquina, estaba teniendo lugar un aquelarre. Con todo su poder deductivo concluyó que debía ser la calle Goya, y que el cornudo a quien una muchedumbre grotesca le rendía culto era el enemigo de las almas. Los rostros, llenos de asombro y estupor, estaban dispuestos a escuchar y, tal vez, recibir algún tipo de enseñanza o favor.

M. permaneció oculto en una ochava, intentando ver mas deseando no ser visto. Estaba presenciando la cara oculta de un siglo con pocas luces. La escena, un disparate. Algo debió salir mal—un búho pasó volando en cierto momento—, ya que una bruja lo vio y lo señaló con el índice. Al ser detectado se le congeló la sangre. «¡Me sacrifican!» pensó, pero recordó lo que había aprendido en las clases de Teología Práctica VII, con el Doctor Zendalis: «Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Así, con el Jesús en la boca, M. se encontró en la Cádiz actual una vez más.
M. tanteó en sus bolsillos la llave del departamento, y sintió cómo se retorcían sus entrañas. Ya el sol de marzo, de una primavera incipiente, estaba asomando; en el aire se podía percibir el dulce aroma de las confituras de las pastelerías. A unos metros vio una abierta, que parecía decente, y entró, para no poder salir de allí nunca más.

Los therbligs

Era el peor de los tiempos, era el mejor de los tiempos.

I

Hoy poca gente lo recuerda, y la que tiene el conocimiento es tomada por loca, pero dentro de los aires acondicionados existe un ejército de seres en miniatura llamados therbligs. Vistos en el microscopio, podrían confundirse con ácaros. Cada aparato contiene una legión de estas criaturas, que son quienes ponen en funcionamiento las unidades.

Los therbligs poseen una cultura propia, que han desarrollado por más de un siglo, desde que Willis Carrier diseñó la primera máquina aclimatadora de la historia. Su sociedad ha alcanzado un nivel de complejidad tal que han recurrido a una serie de símbolos gráficos para simplificar sus tareas laborales. Por ejemplo, búsqueda de una herramienta o una pieza es representada por un ojo, la selección de un objeto por una flecha, y un signo similar a un 9 representa la colocación en posición de una parte. Estos modos de comunicarse son los mismos para todos los seres de todos los aires acondicionados.

Su biología es curiosa, pero se halla adaptada para la vida dentro de un aparato que varía las temperaturas según el clima que desean obtener los habitantes de una casa humana. Tienen cuatro brazos, dos piernas, una cabeza, y usan overoles. Entre ellos, las pausas para el almuerzo eran brevísimas y, por lo general, mal vistas. Han aprendido a soportar el hambre, por su fisiología micrométrica.

En la comunidad se valora en extremo la ética de trabajo. Se han dado casos de therbligs que han muerto en masa por trabajar cuatro días seguidos. Sus funerales, sin embargo, fueron celebraciones: quienes han fallecido en medio de su estación de trabajo fueron considerados héroes.

II

Un día, un grupo de un aparato instalado en José C. Paz, en el conurbano bonaerense, decidió sindicalizarse, harto de la explotación que sufrían y de la publicidad que hacían las empresas de aire acondicionado y no los mencionaba. Los líderes de la rebelión exigían nuevas condiciones laborales y el reconocimiento de su importante labor.

Comenzaron con marchas internas, en las que entregaban panfletos y agitaban en pos de la organización de los trabajadores. De ahí a la huelga general hubo un paso; sorprendentemente, en otras partes del mundo se fueron plegando sin mayores objeciones.

Uno por uno, los therbligs dejaron sus estaciones de trabajo y se unieron en conmovedores desfiles en los aparatos, donde rugían consignas que los humanos no alcanzaron a escuchar, dado lo microscópico de las gargantas de estos seres.

El pánico en la humanidad fue inmediato. Los que vivían en climas cálidos habían olvidado la existencia de los ventiladores o los habían desechado, considerándolos obsoletos. La deforestación que había arrasado con cientos de especies arbóreas solo empeoró las cosas. El calor en los trópicos se volvió insoportable. Los técnicos en reparación de aires acondicionados no daban abasto, y no entendían por qué al arreglarlos se volvían a estropear en cuestión de horas. La huelga era implacable: los therbligs luchaban con el mismo fervor que habían aplicado a su trabajo.

En los países fríos se consumió más gas natural, más energía nuclear, más kerosene y más carbón que nunca. El malestar dio lugar a la ansiedad, que a su vez dio lugar al caos. Algunos de los magnates más acaudalados del mundo escaparon en buques transatlánticos hacia los polos. Carlos Thin, el CEO guatemalteco, logró hacerse del banco de semillas de Svalbard para atrincherarse allí.

III

La situación empeoró con cada puesta del sol, hasta que un técnico en Rosario descubrió a los minúsculos therbligs en plena tarea de sabotaje del equipo que estaba reparando. Nuestro técnico, a quien apodaban Magoo, era sumamente corto de vista, por lo que usaba unos culos de botella de un grosor espantoso. Esta peculiaridad le permitió observar de cerca a los seres, quienes se aterraron al principio pero luego acordaron explicar su bronca al desorientado Magoo.

Magoo le comentó lo que había pasado a un amigo periodista de Página 12, quien publicó un artículo titulado SERES DIMINUTOS DE LOS AIRES ACONDICIONADOS RECLAMAN MEJORAS EN SU TRABAJO. El texto parecía simpatizar con su lucha, aunque dejaba traslucir alguna perplejidad sobre la existencia de las criaturas. De Rosario la noticia pasó a Buenos Aires, en donde Infobae realizó una extensa crónica sobre la sociedad de los therbligs. Los comentarios en las redes de la revista bullían entre el encono y el descreimiento. Un tuit los trataba de zurdos mugrosos, mientras que otro los alentaba a seguir con la pelea, justa e inexorable. En poco tiempo, The Guardian recogió la causa therblig y la hizo internacional. El talentoso y multifacético actor Gary Oldman propuso hacer una película basada en su civilización, protagonizada por él y dirigida por Ken Loach. En San Francisco, usando espectaculares tomas aéreas y excitantes panorámicas, la CNN cubrió la primera marcha de las criaturas, que habían mutado su característico tono de piel grisáceo-azulado a un rojizo brillante y apenas se veían en la pantalla. «Era fácil confundirlos con un vastísimo cardumen de kril», relató el locutor durante la transmisión.

Los therbligs habían convenido una jornada laboral de ocho horas, tiempo para almorzar de una hora y treinta minutos de siesta en cada estación de trabajo, vacaciones pagas y un sueldo completo a fin de año. También se decidió el estado de asamblea permanente, en principio por un año, para dirimir otras cuestiones pertinentes al funcionamiento de la comunidad therblig.

Además de estas medidas, acordaron que no volverían a trabajar en los aparatos de otros, sino que construirían unos propios y los comercializarían ellos mismos, de forma cooperativa.

Los humanos, siempre arrogantes y quejosos, aceptaron a regañadientes estas nuevas condiciones para volver a disfrutar del aire acondicionado.

Matías Carnevale

(Tandil, 1980) Licenciado en lengua inglesa, con orientación en cine y literatura, por la Universidad Nacional de San Martín. Como periodista cultural ha colaborado en el Buenos Aires Herald, La voz del interior, La Gaceta de Tucumán y La Agenda de Buenos Aires. Es autor de Los parapsicólogos y otros relatos (2018). En 2020, junto a otros 12 escritores de 5 países, publicó Ray Bradbury, el hombre centenario, libro homenaje al maestro de la ciencia ficción.

Incansable divulgador de la ciencia ficción, Matías Carnevale también es autor de relatos que fusionan este género con el horror y el humor. Los threblings nos cuenta una épica conquista laboral afrontada por unos seres diminutos que viven en los aire acondicionado; Laberintos gaditanos, por otra parte, narra las insólitas aventuras de un académico que se pierde por las calles de Cádiz cuando se prepara para asistir a una conferencia.

 
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